Etiquetas

,

Finalmente fue al anochecer, durante la hora oscura que mediaba entre la puesta de sol y el orto de la primera estrella de la Constelación de Karos, que desafiaba la negrura. Llegaron agotados y en silencio, precedidos por los tres mirlos blancos que les habían guiado durante las últimas horas, y que constituían el primer recibimiento de Daladei. El segundo lo organizó el Alfen en persona, junto a tres sacerdotes de Naraendil cuyos rostros irradiaban felicidad.

–Bienvenidos a Granshall –fueron las sencillas palabras que acogieron al grupo–. Bienvenido seas, Gôlfang de Karos –habló luego directamente al Qüemyum.

El anciano mantuvo serio el semblante, y sólo sus ojos reflejaron un profundo sentir que Grundo no supo interpretar.

–Te agradezco la escolta, Daladei lir Danaöl. Solicito cobijo para mí y para mis compañeros, aunque alguno de ellos no precisa el permiso de los Alfens para descansar en esta tierra –y extendió su mano hacia el trío que formaban Austrong, Gremcam, y Domla.

Daladei miró fijamente al otro Alfen, y su rostro adquirió un matiz de preocupada seriedad. Volvió a fijar la vista en el mago.

–Todos tendréis cobijo en la tierra de los Alfens –concedió. Desde la violenta llegada del hombre, muchos siglos atrás, sólo aquel Alfen había retenido la potestad de permitir la presencia en Granshall a los extranjeros. Jamás se la había negado a nadie que la solicitase.

–Te agradezco nuevamente tu generosidad. Me permito solicitarte asimismo atención para mi hermano, que perdió muchas de sus fuerzas salvándonos a todos la vida –añadió en un gesto inesperado para todos, toda vez que Desedón, a juicio de Grundo, se había repuesto excepcionalmente bien desde su llegada al valle.

Daladei se acercó al joven mago, y éste retiró la capucha para devolver la mirada. En ese momento, una voz emocionada brotó desde detrás del Alfen.

–¡Amigo Desedón!

Las miradas se volvieron a tiempo de ver a uno de los sacerdotes retirándose la capucha para dejar ver completamente un jovencísimo rostro de elfo que avanzó hacia el mago. La reacción de éste no se hizo esperar.

–¡Pancao! –exclamó con una vivacidad que nadie hubiera sospechado en él, y luego ambos se estrecharon en un abrazo largo.

–Pansalabadarao, amigo –murmuró entonces el elfo sólo para el oído de Desedón, y éste se separó un tanto para mirarle con orgullo.

–Creo que tu hermano será bien atendido por el mío –comentó Daladei.

Gôlfang no perdió en ningún momento la seriedad, y sólo hizo un breve gesto con los labios. Daladei se volvió a los otros dos sacerdotes y les dio algunas órdenes concisas.

–Ellos os acompañarán a vuestros aposentos y saciarán vuestra hambre y vuestra sed, y os atenderán en todo cuanto les pidáis –indicó el Alfen–. Es tarde, confío en que tal vez mañana podamos hablar durante largo tiempo –añadió, buscando la mirada de Gôlfang.

El mago movió la cabeza.

–Temo que mañana no estaré aquí, ya que hay asuntos que he pospuesto y que no pueden esperar más; pero créeme que yo también deseo nuestra entrevista –denegó Gôlfang. Grundo trató de buscar su mirada, un tanto desamparado, pues ignoraba las intenciones del anciano. En realidad, su única misión consistía en estar aquí hasta que acabara el Cónclave para llevar las noticias a Arodia, y la misión de Gôlfang, como un favor a Lagor, era traerle hasta aquí, y lo había hecho; podía desentenderse.

El día había resultado agotador, de modo que no era el momento de pensar en nada. Siguió al sacerdote hasta la cabaña, y se acostó en un catre, entre Gôlfang y Phëron.
La mañana le encontró completamente repuesto del cansancio. La ventana practicada en el muro de adobe dejaba entrar la luz a raudales, y el Orondo se estiró y se hizo un rebujo en el catre antes de decidirse por fin a contemplar detenidamente Granshall. Al parecer, era el último en levantarse, pues ni Phëron ni Gôlfang estaban ya en la choza, de modo que salió al exterior con la intención de encontrar al mago e interrogarle acerca de las palabras que había dirigido a Daladei la noche anterior, sobre el viaje que proyectaba. Sin embargo, encontró primero al bonerii, ensillando un caballo blanco, joven y al parecer impetuoso.

–Buenos días.

El joven giró la cabeza en su dirección y le saludó a su vez. Su rostro mostraba una decidida seriedad. Quizá también estaba preocupado. Grundo no se atrevió a preguntarle por su estado. Se interesó por el mago, recordando su primera intención.

