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“En lo profundo de mi corazón, veo una tierra alegre y orgullosa… cuando Tarkión domine la noche y el mal descienda sobre Kimeria… ¡Ay! Destino cruel, que ciegas mi esperanza hiriendo su esplendor…”

La letanía era incoherente, y la repetición sistemática de aquel tono quejumbroso transcendía el dolor, como la conciencia de la propia destrucción. Grundo se despertó; durante los últimos segundos su sueño había sido inquieto, y ahora comprendía por qué. Abrió lentamente los ojos y contempló un cielo negro y sin estrellas, como la oscuridad que proseguía al ocaso solar, pero, no obstante, alguna fuente de luz producía una penumbra rojiza y pesada. Aún tardó algunos instantes en percibir aquella visión como anormal. Se incorporó lentamente, guiándose por la extraña voz, y distinguió la silueta de Austrong, mirando hacia el este como cada amanecer. O al menos Grundo suponía que aquella dirección era el este. La letanía era cíclica e invariable. Grundo buscó al resto del grupo, pero su mirada atónita se detuvo en el sur, no demasiado alta sobre el horizonte. Brillando con un resplandor carmesí, el disco de Tarkión vigilaba la noche artificial.

Se levantó lo más deprisa que pudo y se acercó a Austrong. No deseaba interrumpir su rezo, o lo que fuese, pero su voz no obedeció a su prudencia.

–¿Qué está sucediendo? –preguntó, y no consiguió evitar una fugaz mirada al norte, donde un dragón podía haber despertado y destruido lo que más amaba.

Austrong ni siquiera le miró, pero al cabo de unos segundos Grundo se dio cuenta de que le estaba respondiendo.

–La Profecía del Equilibrio; Tarkión domina la noche y Grishka nivelará el Equilibrio –decía en el mismo tono nihilista.

Grundo se dio cuenta de que aquello no tenía sentido; Grishka llevaba muerto mil años, y así se lo dijo al zulfo. Austrong le ignoró.

–Por fin la gran batalla del Equilibrio. Grishka está preparado. Pero el mal ha caído sobre Kimeria, y Cerian al Fionol no volverá a brillar con la fuerza de una promesa para todos los Alfens –añadió, y sólo entonces Grundo comprendió el sentido de la letanía. Su compañero recitaba versos sueltos de antiguos poemas, entre ellos la Profecía del Equilibrio, en la que se establecían las condiciones para que Grishka pudiera llevar a buen fin su Destino y equilibrara para siempre las fuerzas del Bien y del Mal. Una de las condiciones aseguraba que cuando Tarkión dominara la noche, el mal descendería sobre Kimeria, la foresta donde los elfos llegaron tras su odisea de años, y a la cual tomaron como hogar. La habían bautizado Cerian al Fionol, el Hogar de la Promesa, pues afirmaban que Madrivo la había hecho crecer para ellos el día que comprendió que el hombre era más fuerte que sus hijos y que los expulsaría de sus tierras.

Sin embargo, era indiscutible que Grishka había muerto mil años atrás; por tanto, esta oscuridad debía achacarse a otras razones. Razones que Grundo no podía dirimir. En cualquier caso, incoherente o no, el sufrimiento del zulfo era muy real. No deseaba importunarle más. Dio la vuelta para buscar a Gwist y a Phëron. La penumbra rojiza sólo daba sombras. Por primera vez desde que abriese los ojos, Grundo maldijo aquella luna. Bien podían ser ya las nueve, y a esa hora el sol comenzaría a entibiar la fresca mañana primaveral. A esa hora, Gara estaría terminando de servir los desayunos a los más retrasados, y podría relajar su mente por primera vez en la mañana, antes de concentrarse de nuevo en la comida del mediodía.

Se sentó junto a Phëron y Heimdallat tan pronto los reconoció. Ambos miraban hacia el oeste, aunque ni siquiera el Pico Sawor lograba atravesar aquella penumbra. Pero los tres sabían lo que buscaban. Ninguno lo mencionó. Phëron pareció alegrarse de encontrar una excusa para romper la monotonía de la queja de Austrong, apenas amortiguada por la distancia.

–Gwist partió en cuanto Tarkión mostró su rostro –informó el caballero. Grundo debió poner cara de tonto, porque el otro se apresuró a añadir–: dijo que esta oscuridad le protegería, y que no quería perder un segundo en llegar a Crítaler, ya que las cosas podían ponerse realmente feas por allí si todo se llenaba de kérveros –explicó–. No quiso despertarte, en todo caso, y me pidió que le despidiera de ti; prometió buscarte en Arodia la próxima vez que sus pasos le llevaran a vuestra tierra –terminó el joven, y levantó un poco las cejas en un gesto innecesario de disculpa ante la decepción del Orondo.

–Me había acostumbrado a su presencia –concedió Grundo.

Phëron hizo sólo un leve movimiento de cabeza. Envuelto en aquella penumbra, la perilla, que normalmente no favorecía aquel rostro de ojos infantiles, le confería una expresión cruel. Grundo sintió que vacilaba la recién nacida confianza en el joven. Pero inmediatamente desvió su mirada hacia el disco. Le desafió. Aquel era el verdadero sentido de la oscuridad, como el del Pico Sawor durante la luz: tambalear los valores; trastocar las ideas, perder la confianza, en uno mismo y en los que te rodean. Intimidación. No lo permitiría.

