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Durante todo el segundo día, la marcha fue a buen ritmo, y las circunstancias del lugar parecieron mitigarse por la conversación de Gwist. No era tan locuaz como para resultar molesto, y la ironía que bañaba sus palabras parecía acallar gran parte de las preocupaciones; así, la mañana la pasó discutiendo con Gôlfang acerca de la situación de Crítaler, advirtiendo con sutiles chanzas las deficiencias de Su Soberana Majestad Rendall Finl, un hombre enfrascado absolutamente en la ciencia cartográfica, tanto que había llegado a pactar con Luobo para trazar un mapa de Thrasgok a cambio de hacer la vista gorda acerca de las incursiones de sus kérveros a través de su territorio. Gôlfang ya sospechaba todo eso, pero nunca estaba de más una confirmación. Por otro lado, la voz de Gwist tenía un timbre claro y penetrante que permitía que todo el grupo lo escuchase, y sus inflexiones eran lo suficientemente notorias para que asomasen sonrisas en los rostros de todos al percibir los dobles sentidos.

Después de agotar ese tema, Gwist pasó de lleno a conversar con Austrong acerca de los Dorfen, un pueblo zulfo desaparecido hacía tal vez siglos en el bosque del mismo nombre, pero del que se decía que vagaba como sombras entre los árboles, combatiendo a kérveros y a hombres que se introducían en el lugar. Por supuesto, Gwist no creía ese tipo de leyendas, y no perdió la oportunidad de bromear acerca de ello cuando Austrong le explicó que era posible que así fuese, ya que aquellos zulfos se separaron tras el paso del Boureanaur, cuando se perdieron los libros de sabiduría por culpa de un ataque kérvico después de que el hombre los expulsase de Orik´alalai. A pesar de las bromas de Gwist, que incluso Austrong rió, a todos les quedó claro que el Orondo no estaba ya tan convencido de su inverosimilitud.

También Gwist departió con los caballeros, sobre todo con el joven Phëron, el más predispuesto de los cuatro a ese humor espontáneo, y la tarde pasó entre una larga explicación de la historia de Boneria, el país de los caballeros, y las chanzas que, esta vez a dúo Gwist y Grundo, lanzaron acerca del papel de los grandes comerciantes del norte, que financiaban las empresas de compra de minerales a Dianeria a un precio irrisorio, con la excusa de la expansión del culto a Karos y Karas. Phëron se encontró de pronto inmerso en una incoherente explicación acerca del honor y la Paz que Gôlfang se vio obligado a cortar con un severo comentario.

-Boneria no es sólo el comercio, y los Gemelos no pertenecen en exclusiva a los sacerdotes –y luego, con un malhumor que hizo las delicias de Gwist–; aunque algunos comerciantes van a tener que hacer grandes penitencias.

Después de aquello, los dos Orondos conversaron acerca de asuntos triviales sobre Arodia, ya que Gwist deseaba conocer los últimos acontecimientos, del tipo que fueran, pues sus viajes y su prolongada residencia en Crítaler –también él era un entusiasta de la cartografía a pesar de sus burlas– apenas le permitían contactos con su pueblo. De ese modo, Grundo, un poco a regañadientes porque no podía olvidar sus sentimientos, encontró una salida a su tensión, e informó a Gwist de todo lo que había sucedido, desde Dianeria a la Frontera Sudeste, en el último año.

Y así pasó el segundo día, hasta que llegó la noche y comenzaron a suceder cosas extrañas.
La luna roja se había escondido ya en el norte como preludio a la oscuridad, pero Lubania aún mostraba su cuarto creciente un poco por encima del este, y las sombras que proyectaba el sol eran alargadas y difusas, pero todavía poseían individualidad. Esta vez fue Cadmier, adelantado al resto del grupo, quién primero divisó a las dos figuras detenidas en mitad de la trayectoria que ellos llevaban. Sin dejar de observarlas, hizo un gesto de precaución con la mano, y él mismo se detuvo para ver mejor. Sin embargo, era claro que las dos figuras le habían visto, pues se mantenían erguidas y mirando en su dirección, en posición de espera. Cadmier pudo discernir las túnicas marrones con que se cubrían, e incluso las facciones del hombre y la mujer, que parecían inalteradas.