–¿Has visto a Gôlfang? –no se atrevía a confesar nada más.

El caballero hizo un gesto de contrariedad antes de responder.

–Partió esta mañana, casi con la aurora –respondió rápidamente. Guardó silencio unos instantes, y luego continuó, en un tono dolido–. No me permitió acompañarle, como es mi deber, de modo que voy a rehacer el camino hacia el sur, en busca del Capitán Cadmier y los otros –explicó, retomando la tarea de sujetar bien las cinchas.

Por un momento, Grundo no supo qué hacer o qué decir, mirando trabajar al caballero. Gôlfang se había marchado. Ahora Phëron hacía lo mismo. ¿Dónde estaba Austrong, que se había juntado a los mercenarios desde la llegada de Gremcam para no separarse más? No le apetecía quedarse sólo con Desedón, en caso de que el joven apareciese por algún sitio. No terminaba de agradarle.

–¿Vas solo? –casi se le escapó, y esperó que el otro, si adivinaba el sentido de su propuesta, no la despreciara.

–No. Austrong se ha ofrecido a acompañarme, y sus ojos son mejores que los míos –respondió, pero al parecer fue consciente de la brusquedad de sus palabras; se corrigió al instante–. Siempre es de agradecer su gesto de apoyo y compañía. Ahora que Gôlfang ha prescindido de nuestros servicios, tal vez te apetezca ayudarme –concedió con una tenue sonrisa.

Grundo no pudo evitar sonreír, que pronto se transformó en decepción.

–No tengo montura –arguyó, sin caer en la cuenta de que habían llegado todos a pie.

El caballero soltó una involuntaria carcajada.

VHay unas cuadras magníficas donde te prestarán uno adecuado a tu tamaño –aseguró–. Termino esto y te acompaño.

Las cuadras, como Phëron las llamaba, no eran otra cosa que un prado acotado por setos en el que descansaban un par de cientos de caballos de diferentes colores y tamaños. Destacaba, no obstante, un grupo de ocho o diez que se mantenía aislado del resto, como un gesto de orgullo. Su color era un blanco purísimo, y sus crines eran largas con reflejos plateados bajo el sol. Aunque su tamaño era algo inferior al de un caballo normal, su estampa desmentía esa verdad, y el equilibrio de sus proporciones causaba la impresión de estar contemplando algo perfecto.

De aquella pequeña manada surgió Austrong. Había embridado a uno de ellos, y otro le seguía mansamente, dejando descansar a veces la cabeza en su hombro al caminar.

–Saludos, Grundo, estos son los raahami –dijo, y su rostro había recuperado nuevamente la plenitud de dos días atrás, antes de que la llegada de Gremcam lo sumiera en un estado lamentable–. Van a galopar por Orik´alalai montados por un Alfen tras mucho tiempo de espera; tú también participarás de la experiencia –ofreció, y Grundo tomó con precaución la rienda que le tendía. Se encontró devolviendo al caballo una mirada exultante.

Austrong montó entonces de un salto sobre la grupa del caballo que le había seguido mansamente, y se dirigió a Grundo.

–No admiten sillas, de modo que espero que seas un buen jinete.

Lo era; tan bueno como el mejor Orondo.

Abandonaron Granshall, que comenzaba abullir con una actividad olvidada.
Tardarían un día al galope, sólo uno sin su noche hasta la Cordillera del Sur. A media tarde llegarían a la entrada del pasadizo por donde transcurría el Marawi ätaum antes de desembocar en el Mare Arcano, y allí esperarían a los caballeros. Era inútil seguir la búsqueda por las laderas, pero además era peligroso, en caso de que les hubiera sucedido algo.

Y, sin embargo, aquel día hubiera sido apenas unas horas si los tres hubieran tenido la oportunidad de cabalgar como lo hacía Austrong sobre el raahami. Caballos Veloces, era el nombre de aquella estirpe que había hollado el valle varios milenios atrás en compañía de los Alfens cuando estos aún habitaban Orik´alalai y eran los señores del lugar. Hoy la imagen revivía ante un hombre y un Orondo, testigos mudos por la fascinación de aquella carrera contra el tiempo, de aquel galope de la luz en pos de ella misma, matizando sus dorados y reflejándolos renovados y más vivos.

Los ojos de oro destellaban con la luz de la más profunda alegría cuando Austrong se acercó por fin a sus acompañantes, la larga melena al viento, confundiéndose con la crin de su caballo como si el Alfen estuviera envuelto en una tela finísima.

–Los primeros pasos después de demasiado tiempo –sentenció, y su mirada estaba como perdida en otra época de donde sacaba su energía.