La voz de Cadmier se impuso a la de Austrong y a la oscuridad.

–Partimos –fue cuanto dijo, y los caballeros se levantaron de inmediato. Phericlô venía con él.

Grundo formuló la pregunta con un cierto temor, pero esa inquietud nada tenía que ver con el bonerii.

–¿No esperamos a Gôlfang?

La mirada de Phëron podía contener agradecimiento.

Cadmier se acercó a él.

–Antes de partir, me ordenó que le esperásemos en la ciudad de los mercenarios. La única manera de llegar al Pico Sawor a tiempo era utilizar su magia. No sabemos qué sucedió allí, pero sin duda estará demasiado cansado para regresar de ese modo; eso quiere decir que no llegaría aquí antes de tres días, y no creo prudente permanecer en este lugar bajo estas circunstancias, que ignoramos cuando cambiarán –explicó largamente, y en la dureza de su mirada Grundo leyó cuánto le desagradaba aquella decisión. Consciente de su situación, no quiso hacer más comentarios.

A esta hora, Gara se sentaría por primera vez a descansar.

La oscuridad del día les sorprendió cabalgando, pero ni siquiera esa circunstancia amedrentó a los caballos acostumbrados a la estepa desolada, y mucho menos a los jinetes, que rompieron la amenaza cantando el Himno de la Corona de Sandor, recuperado después de mil años, y esgrimido en un acto de guerra por primera vez en todo ese tiempo. Los veintiún caballeros del Condado de Dorón, capitaneados por Rolja val Arrmit, segundo hijo del conde, blandieron sus armas contra los kérveros y los Asesinos que se amontonaban alrededor del Pico Sawor hasta no dejar supervivientes, como les ordenase su Excelsa Majestad Brim Tarlá; el secreto del renacimiento de la Corona debía ser guardado aún, a pesar de que en el corazón de cada bosque del país había ya un castillo y nuevos caballeros dispuestos a resucitar todo el poderío del antiguo Imperio, con Brim Tarlá al frente y su hijo Dranlill con su espada Ilreldea dirigiendo los ejércitos. Luego comenzaron a buscar al mago Desedón, que había ido allí en un acto de heroicidad, les había dicho el rey, y a otro anciano mago de Karos, nada menos que el venerable Projia, que el monarca les asegurase que estaría allí.

No había rastro de ninguno de los dos.

Interrogaron a varios Asesinos heridos, pero no lograron sacar nada en limpio aparte de embarulladas descripciones de un combate arcano y de cómo lo dos magos de Karos habían desaparecido por los aires. Rolja val Arrmit les dejó morir y regresó a Ardellén para llevar las noticias a su Excelsa Majestad Brim Tarlá, que le había ordenado que escoltase a los magos ante su presencia.

Rolja val Arrmit cabalgaba avergonzado por el fracaso dentro de su armadura completamente negra.

Los estandartes de la Corona de Sandor ondearon frente a Tarkión.

En Dorfen, llamado Gueillal Endrel. En Blakari, la de los pantanos. En Aliranaos. En Orik´alalai, el Valle del Sol, que había llorado la partida de aquellos a quienes había visto nacer. En una urca anclada en un puerto del sur. En todos los lugares donde había corazones que añoraban el reencuentro de los Primeros, voces sin fe elevaban plegarias y maldecían el día y el fuego que no restituye. Palabras sin lágrimas y sin sentido componían imágenes del dolor, y el idioma Arëdro, que no se escuchaba desde la separación, cuando los Alfens fueron dos pueblos, volvió a fluir y a mecer la brisa con la suavidad de sus lamentos.

Pero sólo Cerian al Fionol conoció la verdad de la Profecía. Sólo Cerian al Fionol sufrió la muerte violenta y definitiva. Sólo Cerian al Fionol perdió el esplendor de una promesa, transformándose en necesidad.

Orofín Beradol supo todo esto bajo la noche en el día, y supo también que sólo la locura cruel haría imprescindible su sacrificio.

Se amaban, y juntos constituían un símbolo del Equilibrio, tal vez el más ostensible entre los seres semidivinos. Ella montaba un corcel negro, y vestía ropas igualmente negras; sus ojos tenían el color del vacío o de la eternidad. Era la hija de Bedrom Cailö, y llevaba las cuentas de los muertos. Él figuraba un enorme Megaterio, aunque a veces era un hombre de piel negra colmada de cicatrices, y sus ojos eran marrones o verdes dependiendo de la intensidad de la luz. Era hijo de Madrivo, y conocía cada nacimiento. Ambos se amaban.

Pronto emprenderían un viaje junto al ser más desdichado, pero hoy su misión era más sencilla. Los encontraron sin dificultad en la noche diurna, tendidos en el suelo e inconscientes. No les fue difícil reconocerlos, porque sus auras aún combatían contra quien les había atacado. Aún sobrevivían, pero a qué precio nadie podía decirlo. Tal vez incluso ganarían más de lo perdido, porque aquello no era un regalo de los dioses.

Con suavidad, y hasta con respeto, recogieron sus cuerpos envueltos en sus túnicas, que bajo el disco rojo conservaban su tonalidad marrón como un desafío. Les acomodaron lo mejor que pudieron, y les transportaron al sur, donde pronto llegarían quienes les esperaban.