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Le sorprendió, pero no tanto como para detenerse a admirarlo. Había tomado la precaución de mantener echada la capucha de su túnica, de modo que pudiera pasar por Desedón, y de ese modo no ser interrumpido hasta llegar al centro del castillo; suponía que allí todo el mundo se mostraría desconfiado con los extraños, aunque vistieran la túnica marrón, y él allí era un desconocido. Una vez dentro, tenía sus recursos para conseguir que Brim Tarlá, como se hacía llamar ahora, conociese su llegada y le concediese audiencia.

Dejó el caballo en los establos sin intercambiar una sola palabra con el rapaz que se encargaría de cuidarle, y se encaminó directamente hacia la Torre del Homenaje, atravesando las dos compuertas de la muralla interior y el patio de armas en el que desembocaba. Los caballeros que protegían la entrada de la torre le dejaron pasar al ver su túnica, y una vez dentro no le fue difícil orientarse. Brim Tarlá había construido una nueva Ardellén, una copia exacta del centro neurálgico de lo que en otro tiempo fue la Corona de Sandor.

La torre tenía seis niveles, los cuatro primeros destinados a los alojamientos de la corte palaciega y nobles visitantes, numerosos en estos tiempos; el quinto albergaba el Templo a Karos junto a varias capillas de otros cultos, y por supuesto el Salón del Trono, cuya altura ocupaba también la parte del sexto nivel que no contenía las habitaciones de la Familia Real.

En el tercer nivel escuchó unas voces que se acercaban por el pasillo, y decidió que había llegado el momento de presentarse.

–El Condado de Dorrón ha mantenido el espírritu de Sandorr durrante mil años –mantenía una voz joven con cierto énfasis enojado.

–Pues ha debido sentirse muy inquieto allí, escuchando todo el tiempo ese horrible acento –sarcastizó una voz más madura.

Gôlfang dio mentalmente la razón al segundo en un gesto automático mientras avanzaba dos pasos en su dirección, bajando la capucha y dejando al descubierto su rostro.

–Habéis envejecido, Desedón –soltó el anciano al ver al mago. Pero fue sólo una estratagema para sorprenderle mientras ambos desenvainaban sus espadas y las colocaban a pocos centímetros de su cuello. Gôlfang se les quedó mirando con gesto enojado. El más joven no alcanzaría los seis pies de altura, pero su cuerpo atlético se manifestaba a través del jubón negro, por el que se descolgaban tres gruesas trenzas del mismo color; tenía un aire de guerrero antiguo. El anciano, sin embargo, era mucho más alto, casi un gigante, como el mismo Brim Tarlá, y su cuerpo podía haber pertenecido a un joven por la lozanía de sus músculos. Las trenzas, sin embargo, eran más finas que las de su compañero, y completamente grises.

–¿Vais a retirar las espadas o preferís que lo haga yo mismo? –amenazó Gôlfang apoyándose en el cayado.

El caballero anciano no se mostró en absoluto amedrentado, y devolvió la amenaza con humor serio.

–Moved vuestro palo, o los labios para formar una palabra que no sea la respuesta a la pregunta que os voy a formular, y os atravesaré como el primer rayo del sol atraviesa el vidrio de mi ventana; aunque a vos os dolerá más. ¿Quién sois y qué pretendéis en Ardellén?

Gôlfang le miró con enojo, y en su mirada se fue formando una burla cruel.

–Mi nombre es Projia, y vengo a ver al rey –manifestó, y sólo entonces mostraron los otros un total desconcierto, bajando sus espadas con brusquedad–. Me gustaría saber los suyos, caballeros, antes de entrevistarme con Brim tarlá –amenazó. Había calculado bien, y el más joven palideció ostensiblemente; el rey aún infundía aquel respeto a sus súbditos, hasta el punto de que nadie haría nada que pudiera ofenderle o contrariarle, por simple veneración.

–Venerable Projia, lo lamento; soy el Marqués de Arheim –se disculpó el anciano, sin tratar de interponer excusa alguna.

–No fue nuestrra intención imporrtunarros, Venerrable. Soy Rolja val Arrmit, parra serrvirros –se presentó el otro.

–Informad de mi presencia a Su Magestad –ordenó el mago sin variar la expresión.

El joven ejecutó un saludo militar y se apresuró a volver tras sus pasos. El Marqués de Arheim permaneció junto a Gôlfang y, a un ritmo mucho más lento que el emprendido por Rolja, acompañó al mago por los pasillos.

–Confío en que sepáis que Desedón no se encuentra entre nosotros –tanteó en un momento dado, cuando alcanzaron el cuarto nivel.

Gôlfang no le miró.

–Lo sé.

El otro no se dio por aludido.

–Entonces fuisteis vos el que le salvó la vida en el Pico Sawor, si son ciertas las noticias que el Señor Rolja trajo de allí.

Gôlfang siguió ignorándole aparentemente. Al parecer, Brim Tarlá no había pasado por alto la fecha, y estaba lo suficientemente confiado en sus fuerzas como para mandar allí a sus caballeros. Aquello era una buena señal, pues Gôlfang sabía que no era ningún loco ni un temerario.

