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por Segundo Clon

(Interior de una casa. Se trata simplemente de un cuarto. El mobiliario es humilde y austero: a la izquierda, una estantería en la que faltan numerosos libros, y una puerta en primer plano; en el fondo, una ventana cerrada. A la derecha, cerca de la ventana, una cama mal hecha, y en el centro, entre la estantería y la ventana, una mesa y dos taburetes.

Un viejo ocupa uno de ellos, leyendo con expresión de fastidio; utiliza las gafas a modo de lupa, y en sus gestos no se trasluce del todo si su incomodidad se debe a lo que está leyendo o a que el método no termina de satisfacerle.

Llaman a la puerta; son dos golpes sencillos, casi humildes.

El viejo parece sorprendido, aunque pronto se muestra irritado. Ignora los golpes, que al cabo se repiten con las mismas características. Con evidente fastidio, se levanta a abrir).

(El viejo abre la puerta, pero no parece reconocer al otro hombre; es una persona aún joven, bien vestido y peinado)

Alumno: ¡Maestro!

(Lo ha dicho con cierto temor tras su alegría, pues el viejo le contempla sin dar muestras de reconocimiento, y ni siquiera estrecha la mano que le tiende).

Maestro: ¡Alumno! Qué sorpresa encontrarle después de tantos años (ahora sí estrecha su mano). Pero pase, pase, no se quede en la puerta.

Alumno: Se lo agradezco; pasaba por aquí, y pensé venir a visitar a mi viejo maestro, a quién tanto debo en esta vida.

Maestro: (orgulloso, pero humilde en sus palabras). Nada me debe usted, una eminencia en tantos saberes; he leído con placer algunos de sus escritos.

Alumno: (visiblemente emocionado). ¿Lo ha hecho? Confío en que haya sido magnánimo con mis opiniones.

Maestro: (sonríe). Siempre fue usted un optimista ( lo ha dicho mientras se da la vuelta y se dirige a la mesa. El rostro del otro muda a la perplejidad. El viejo le alcanza un taburete, y ambos se sientan mientras sigue la conversación). Lamento no poder ofrecerle un refrigerio, pero ya ve… (hace un gesto que abarca el cuarto, y en especial la estantería. El otro asiente, tratando de disimular la incomodidad).

Alumno: No se preocupe, Maestro; en realidad, yo venía para otra cosa… ( pausa, de repente cohibido. Sonríe para darse ánimos, ante la mirada fija del viejo). Venía… Bien, ya sabe que, después de mi partida, cargado con sus consejos y sapiencia, decidí probar fortuna en el mundo académico, en el cual debo decir que he cosechado éxitos y honores; aunque usted excusó su ausencia, sabe que le dediqué mi tesis de doctorado, basada en el reino de las Archeas

Maestro: Lo sé, lo sé, y se lo agradecí; quizá no merecía tanto honor; como bien sabe, soy reacio a las academias, y nunca obtuve título alguno…

Alumno: Nadie como usted lo merece, amado Maestro.

(El viejo asiente sin llegar a sonreír)

Maestro: Siempre he tratado, humildemente, de comprender el mundo desde este cuarto.

(Ambos miran de nuevo la desolación que les rodea)

Alumno: Ésa… ésa es la razón que me ha traído de nuevo a usted; a pesar de mis títulos, de mis honores, no me da vergüenza confesar que aún hay mucho que no termino de entender.

(El viejo asiente complacido)

Maestro: Ya sabe que lo poco que haya en mí de sabiduría proviene del pueblo, de ese pueblo al que usted tan alegremente ha dado la espalda (lo ha dicho sonriendo, y sin embargo el tono ha sido admonitorio).

Alumno: Es usted injusto, Maestro. El mundo no es sencillo, y debe haber personas que nos guíen en la oscuridad…

(El Maestro echa una gran carcajada que termina en una expresión cruel)

Maestro: ¡Los hijos de la Gran Pitia! Ya me sé yo eso. Sí, Alumno, el mundo no es sencillo, está lleno de depredadores, depredadores vegetarianos que nos han vencido sin remedio.

Alumno: (con pesar). Creo que no le entiendo del todo.

Maestro: (mira al otro con evidente superioridad, en la que aún mantiene el tinte cruel).¿Ha venido a escuchar? ¡pues calle!, ¡calle y escuche!

(Las luces se apagan. Se oye un ritmo regular, al que se adaptarán las palabras, pero que se detendrá en los huecos que éstas dejen en la fábula)

Fábula del Depredador vegetariano

El Conejito, la Semilla, el Árbol

El Conejito, la Semilla, el Árbol

El Conejito, la Semilla, el Árbol.

