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Ven, ruiseñor, no temas tu mudez.

Tampoco el rosal ha florecido,

y yo tan sólo soy un niño profano.

Alguna vez fue tarde,

alguna vez perdimos un minuto,

pero hoy la acumulación no se acumula,

y nuestro tiempo inocente se dilata.

La quiebra de este sol es negociable;

el verso también oculta una alegría,

y la canción musitada ante la hoguera

quizá en algún momento pueda ser compartida.

Ya sé que no estoy loco; renuncié.

La locura es afrenta y compañía,

pero entre muros sordos también es cobardía.

Ven, ruiseñor, no temas tu mudez.

No voy a pedirte nada a cambio,

ni siquiera tus alas.

No las necesito.

Si vienes, me tendrás y te tendré.

¡Loco niño profano!

¡Deja de jugar con los cadáveres

de los pájaros que cayeron del nido!