Con una expresión más preocupada que sorprendida, volvió sobre sus pasos y se dirigió directamente a Gôlfang.

–Son Delra y Zerto –informó escuetamente.

El mago asintió, preocupado.

–Esperad aquí –ordenó, y se encaminó hacia las figuras.

Tras unos breves instantes, Grundo se atrevió a preguntar, y por la actitud de Gwist pensó que el cartógrafo esperaba también la respuesta. Phëron se acercó a ellos y se sentó entre ambos, si no relajado, sí obviamente resignado.

–Delra y Zerto son magos de Karos; si incluimos a Desedón, son junto a Gôlfang los cuatro magos de Karos que hay en todo Edeter; a Desedón le conoceréis pronto, espero, pero en carne y hueso –fue el detallado comentario.

Gwist saltó de inmediato.

–¿Qué quiere decir en carne y hueso?, ¿es que Delra y Zerto son fantasmas? –preguntó para mirar mejor a las figuras ante las cuales ya se había detenido Gôlfang.

–Son imágenes de ellos mismos, pero ellos están muy lejos de aquí; la magia de Karos es poderosa –respondió con expresión muy seria.

Luego se levantó y ocupó su posición inicial.

Austrong, que había permanecido ajeno a los acontecimientos y aislado del resto, se acercó a los Orondos y se sentó en el lugar abandonado por Phëron. No habló, sin embargo, y se limitó a observar el lento ocaso de Lubania, la luna azul consagrada a Karas, la diosa de la Paz.

Transcurrieron así algunos minutos, hasta que Gwist rompió el silencio con palabras trémulas.

–No he dormido nada esta noche, tratando de encontraros –comentó a Grundo–. No hubiera podido resistir tanta indefensión al lado del Pico Sawor; hubiese tenido horribles pesadillas –confesó, pero Grundo sintió la necesidad de levantarse y marcharse lo más lejos posible. Por un momento, le pareció sentir todo el terror de su propio sueño, y el miedo atenazó su garganta. Entonces Gwist lo agarró suavemente del brazo–. Mira –dijo, y, al seguir su mirada, Grundo contempló el último rayo del ojo de Karas, el más hermoso del día pues era la promesa de un nuevo comienzo tras el final. Una gran tranquilidad le colmó, y encontró los ojos de oro de Austrong, que sonreían en un rostro momentáneamente radiante.

Si hubiesen sido reales, Gôlfang hubiese estrechado sus manos con afecto incluso allí, después de tanto tiempo. Pero no lo eran, como no lo habían sido los últimos cinco años, y por eso se detuvo junto a ellos sin más comentarios, esperando el motivo por el que se habían presentado corriendo tantos riesgos.

Zerto le miró desde su constante gesto huraño y no dijo nada, como casi siempre al principio de las reuniones, de modo que todo el peso de la conversación recayó en Delra.

–Malas noticias, me temo –comenzó su voz dulce, nada distorsionada a pesar de la distancia y del esfuerzo que estaban realizando para que el conjuro funcionase–. Hace una semana fue asesinado en su cuarto el Mariscal Sîsen Andor –informó, y esperó la reacción del más anciano.

–Boneria ha perdido su jefe militar… ¿asesinado en su cuarto, has dicho?, ¿quién ha sido el traidor?

Delra ensombreció el rostro.

–No hubo tal traidor. Algunos centinelas creyeron ver una sombra que volaba por sobre el Alcázar de Boracoria; la sombra de un caballo alado –dejó que el otro terminase la frase por sí mismo.

Gôlfang cerró los puños.

–Moriao –escupió. Y luego, con una ira más culpable–. Suponía que aún vivía; Tas-par, maldito sea su nombre, lo habrá cuidado durante siglos, pero ahora será Sánedri quién lo cabalgue –aseveró, y en su mirada ardía un rencor antiguo–. Siempre Tas-par. –Y se sumió en profundos pensamientos. Luego, como una revelación–. ¿Lo sabe Kordafán Narkot?

Zerto intervino entonces con su voz arisca.

