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Un reloj de horas muertas

que sonaba

cada vez que una mosca.

Ambos necesitábamos mentir.

No sé qué comentaste sobre el tiempo;

miré muy por debajo de tus ojos

y dije:

tienes el corazón más grandes

que jamás he visto.

Sonreíste en ascenso, sin modestia,

y a continuación te quitaste las gafas

para gozar, lentos, del contacto.

Después de dos minutos era sólo

un balbuciente explorador inmóvil;

tú descubrías piel y recovecos

con tus labios de labio,

mientras que yo

trataba de encontrar significado

a placeres sin etimología.

No me servían los verbos industriales

que denotaban la suavidad fabril

de lo autománico;

reivindiqué mis palabras privadas

con las que todo pudo ser dicho de nuevo.

Escanciador de espermas eugenésicos,

que tratan de vencer la incertidumbre

del todo y de la nada,

mi profesión me pareció vacía

como un dios solitario del Amor.

Te busqué tras el éxtasis en vano;

un reloj de horas muertas

me redujo al silencio.