¡Salta el conejito,

germina la semilla,

florece el árbol!

¡Salta el conejito,

germina la semilla,

florece el árbol!

El conejito se acerca a la semilla.

¡ÑAM!

¡PAPÁ, PAPá, Papá, papá…!

¡HIJO, HIJo, Hijo, hijo…!

¡El conejito se ha comido la semilla!

(Horror)

¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo!

El Conejito, , el Árbol.

El Conejito, , el Árbol.

El Conejito, , el Árbol.

¡CREEECE el Conejito!

¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

¡ÑAM!

Kikirikíiiiiiiiiiiiiiiiiii

(Las luces se vuelven a encender. El viejo tiene expresión de triunfo, frente al gesto

hundido del otro. Permanecen unos segundos en silencio, mirándose a los ojos).

Alumno: No puede ser… tanto pesimismo; aún hay sitio para la esperanza.

Maestro: (Cruel) No hay esperanza para el hombre.

Alumno: El hombre sabe luchar, sí, la lucha es una esperanza; lo he visto… o he creído verlo alguna vez…. Todo puede cambiar si nos lo proponemos…

(El viejo ríe).

Maestro: El hombre sigue siendo el mismo niño perdido que sueña porque no ha aprendido a diferenciar sus sueños de la realidad, ¿es esto nuevo? Es la misma Utopía Oligofrénica de siempre (se ha levantado con expresión burlesca, y gira alrededor del alumno, fingiendo una voz infantil que el Alumno escucha cada vez con más desesperación):

“Ven, ruiseñor, no temas tu mudez, tampoco el rosal ha florecido, y yo tan solo soy un niño profano. Alguna vez fue tarde, alguna vez perdimos un minuto, pero hoy la acumulación no se acumula y nuestro tiempo inocente se dilata. La quiebra de este sol es negociable; el verso también oculta una alegría, y la canción musitada ante la hoguera quizá en algún momento pueda ser compartida.

Ya sé que no estoy loco: renuncié. La locura es afrenta y compañía, pero entre muros sordos también es cobardía.

Ven, ruiseñor, no temas tu mudez. No voy a pedirte nada a cambio, ni siquiera tus alas; si vienes, me tendrás y te tendré.

¡Loco niño profano! ¡Deja de jugar con los cadáveres de los pájaros que cayeron del nido!”

(El Alumno tiene la cabeza entre las manos; se ha ido hundiendo más mientras el otro hablaba. El Maestro se ha acercado a la ventana, aún cerrada, con una expresión satisfecha).

Alumno: (alza la cabeza, en gesto desesperanzado). Si eso es verdad, si todo es verdad, aún nos queda dios, ¿no es cierto que nos queda dios?, ¿no es cierto? (Ha ido elevando el tono hasta la última palabra, que era un alarido implorante; con la misma urgencia se dirige al maestro). ¡Rece conmigo! ¡Rece!

(El Maestro ríe y extiende los brazos, similando crucificarse en la ventana)

Maestro: Rece, rece… dos ces son demasiadas ces; siempre fueron demasiadas… (parece abatido). ¡Y ya estoy harto de chimpanfés!:

Los pies del último hombre mancillado.

El contacto del peso que no ignora;

dos veces ha caído y le levantan.

Pero en estos prodigios no hay milagro.

Los clavos.

¡Los clavos!

Traspasando las esencias del Múltiple.

La última sangre de la lanza.

El último monólogo.

El manzano que ahora restituye.

Y II

El barro se levanta

La mujer se arranca las entrañas

De fecundo vacío,

Porque otra vez el hombre

Ha nacido sin mácula

Se engaña.

No, alumno, Jesucristo y sus huecos juegan a las adivinanzas: qué lucha de los hombres en el hueco de sus manos; qué camino de tierra en el hueco de sus pies; qué humanidad consciente en el hueco de su costado; qué piedad en el hueco de sus últimas palabras.

(El Maestro, feliz, se tumba en la cama. El Alumno le observa inexpresivo, completamente paralizado. Pero poco a poco, ante el silencio del viejo, recupera el habla).

Alumno: Pero estamos aquí. Usted no puede negarlo. El hombre está sólo, es cierto, pero el hombre sabe, ha aprendido, conoce, experimenta, inventa, el hombre se trasciende… Sí, es a otro dios al que debe rezar, es a otro dios ( ha ido recuperando cierta confianza nerviosa, y empieza a declamar con pasión. Declama uno tras otro, irrefrenable, ante la mirada irónica del Maestro, que no intenta interrumpirle):

Salmo I al dios genético

Sociedad evolutiva de los aptos, apiádate de mí,

¡Permíteme vivir, siquiera hasta morirme!