–Por supuesto que lo sabe, desde el principio, supongo; creo que ambos esperan el último combate. ¿Por qué, si no, se retiró a sus montañas y sólo las abandona para ordenar a los nuevos sacerdotes de Naraendil en Granshall? Está haciendo acopio de fuerzas, puedes estar seguro –argumentó con hostilidad. Luego añadió con desagrado–. Pero eso no es todo.

Delra estaba acostumbrada al carácter del anciano mago, por eso retomó la conversación antes de que el otro, mucho más anciano, se enfrascase en una pelea verbal con el primero.

–No, no es todo, y no sé la gravedad que pueda conllevar lo que falta –comenzó, pero no se demoró más de un segundo–. Sabíamos que ibas a entrevistarte con Desedón en Ardellén después de visitar el Pico Sawor en tu viaje hacia Granshall, y por eso decidimos comunicarle a él la muerte de Sîsen, ya que buscarte podría agotarnos y no era tan seguro. En cualquier caso, nos proyectamos hacia Ardellén hace dos días, y descubrimos que no había rastro de Desedón. Pensamos que aquello no era tan extraño, ya que probablemente habría partido hacia alguno de los condados, de modo que esperamos todo un día. Al final, agotados, decidimos salir a buscarte; créeme que nos sorprendió lo fácil que es dar contigo; ignoro quienes serán tus acompañantes, pero desprenden más poder que tú mismo… Pero volviendo a nuestro asunto, debo decir que al final sí hallamos rastro de Desedón. No nos detuvimos a hablar con él, ya que se encontraba nada menos que en el Pico Sawor. Esta misma tarde.

Enojo era una palabra muy suave para describir la reacción del mago.

–Por los cuernos de Darko… ¡le prohibí expresamente que se acercara! Yo mismo me disponía a ir esta noche, ¿qué diablos va a hacer allí?, ¿es que piensa que no le descubrirán, ese presuntuoso irresponsable? ¡Puede dar motivos para desatar las hostilidades, a menos de dos meses del Cónclave! –Se pasó las manos por el rostro, respiró varias veces, y se calmó un tanto–. Bien, puede no ser tan grave; en caso de que no haya supervivientes… no lo verán como una amenaza, sino un simple esbirro del carcelero, que viene a ver cómo se levanta el castigo; ¡eso, siempre y cuando no se le ocurra comenzar una cruzada a él solo! Karos quiera que llegue a tiempo de evitar alguna catástrofe –murmuró, decidido–. Marchaos, pues, descansad, y tened un agradable viaje hacia Granshall; allí nos veremos.

–Hasta pronto –se despidió Delra, con una dulce expresión de confianza.

–En Granshall –añadió Zerto, con una confianza más ruda.

Ahora debía correr hacia el Pico Sawor si quería evitar una tragedia. No lo que le pudiera suceder a Desedón, que lo tenía merecido, sino lo que les podía suceder a todos si éste atraía demasiado la atención de Maras Dokk sobre aquella remota región de Edeter. No habría forma entonces de ocultarle al Soñador de Sentimientos.

Se preguntó por qué tenía que sucederle esto a estas alturas de su vida, y la sola formulación de esta pregunta ya denotaba el gran peso de la edad.

Karos, Karos.

Aquella noche no encendieron hogueras, y comieron queso rancio y pan duro, pero nadie protestó. Había pasado el período de oscuridad total, y la Constelación de Karos comenzaba a asomar por el sur. Su presencia relajó la tensión, pues ninguno había dejado de percibir la inmovilidad del aire de la noche primaveral y el silencio absoluto de la estepa. Factores ambos que mostraban sin lugar a dudas el carácter arcano de aquella hora.

Gôlfang se mostraba inquieto, lo que no ayudaba a calmar los ánimos del resto, y permanecía silencioso mirando fijamente la Constelación de su dios, mientras sus puños se crispaban metódicamente. Ese maldito Desedón. El joven, orgulloso, impulsivo, y a pesar de todo inteligente Desedón, se había comportado como un asno. De pronto, se le pasó por la cabeza una idea descabellada. ¡Por Karos! Desedón tenía que haber pensado lo mismo. Si, contra toda lógica, había algún superviviente después de tres mil años de reclusión, ¿no podía ser eso mismo la razón del desequilibrio? Ya no existían las Águilas de Karos en Edeter, para contrarrestar aquella fuerza destructora. No, no era tan descabellada, la idea. Desedón habría ido allí para asegurarse de que no habría supervivientes después de esa noche. Pero qué estupidez; carecía del poder suficiente, y, por si fuera poco, Gôlfang estaba convencido de que esa no era la causa última de la necesidad del Soñador de Sentimientos.

