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por Augusto Blasborg

No os engañéis, los dragones son seres terribles. Tan pronto te hablan y te invitan a un chocolate con churros como, al instante siguiente, te chamuscan y devoran sin darte tiempo a decir “¡Ay!”. Claro que, como la mayoría de las cosas, eso tiene su explicación: sucede que los dragones son tan ancianos, tanto, que generalmente confunden los recuerdos con el presente y viceversa, de manera que una persona normal, como tú o como yo, se les aparece de repente como un poderoso caballero ávido de prez y de tesoros.

Esta es, al menos, la explicación más extendida, si bien no debemos olvidar el hecho de que los dragones son malos por naturaleza, a la par que glotones, por muchos cuentos y pelis en los que una industria potente de publicidad trate de cambiar esta imagen.

Mi recomendación es que no os fieis de los dragones, por si acaso.

Y, sin embargo, existió una vez un dragón que no se metía con nadie: ni arrasaba castillos, ni comía niños, ni incendiaba bosques. Su nombre era Gundún. Es curioso, porque, a pesar de lo que acabo de decir, si tenéis ocasión de escuchar alguna canción verdaderamente antigua compuesta por un dragón, os será difícil no escuchar ese nombre ensalzado como uno de los más grandes héroes de los dragones (algún listillo o alguna listilla pensará que simplemente es una mera coincidencia de nombre, lo que significa que nada sabe de dragones y que os podéis reír de él o de ella; venga, os doy unos segundos, pero no seáis muy crueles). Bueno, entonces, ¿a qué se debe que lo tuviesen en tanta estima? Bien, nada más y nada menos que porque en su día salvó a su raza de ser exterminada.

Todo sucedió cuando los hombres, repartidos en cientos de reinos, se pusieron un día de acuerdo para cazar a los dragones y poder luego matarse entre ellos sin ayuda de nadie. Así, se juntaron caballeros por miles, y durante varios meses buscaron, hallaron y mataron a muchos dragones, de modo que estos empezaron a preocuparse, viéndose acorralados en unas pocas montañas y sin fuerzas ya para huir más lejos. En aquella época, Gundún era muy joven y no había abandonado nunca su cubil, pero aun así era más sagaz que la mayoría de sus hermanos de raza, lo que es decir mucho. Viendo cómo se presentaba su futuro, decidió hacer algo a pesar de su inexperiencia en el mundo. Aprovechó la noche, las nubes en el cielo, la fuerza de la juventud, y se lanzó a volar hacia su objetivo rozando las estrellas.

Nadie le había visto partir, ni dragones ni hombres, pero a la mañana siguiente su guarida apareció repleta de doncellas, hijas de los principales caballeros que les asediaban. Si pensáis que aquello no fue muy original, debéis recordar que, al contrario de lo que la gente piensa, los dragones no acostumbran a raptar doncellas –prefieren terneras, más sabrosas, menos alborotadoras y a las que nadie se toma la molestia de buscar–. De ese modo, dragones y hombres firmaron la paz a cambio de las doncellas; y se dice que Gundún volvió a dar muestras de su astucia, ya que la tregua se firmó por cien años, una vida para los caballeros pero apenas una siesta para un dragón.

Sin embargo, cuando acabó la tregua, tiempo que Gundún había aprovechado para pensar sobre la corrección de sus actos, decidió que tampoco entonces arrasaría castillos, ni comería niños, ni incendiaría bosques, e incluso pidió a los otros dragones que no raptasen a más doncellas, a lo que ellos respondieron que sí, que bueno, que seguían prefiriendo las terneras.

Muy contento, Gundún se dedicó a recorrer castillos, invitando a los reyes y señores a chocolate con churros; la mayoría de las veces, por no decir todas, al principio declinaron la invitación, pero entonces Gundún les llevaba oro hasta que al fin el rey o la reina –casi siempre empujados por sus propios súbditos, que temían que el dragón se enojara y los abrasara vivos– salían a merendar un chocolate que Gundún calentaba con su aliento (ya sé que habrá quien se pregunte si jamás dio con ningún celiaco, alérgica ni intolerante a la lactosa; en realidad, también llevaba diversas infusiones y otros tentempiés, que ofrecía con corrección, sin obligar a nadie a confesar sus problemas intestinales si nadie quería hacerlo).

Pero no creáis que solo invitaba a los Grandes, sino que, a menudo, cuando encontraba algún caballero andante –por lo general famélico, acostumbrado a comer raíces y cosas así– también le preparaba un chocolate (o lo que fuera, no seáis insistentes), que solía terminar antes que el mismo Gundún.

Una vez, según dicen, cierto dragón, llamado Trejak, trató de emular a su amigo Gundún tras una charla entre los dos que se prolongó hasta altas horas de la madrugada. Así pues, lleno de nuevas ideas e ilusiones, Trejak invitó al primer caballero que encontró a una taza de chocolate; sin embargo, como había olvidado los churros, cuando terminaron el dragón sintió tanta hambre que tuvo que zamparse también al caballero. Arrepentido, sus palabras fueron: “comprendedlo, era invierno, y el caballero estaba tan sonrosado después de comer…” Gundún le perdonó al ver sus lágrimas, y desde entonces también a Trejak se le celebra como a un héroe (si bien nadie sabe a ciencia cierta el porqué).

Es posible que, llegados a este punto de la historia, alguno querría no hacer caso de mi recomendación primera y sueña con conocer a Gundún. Bien, lamento informaros de que eso ya no es posible, y de ahí la verdadera esencia de mi advertencia. Gundún, como todos, vivió, fue único e irrepetible, y murió.

Esta segunda parte de la historia es más triste y absurda.

Cierto día de otoño, en medio de una fuerte tormenta, Gundún halló a un caballero andante que se protegía del frío con su capa. Compadecido, y a pesar de no conocerle, voló a su guarida, cogió una tienda de campaña, preparó dos chocolates y se apresuró a su encuentro. El caballero no dijo nada. Simplemente, preparó su lanza para el ataque. Gundún, sin saber qué hacer, cogió las dos tazas de chocolate y se acercó al hombre. Pero éste espoleó su caballo y se precipitó lanza en ristre hacia el dragón, sin siquiera saludarle. Podéis imaginaros el final.

Y en verdad, los motivos del caballero siguen siendo un misterio que nadie ha revelado, pues aquel caballero había hecho voto de silencio por un despecho de su amada y jamás habló sobre el tema. Se especula si acaso lo confundió con Trejak, o bien quería las dos tazas para él solo, o bien simplemente era un idiota.

En cualquier caso, cuando los hombres se enteraron, la mayoría pensó que vale, que a fin de cuentas era un dragón, que para qué había que fiarse y que a saber lo que podía pasar por la cabeza de un bicho así.

Algún caballero se alegró, pensando que su honor quizá había podido estar mancillado por haber aceptado la invitación del enemigo (esto del honor era un asunto que había ocupado a legiones de leguleyos, rellenando palimpsesto sobre palimpsesto), y buscaron al caballero silencioso para matarlo, y vengar así el oprobio que les traía el haber dejado que se les adelantase.

Los dragones, por su parte, lo sintieron más; sin embatgo, la opinión general fue que Gundún había sido un bicho raro, alguien que no confundía los recuerdos porque en realidad solo tenía uno: el del mal que había hecho al raptar a las doncellas para salvarles a todos. Todos pensaban que nunca lo había superado y que así no se podía ser un buen dragón. Algunos incluso le acusaron de traidor.