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por Glorika Adrowicz

(Un perchero en el centro del escenario. De cada brazo cuelga una manzana, excepto de uno de ellos. Un hombre desnudo, reclinado junto a él, como a su sombra. Una mujer, también desnuda, se inclina hacia el hombre, con una manzana mordida en su mano.

Se oye un suave rumor de río. La luz será amarilla, como de mañana, pero a los largo de la obra irá adquiriendo más intensidad y blancura hasta el momento álgido de la visión erótica de la mujer. Luego, tomando tonos rojizos repentinos tras la réplica del hombre, irá ensombreciendo hasta la oscuridad total tras la última acción del hombre).

M.- Vamos, sólo un mordisquito.

H.- No está pelada.

M.- ¡Vaya un libertador! Muerde con fuerza, hombre; es una sensación inigualable. ¿Tienes miedo?

H.- Sí. Nos dijo que está llena de gérmenes.

M.- ¡Gérmenes! Eso es una excusa para prohibir, vamos, ¡siéntete como él al fragmentar la nada!

H.- todo lo que dices es producto de los insecticidas; ya nos dijo que los había empleado profusamente. Ya nos advirtió de que no comiéramos. Ahora vas a lanzarte a decir tonterías quién sabe por cuánto tiempo.

(Le mira con frialdad un instante. Poco a poco con lascivia)

M.- Me apetece… (se acerca, torpe, como si le sorprendiera su propia sensualidad)

H.- Me estás asustando. Vete a darte un baño al río.

(Ella se acerca más)

M.- No sabes cómo es esto… tú nunca sientes nada… no me haces sentir nada… eres menos sugerente que el fruto y el árbol. Él… Ella lo sabe, lo sabe… Él nos espera (se ha levantado, lujuriosa y desatada, y clava una mirada extática en el cielo)

H.- Me asustas de verdad. No deberías decir estas cosas de Él; nos advirtió: “no comáis del árbol, que lo he fumigado recientemente, esperad el momento”. Pero no, claro, tuviste que comer y mírate, enferma y con espasmos, a ver qué hago yo ahora. ¡Él, Él! ¿Qué hago yo ahora?

M.- ¡Sujétame! No… no, esa no es la palabra, no la palabra que necesito, no lo que quiero de ti. Tus brazos, sí, pero más que tus brazos. Mi cuerpo, sí, pero más que mi cuerpo. Mis brazos y tus brazos. Los cuerpos en los cuerpos. ¡Abrázame! Los cuerpos…

H.- ¿Los cuerpos? ¿Los cuerpos en los cuerpos?

M.- ¡La manzana, la piel, los dientes, los gérmenes, los cuerpos!

H.- ¡Gérmenes en los cuerpos!

M.- ¡Él en los cuerpos! ¡Gérmenes en Su Cuerpo! Él lo sabe, lo sabe; Ella nos espera… ¡Nos necesita! ¡Piel en Su Cuerpo! ¡Dientes en Su Cuerpo! ¡Brazos en Su Cuerpo! ¡Cuerpos en Su Cuerpo! Frutos en Sus frutos, frutos en Su Cuerpo, en mi cuerpo, en nuestro cuerpo. ¡Devora los gérmenes y los insecticidas que luchan en los cuerpos!

H.- ¡Vete, vete al río!

M.- El río de Su Cuerpo, de mi cuerpo.

H.- Intoxicada. Deber, deber. Debí talar el árbol, talar el árbol hace ya mucho tiempo.

(Toda su actitud cambia frente a esta respuesta, como si súbitamente contemplase horrores sin poder intervenir. Se retrae, finalmente, y su voz es un susurro).

M.- ¡Talar los cuerpos! ¡Muerte para Su Cuerpo! ¡Madera para su Cruz!

H.- Cruz. Nadie ha crucificado a nadie.

M.- Los gérmenes… Su Cuerpo sin cuerpo, Su Cuerpo sin piel, Su Cuerpo sin gérmenes. Espada de Ángel incandescente.

H.- Nadie ha expulsado a nadie.

M.- Vírgenes de cuerpo descorpóreo, llamas que funden cuerpos, torturas de cuerpos por los cuerpos… ( arroja la manzana. Cuando mira hacia arriba, sus ojos exhalan un profundo odio).

(El hombre la contempla con asombro, que se va convirtiendo en curiosidad. Se levanta por primera vez. En un primer momento, parece que va a acercarse a ella, pero luego cambia de parecer. Tras una brevísima duda, se encamina hacia la manzana y la recoge. La sopesa con aparente indiferencia, arrojándola un par de veces al aire. Mira a la mujer, que no le ve – continúa ofendiendo al cielo -. Parece que va a acercarse nuevamente. En vez de ello, muerde la manzana).


Nota: Esta obra se adaptó al cómic y se publicó en “LeeLosLunes nº 2”. Edén y Eva