Se levantó de un salto, sin medir la inquietud que eso produjo en los otros, y se encaminó hacia el lugar donde Cadmier estaba haciendo la guardia. El caballero le recibió en silencio. Había intercambiado con él algunas palabras tras la desaparición de los magos, poniéndole al corriente de la situación. Gôlfang clavó sus pupilas marrones en los ojos del hombre, y recibió una confianza que no le sirvió para aliviar su propia rigidez. Cuando brotaron sus palabras, lo hicieron de forma impersonal.

–Me marcharé ahora; dirigios hacia el sur, hacia la ciudad de los mercenarios, y esperadme allí si no os he alcanzado antes. No vayáis a Ardellén –Gôlfang había esperado alguna protesta por parte de Cadmier, pero todo lo que alcanzó a ver fue una contracción en sus cejas cuando nombró a los mercenarios. Alguien que hacía la guerra por dinero; pocas cosas le resultaban más aborrecibles al caballero. Y, sin embargo, aquella había sido su única reacción. Acababa de trastocar todos los planes, trazados tiempo atrás en el palacio de la isla Qüemyum, y todo lo que mostraba era una confianza sin reservas. Excesiva confianza para el futuro Mariscal de Boneria.

Se levantó y se internó en la oscuridad.

–Karos te guíe –escuchó antes de perderse definitivamente.

Desde el primer momento había resultado evidente que su presencia allí no tenía nada que ver con su posible sabiduría como consejero político. Brim Tarlá le escuchaba, bien es cierto, e incluso agradecía sus opiniones, pero el joven mago estaba seguro de que todos sus argumentos ya los había barajado el anciano monarca posiblemente desde antes de que él naciera. Setenta años había pasado construyendo un reino en la sombra, agrupando a su alrededor desperdigados habitantes de los campos del sur, y ahora, nonagenario, poseía tanta lucidez como el propio Desedón, y una forma física sólo un poco desmejorada. El rey había construido con sus propios brazos el castillo de Ardellén, la capital del emergente reino de Sandor, junto a las cuadrillas de oficiales y peones. Una tarea de medio siglo hasta que el baluarte estuvo finalizado. Y era una plaza inexpugnable.

Pero Desedón se sentía atrapado entre aquellos muros de piedra. No habían olvidado el templo de Karos, pero las ceremonias las oficiaban los sacerdotes, no él, aunque las honraba con su presencia, y eso hacía que incluso su valor como consejero espiritual se disolviera en la nada. Pasaba los días deambulando por los retorcidos corredores, intercambiando sólo ocasionalmente alguna palabra con el caballero Rolja val Arrmit, o con el mucho más cultivado Marqués de Arrheim, ilustre poeta además de caballero, pero ni siquiera esas conversaciones liberaban su ansiedad. Aprovechaba las noches para pasear por el bosque que rodeaba y ocultaba Ardellén, tratando de rememorar los años, no tan lejanos, en que aprendía los secretos de Karos junto a Darín Mönkel. ¡Era discípulo de Darín Mönkel, la Palabra, y se pudría en aquel castillo de un reino a medio consolidar, trasunto de otra época más gloriosa!

No iba a durar mucho aquella situación. Se acercaba una fecha temida durante milenios. Puesto que su misión allí no era la política ni la religión, el único otro aspecto destacado de su persona era la magia, el poder. Gôlfang le había mandado allí para proteger Ardellén durante su fase embrionaria. De acuerdo. Si todo se desmoronaba, esperar allí no iba a ayudar a nadie. Cortar la raíz detiene el crecimiento.

Esa fue la razón por la que, dos días más tarde, Desedón abandonó Ardellén, Delra y Zerto no le encontraron allí sino en el lugar más peligroso, y Gôlfang abandonaba lo que no podía abandonar para evitar males mayores.