Phëron no pudo dejar de observarle largo tiempo, maravillado, y aquella visión dio esperanza a la cabalgata que durante parte de la mañana se había visto teñida de urgente desaliento. De un momento a otro, esperaba ver aparecer al Capitán Cadmier, y al valiente Heimdallat, y al estricto Phericlô, caminando con sus cotas de malla plateadas por aquel valle que a pesar de todo el sufrimiento les acogería.

Pero las horas atravesaron la mañana, el mediodía y la tarde, atrayendo la inmensa mole de la Cordillera del Sur, y sin rastro de los caballeros.

Dejaron sueltos a los caballos, para que descansaran y pacieran, seguros de que no se iban a escapar, y ellos se sentaron sobre la arcada superior que marcaba la entrada al interior de la montaña. Sólo Phëron no se conformó con la paciencia, y se mantuvo algunos minutos erguido, adentrándose unos pasos en la espesura de la ladera, tratando de vislumbrar algún reflejo a través de la maleza, tal vez el último reflejo posible antes de que el sol se ocultase definitivamente. Pero fue en vano, y al cabo se sentó junto a los otros. Austrong le contaba a Grundo alguna historia.

–Esta piedra fue esculpida por los Enanos y grabada por sus más hábiles artesanos con ayuda de los Alfens. Eran tiempos en que aún trabajaban juntos, antes de la partida de Maberel y Danaöl. Al otro lado del paso, desgastada por el azote del viento salado, hay otra arcada similar, aunque la prisa no nos permitió admirarla. “Alhil cir ker Tûr.uriadâ”: éste es el sendero del corazón frío; eso es lo que se puede leer aquí. “Alhil cir ker liräli.uriadâ”: éste es el sendero del corazón alegre; ese era el recibimiento de los Alfens en otro tiempo, cuando la piedra aún no estaba gastada y el dolor no pedía sacrificios. Tratad de entrar hoy en las forestas, en cualquiera de las que habitan los Alfens, y sólo las flechas estrecharán vuestros cuerpos –terminó, y su voz se había ido apagando como sus ojos, hasta gestar un silencio que ya nadie rompió.

Pero no estaban allí para dormir, de modo que aprovecharon que no quedaban palabras para fijar su atención sobre los sonidos que provenían de alrededor. La brisa sobre las hojas de los robles, las criaturas nocturnas con su ajetreo, el rumor del agua al abandonar el valle. Nada más lograron percibir. Sólo Austrong podía utilizar la vista para desentrañar el origen de todos esos sonidos, mas Phëron no cejaba en su empeño, y, nervioso, cambiaba de postura cada cierto tiempo con el fin de acercarse más al bosque y sacarle sus secretos.

Grundo sintió una repentina lástima por el caballero. Se preguntó cual sería su reacción si perdiera a Gara, o a Gervag, o incluso a Teqüe, el zulfo que había sido el nexo de unión en un principio. Ellos constituían su única familia, como los caballeros constituían la única familia de Phëron. Comprendía perfectamente los deseos de aquel joven de introducirse en la espesura y gritar los nombres con toda la fuerza de su voz, a pesar de saber que era en vano. Si se encontraban bien, ya habían tenido tiempo de llegar, siempre y cuando no hubieran escalado las alturas de la Cordillera en pos del arquero, y hubiesen regresado por la entrada artificial al valle. Si les había sucedido algo –el qué, prefería no formularlo–, en aquella maraña de vegetación era estéril buscar. Miró en la oscuridad la silueta del caballero bajo la suave luz de las primeras Constelaciones, y por un instante sintió que algo les hermanaba. Él había perdido una familia, y durante un tiempo el dolor sólo le había permitido el odio y la venganza. No, definitivamente, sabía que si le sucedía algo a Gara él no podría contener el impulso suicida de introducirse en el bosque.

El brillo de las estrellas orientales fue apagándose a medida que una luz más fuerte iluminaba cada vez más espacio del cielo. Como todas las mañanas, la primera Constelación en desaparecer fue la de Maras Dokk, pero prontamente fueron engullidas todas una tras otra, y el sol subió a lo alto de aquella primavera.

Phëron se revolvió inquieto. Habían llegado hasta allí y habían esperado. Era todo cuanto podían hacer, y los tres lo sabían. Austrong y Grundo intercambiaron una mirada que no llegó a interceptar el caballero, pero éste era plenamente consciente de lo que los otros pensaban.

–Deberíamos comer algo; nos espera un viaje duro y no nos hemos repuesto del de ayer –cedió al fin, dando la espalda a la montaña.

Asintieron.

Aquella tarde llegaron definitivamente a Granshall.