–¿Sobrevivió algún enemigo? –preguntó simplemente.

La pregunta no pilló desprevenido al marqués, que se permitió una leve sonrisa irónica.

–El Señor Rolja cumple las órdenes con extrema fidelidad –fue la respuesta, y después no volvieron a intercambiar palabra, satisfechos.

Precisamente aquel les recibió a la entrada del nivel quinto, visiblemente emocionado. Lógicamente; acababa de entrevistarse con Brim Tarlá.

–Su Magestad os rrecibirrá de inmediato, Venerrable; os esperra en el Salón del Trrono –añadió como si aquella frase contuviera el mayor honor.

Gôlfang miró un momento hacia el marqués, y observó que su expresión, si no embelesada como la de Rolja, sí mostraba cierto orgullo. El mago fingió no dar importancia a las palabras del joven, y se encaminó hacia donde éste le había indicado.

–Sé donde es; podéis continuar con vuestras obligaciones –les despidió con indiferencia.

Saludaron militarmente y le vieron encaminarse sin vacilaciones hacia el Salón.

–Qué impresión más lamentable habéis causado en el Venerable Projia con ese acento, caballero –increpó el marqués a su joven amigo mientras descendían las escaleras.
No había perdido un ápice de su capacidad para llevar a escena el misterio de la manera más pomposa. Tan pronto como penetró en el Salón del Trono, observó que la decoración era la misma que mil años atrás en otro lugar que llevaba el mismo nombre. Las antorchas escasas y muy altas, pero no tanto como para iluminar bien el techo, de modo que los contornos se difuminaban, y sólo lo justo para alumbrar el camino hacia el Trono, que se elevaba sobre un sitial con seis escalones. Pero en mil años Gôlfang había cambiado, y había visto demasiadas cosas.

–El Trono en el que se sienta Maras Dokk es muy parecido al tuyo, pero él tiene trece escalones, de modo que no me impresionas, Brim Tarlá –gritó, y desde lo alto del Trono se escucharon unas carcajadas sinceras.

–Tenía que intentarlo, Venerable Projia –dijo el rey con sorna.

–Entonces te llamaré Grishka.

–Y yo a tí Gôlfang –y, mientras lo decía, estaba descendiendo los escalones.

Se acercó el mago a grandes zancadas, y le sujetó por los hombros antes de besarle en ambas mejillas. Verdaderamente era un gigante. Un héroe celebrado en leyendas y cantos. Pero nuevamente era un anciano. Gôlfang le miró sintiendo que todo aquello que había conocido llegaba a su fin.

–Tenemos muchas cosas de qué hablar –dijo, y por primera vez en muchos días se quitó la máscara y dejó que le invadiera la desolación.

Grishka asintió. En sus ojos se leía una expresión parecida a la del mago. Pero no era la misma.

Se sentaron en el primero de los escalones, cubierto con una gruesa alfombra. Nadie iba a verles allí.

Durante algunos minutos no se atrevió a decir nada. Grishka miraba fijamente la doble puerta del Salón, esperando. Gôlfang miraba la penumbra.

–He perdido mi magia.

La voz llenó el Salón, que no devolvió ningún eco. Grishka sólo pudo intuir los matices del dolor, de la desesperación, de la impotencia, de la soledad.

–Es decir, no la he perdido, pero no puedo utilizarla bajo riesgo de morir –explicó despacio, esperando que el otro comprendiera.

–Portador de la Palabra –finalizó Grishka, asintiendo con la cabeza. Eran dos luchadores–. ¿Cómo ocurrió?

Gôlfang le explicó todo. Cómo se había enterado de que Desedón estaba en el Pico Sawor; cómo le había sacado de allí después de que el dragón despertase y el joven se enfretase al Minotauro; cómo habían huido, debilitados; cómo Maras Dokk había aprovechado la oportunidad para intentar destruirles, llevando sus esencias a las Imflömb, torturándoles hasta que encontró la fuerza para sacar de allí a Desedón; cómo casi había sucumbido ante la presencia completa del dios; y cómo, en el último momento, Desedón había regresado trayendo consigo a Vhena Karas, que le había rescatado y le había pedido un precio.

Después de aquello volvió el silencio. Se prolongó más que el primero.

–El Soñador de Sentimientos está en Edeter –en esta ocasión la voz surgió más límpida, aunque aquella información era vital.

Pero Grishka sonrió.

–Lo sé. Pronto comenzará su destino; pocos hilos quedan por mover.

Esta vez fue Gôlfang el sorprendido.

–¿Y sabes qué papel juego yo en todo esto?

El rey le miró conmovido.

–Eres el Portador de la Palabra.

Gôlfang estuvo a punto de perder los nervios, desesperado, pero asintió cuando comprendió las palabras.

–De modo que sólo soy un acompañante pasajero… –murmuró, con una sonrisa carente de humor.