Horas más tarde, todos sabían que estaban solos. Ese era el sentimiento general tras la partida de Gôlfang. Era inútil tratar de dormir. El aire continuaba inmóvil, y el silencio se había convertido en una amenaza. Quién más, quién menos, todos tamborileaban con sus dedos sobre la grava, o respiraban más fuerte de lo necesario; cualquier cosa para contrarrestar esa antesala de la nada.

Por eso, en un primer momento, el trueno fue una liberación. Una liberación hasta que comprobaron aterrorizados de donde provenía, y antes de que intentaran siquiera una explicación, sintieron que la cima del Pico Sawor estallaba con un fuego rojo que iluminó la estepa y dibujó en sus rostros sombras siniestras de miedo e impotencia. Inconscientemente, los caballeros desenvainaron las espadas, Gwist miraba perplejo, y Austrong elevaba una plegaria que en realidad era un reto, mientras él aferraba con fuerza el colgante de Turmalina que en otra edad le regalase un amigo ya perdido.

Porque la maldad había renacido y la esperanza era un sueño nocturno de niños profanos.

–El tiempo de la promesa se ha cumplido –sentenció entonces la otra esencia de Austrong–. Nadie pensó que sobrevivirían, pero los cielos de Edeter volverán a temer a los dragones.

Algo se rompió en Grundo con aquellas palabras. Él había soñado su sueño de odio, él había despertado al dragón. Él era el dragón.

Cayó de rodillas bajo el peso de aquella constancia. Pero entonces, Gwist le tomó del brazo nuevamente, obligándole y ayudándole a levantarse. En sus ojos leyó toda la ironía de la situación.

–Los Orondos no nos arrodillamos ante el Caos –le dijo con cierta dejadez.

La voz de Cadmier atravesó la oscuridad.

–Gôlfang está allí –y aquella lacónica frase hizo que las miradas se dirigieran hacia el Pico Sawor, donde la luz roja parecía consumirse tras su baladronada.

Grundo habló en un susurro.

–Espero que no haya sobrevivido ningún dragón –dijo, porque aún recordaba su sueño aunque ya no le pareciese tan real, y aún sentía temor por Arodia, y temía su propio odio.

Sin embargo, Austrong, el Viajero de las Necrópolis, habló en voz más baja todavía, de modo que nadie le escuchó.

–Y yo espero que al menos uno haya sobrevivido –y una lágrima asomó a sus ojos de oro, porque sabía lo que significaba su Destino, y que su sufrimiento era el de la agonía.

Sabía que pronto moriría. En pocos minutos había gastado la mayor parte de sus hechizos y de sus fuerzas, y sólo había conseguido arrancar carcajadas de su enemigo. Recordaba el celo con que había guardado su magia durante la ascensión, protegiéndose de las patrullas de kérveros y Sawor sólo con su habilidad para ocultarse, y todo para no revelar su presencia a posibles rastreadores de su magia. Pero todo había sido inútil cuando la cima estalló en luz y su túnica marrón fue visible para todo aquel que quisiera mirar. Alcanzó a oír el rugido de triunfo del dragón cuando se libró de su encierro, y observó cómo su enorme sombra volaba por fin libre hacia el Norte, hacia la Morada de Maras Dokk en los Hielos. En aquel instante, supo que hubiera podido vencerlo si las circunstancias se hubiesen dado de otra manera. Era ostensible que el dragón estaba debilitado después de tres mil años de inactividad. Pero su enemigo no había sido el dragón. En un primer momento, se vio obligado a mantener a raya a los kérveros y Sawor con hechizos fáciles, mientras preparaba alguno que le permitiera al menos escapar, después del fracaso, por encima de la línea de alcance máximo de las flechas. Pero entonces hizo su aparición aquel que había venido al Pico Sawor para ser el verdadero protector del dragón. El Minotauro apareció levitando sin ningún esfuerzo a escasos metros de Desedón. Y el Minotauro era el hijo de Maras Dokk, el primero de todos, aquel a quién Víem diese forma a imagen y semejanza del padre.

Ni siquiera parecía esforzarse en lanzar los hechizos. Desedón estaba agotado, de pie en una repisa de la ladera de granito que terminaba en un precipicio de quinientos metros, y hasta ahora se había defendido. Los hechizos de ataque fueron neutralizados uno a uno casi con placidez.