Filogenia evolutivamente estable, apiádate de mí,

¡perdóname las deudas ontogénicas!

Heredabilidad altamente genética, apiádate de mí,

¡disculpa mis factores ambientales!

¡Oh, necesario azar,

no permitas que todas mis carencias barrenen

mi libertad!

Salmo II al dios genético

Tú que fundamentas mi sabiduría

Con tu ignorancia química,

Transcribe para mí

Tú que me otorgaste neocórtex

Y me hiciste consciente nuestra muerte,

Transcribe para mí

Tú que me otorgaste cuerpo y mente

Tras duro batallar electroquímico,

Transcribe para mí

¡Oh, dios genético,

tan parecido al dios ciego de los gnósticos!

Transcribe para mí.

Salmo III al dios genético

Bendice nuestro espacio,

Oh hijo del Azar y del Eclecticismo.

Bendice este minuto, esta hora, esta vida,

Que es parte de tu vida.

Bendice el cuerpo orgánico

Y la mente inorgánica que hoy nos es inmanente.

Bendice tus orígenes

De lodo y luz eléctrica.

¡Bendice mi cerebro trinitario!

Salmo IV al dios genético

Gracias, oh padre,

Por darme la certeza de lo múltiple.

Por darme filogenia y mutaciones.

Por darme evolución no conductista.

Por mostrarme que existen los errores

En tu obra de fines egoístas.

Gracias, oh padre,

Por elegirme a mí en tu encarnación,

Transformándome en único.

Gracias por otorgarme antes de la muerte

Aquello que jamás podrás comprender.

Salmo V al dios genético

Oh padre, con base de Carbono,

¡no me obligues a renegar del Sílice!

Oh, padre, celador de mi origen,

¡no me castigues por invocar lo extraño!

Oh padre, ejecutor estúpido,

¡no impidas que utilice mis casuales atributos!

Oh padre, gran origen somático,

¡permíteme el ordenador y el libro!

Gracias, oh padre egoísta y permisivo,

Por entender mi independencia.

(Cuando termina, en su rostro sólo hay serenidad. Mira al Maestro casi con compasión. El viejo comienza a reír; es una risa que comienza despacio, desde la garganta, y va in crescendo hasta llegar a la histeria. Ya durante esta risa desquiciada intenta intercalar sus palabras).

Maestro: Sí… el hombre se trasciende… se trasciende… construye… mecaniza… computeriza… electriza… electroniza… (la risa deja paso lentamente a la crueldad). El hombre vale más cuando se tecnifica. Ya es un cíborg, con visión a distancia para mirar sin conmoverse; para actuar a kilómetros sin responsabilidades. Sí, el hombre dice: YO SOY, y ése es el pensamiento que cualquier dios conoce, ése su mensaje. Pero en el tránsito no sabrá ya qué es, inhumano e indivino, palabra sin ombligo que moldee una realidad irreconciliable con sus anhelos.

(El alumno se ha levantado. Mira al viejo que, tras su parrafada, sigue tumbado en la cama, y se ha arropado hasta la cabeza. Se dirige a la ventana. Tras un instante de duda, la abre. Observa el exterior. Cuando habla, lo hace de espaldas al público).

Alumno: La noche ha llegado acariciando pájaros, gorjeos, vuelos de despedida. Como sombras desatentas, los murciélagos pueblan su lugar y su hora. ¡Cómo contemplar el mundo sin cautela!, ¡sin expectación! Puedo conjeturar el tiempo por mis ojos. Si abato los párpados, trastoco toda causa y efecto. El aire que invade mis pulmones es antiguo, futuro; energía inmemorable, más allá del proceso conceptual de mi cerebro.

Sólo me queda el grito. ¡Humano! ¡Humano! ¡Humano! El grito que cercena paradigmas, conceptos, esencias insufribles para mi ser sentiente. El grito que colma mis dientes apretados.

Yo soy, sí, mas voluntad mutante, reordenador de elementos que aparecen y desaparecen, que muestran una parte del todo incomprensible, que se deslizan ajenos a mi ser; que jamás me reconocerán, y yo no pretenderé nombrarles por un nombre inventado.

(Se escucha la risa del viejo. Ácida. Amargada.)

(El alumno mira por última vez al Maestro y abandona el cuarto).

FIN.

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