­–Aún lo serás por un tiempo; todavía no conoce su Destino, aunque sí al Custodio. No te preocupes, llegará el momento en que sepas que debes dejarles –aseguró.

Gôlfang reprimió sus preguntas ante la seguridad del monarca. Grishka el Equilibrador. No se equivocaba.

Había otros asuntos que tratar.

–¿Sabes que Orofín Beradol ha encontrado a sus guías y que está dispuesto a cumplir la Profecía de Tas-par, maldito sea su nombre?

Grishka negó, disculpándose.

–Nada sé de los asuntos de los Alfens; aunque es una locura, pienso.

Gôlfang le miró caústico.

–¡Por supuesto que es una locura! Me entrevisté con el Señor Ose, y luego con el mismo Labarín y con Sertgón Maullé, y están preparando una guerra. ¡Pretenden invadir Thrasgok como un pueblo!

Aquello sí interesó a Grishka.

–¿Cuándo? ¡Por Karos!, ¡qué presentación para la Corona de Sandor! –exclamó, visiblemente emocionado.

Gôlfang frunció el ceño.

–Eso tendrás que discutirlo con ellos; aunque me temo que no acepten aliados en esta empresa. Después de esto, si sobreviven, los Alfens serán un solo pueblo, pero estarán destruidos –afirmó con pesar.

Pero Grishka veía las cosas desde su perspectiva.

–Mandaré mensajeros, sí; tienen que aceptar una alianza, de alguna manera. La Corona de Sandor estará preparada muy pronto –aseguró con un brillo de esperanza.

Gôlfang miró aquella emoción entre la desesperación y la confianza voluntaria.

–Me alegra que tú por lo menos tengas buenas noticias –dijo.

Grishka se echó hacia atrás, apoyando los codos en el escalón superior y sonriendo visiblemente.

–Durante setenta años he construido un reino del que nadie ha oído hablar. Cientos de miles de campesinos labran la estepa otra vez fértil en muchos lugares; cien oficios han vuelto a surgir en Sandor; las artes iluminan nuestros días y convocan junto al fuego nocturno. Y sobre todo, en estos momentos, las armas resplandecen en las manos de miles de infantes y caballeros, dispuestos a dar la vida por el Orden –su tono provocaba embeleso, como la contemplación de un sueño realizado. Pero su mirada se apagó para mirar a Gôlfang–. Y, sin embargo, tú y yo sabemos que mi destino es otro, que esta ya no es la guerra que tenía que desempeñar, que el mundo ha cambiado demasiado.

El anciano supo entonces que la primera impresión al ver al monarca era la correcta. Lo que conocía no perduraba, y su fin tampoco podía estar lejos.

Grishka rompió el hilo de ese pensamiento.

–Pero antes de que todo acabe para mí voy a restablecer por completo lo que una vez fue un todo. Quédate unos días a mi lado y conoce toda la extensión de mi obra: Crítaler y Dorfen Hond serán míos; el Alférez Balamó, el hermano del rey de Gargüid, llegará pronto, aunque él piensa que se dirije al Condado de Dorón, y también entraré en conversaciones con el rey Edgar I de Arodia.

–La Corona de Sandor –revivió Gôlfang.

–La Corona de Sandor, nuevamente –confirmó el rey–. Pero no será mía. Mi hijo Dranlill será Rey de Reyes –añadió entre el orgullo y la necesidad.

–¿Qué será de tí?

–Estoy vivo por tercera vez. Debo ser necesario en algún sitio –y en su rostro se marcaban todas las arrugas de los años y las preocupaciones.
El marqués de Arheim dejó al Señor Rolja en el campo de entrenamiento, hizo que le ensillaran su caballo, y salió a cabalgar. Atravesó los campos de cultivo comunales, que prosperaban bajo la protección de la muralla exterior y se extendían hasta la interior en una corona que rodeaba el castillo. Cruzó el puente que salvaba el foso al pie de la segunda muralla, y atravesó el bosque roturado donde podían verse ahora los alodios de los campesinos libres. Más allá, el espeso bosque de hayas y encinas durante seis kilómetros, entre cuyos árboles habían comenzado a establecerse campamentos de caballeros e infantes que acudían a Ardellén para conformar el primer ejército que Sandor mandaría a la guerra desde los Tiempos de Grishka. Había sitio de sobra para los ejércitos de los pueblos hermanos. Recorrió el bosque, otrora una muestra más de la imagen de desolación que se extendía en todas direcciones fuera de él, y por fin ató su caballo a un árbol y se tumbó sobre la tierra y la hierba que crecía de ella. Comenzó a imaginar un romance, como solía hacer todas las tardes, pero, también como todas las tardes, su imaginación le transportaba a otras épocas, llevado por sus profundos conocimientos de historia, y le devolvía a ésta, en la que un solo hombre había motivado a una nación y la había impulsado a luchar por ella misma, devolviéndola el orgullo y la seguridad.

Derramó una lágrima de impotencia, porque Brim Tarlá era un anciano y no merecía morir.