–Desedón, siervo de Darín Mönkel, eres un tonto –dijo el Minotauro con su voz de caverna derrumbada.

En un asomo de cinismo, Desedón pensó que al menos su nombre había llegado hasta Maras Dokk; eso era lo que pretendía; al desafiar a Zerto, que siempre le acusaba de temerario e impertinente por su juventud; al entablar combates singulares con hechiceros negros de Darko o con los rojos de Dne Korba. Al parecer, había dado resultado, pero era evidente que no poseía la fuerza que creía que tenía. No tanta como para dañar siquiera al Minotauro. Ahora su arrogancia le llevaría a la muerte. De acuerdo, también a esto. Pero no sería sin luchar.

–Todavía no he comenzado –se jactó, sintiéndose ridículo.

El Minotauro ni siquiera rió. Levantó su mano y lanzó contra él un hechizo de inmovilización que causó efecto. Impotente, Desedón levantó la mirada y la clavó en el único ojo sano del Minotauro para esperar la muerte.

Ésta hubiera llegado sin duda si otra risa no hubiera paralizado al nigromante. Era despectiva, sin alegría, cargada de un cinismo pesimista que Desedón podría identificar con Tas-par. Y, sin embargo, el que rompió el hechizo que le inmovilizaba y formó el último vértice de un triángulo perfecto, le era familiarmente conocido.

Gôlfang se dirigió al Minotauro.

–La última vez, más allá de las Corrientes Bruscas, sólo te arrebaté un ojo –dijo con crueldad. El Minotauro bufó de manera ostensible, y clavó a su vez su pupila roja en el recién llegado con un odio irresistible. Pero también había temor.

–Achick Cogerubra –pronunció despacio, y Desedón vio con asombro que la mirada del anciano se endurecía con el dolor. El Minotauro soltó una carcajada–. ¿Te duele tu verdadero nombre, bárbaro Willand?

Gôlfang se encogió de hombros, y Desedón fue consciente de que iba a contemplar la ira de un Qüemyum, el representante viviente de un dios en Edeter. Pero el Minotauro también se dio cuenta de ello y desapareció tan pronto como terminó la frase. Desde el lugar que ocupaba aún se proyectaron algunas palabras.

–La próxima vez que nos encontremos me pedirás morir –pero ninguno supo a quién iba destinado el vaticinio.

Gôlfang se acercó al joven.

–¿Tienes fuerza para un hechizo de levitación? –interrogó, quizá vengativamente. Desedón negó con la cabeza. Era evidente que estaba al borde del desmayo–. Has sido un imprudente, y quizá algo peor –amonestó. Luego miró al Norte–. Pero nadie ha sido tan imprudente como yo en este asunto. Acompáñame.

Unos ojos azules contemplaron a las dos figuras mientras se alejaban hacia el sur, del mismo modo que había contemplado todo el combate. Hubiese intervenido si el dragón hubiese corrido peligro, pero se alegró de no haber revelado su presencia y de no haberse visto obligado a enfrentarse con Led a Nerín. Se sintió un poco defraudado porque el Minotauro había salido indemne; era demasiado fiel a su padre Maras Dokk, y Sánedri prefería que las fidelidades fuesen hacia él.

Sólo una persona conocía el secreto que encerraba su ser, y esa persona había renunciado a su privilegio como Qüemyum en beneficio suyo. Eso era fidelidad. Las amenazas no habían sido ajenas a esa decisión, por supuesto, pero por encima de ellas existían contrapartidas mucho mayores que las que ahora disfrutaba; en los últimos mil años, la mayor satisfacción de Tas-par había sido la creación de una profecía que había separado a los Alfens. Sánedri le prometía mucho más.

Sánedri era un dios. Y un dios que rompería el Equilibrio por siempre.

Aunque Tas-par sufriría su cólera también, pues por culpa de esa estúpida profecía él no podía aún desarrollar todo su poder y traer a todos sus hijos a Edeter. Los que ya estaban aquí le habían traicionado.

Sí, incluso Tas-par sufriría la cólera del Leñador.