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Verdadera sangre Alfen corría por sus venas. La sangre de Labarín, la sangre de Austra, la sangre que amaba la vida con toda la pasión de su estirpe, pero también la sangre que le otorgaba la sensibilidad para comprender todo el dolor de su raza. Porque Austrong comprendía la vastedad del Destino arbitrario que le habían impuesto, un Destino que debía servir para unir de nuevo a su pueblo, pero que le haría perder parte de su esencia. Como los Eäalets habían perdido parte de la suya por salvarlo a él de los kérveros, por salvar la última esperanza de que sus amigos fuesen uno de nuevo. No pudo contener las lágrimas.

Era la primera noche que pasaban fuera de Arodia. Gôlfang le había interrogado acerca de sus planes, y el Alfen le había confesado la verdad: que pensaba reunirse con su padre Labarín y con el hijo de Maullé, Sertgón, en la ciudad de los mercenarios, en la costa suroriental de Sandor, a seis días de camino hacia el sur. Desde allí partiría hacia Granshall para parlamentar con Daladei, y luego esperaría allí lo que tuviera que pasar. Gôlfang había asentido y le había propuesto acompañarle junto con los caballeros, a cambio de que él les acompañase durante su itinerario por Sandor. Aceptó a pesar de que la propuesta del mago le haría perder días, y era mucho más complicada, en varios sentidos, pero incluso de ese modo era más seguro caminar junto al Sumo Sacerdote de Karos y su escolta de caballeros.

Se durmió observando fijamente la Constelación de Naraendil, el Dragón de Plata. Sabía que Gôlfang no había dejado de observarle en ningún momento.

No se equivocaba. El mago yacía tumbado en el suelo de Sandor, tratando de poner en orden el caos de su pensamiento, después de programar las guardias. Cadmier no había protestado. Proteger a Austrong era una obligación imprevista que le había agobiado. Sólo había transcurrido un día, pero se le hacía evidente todo el sufrimiento que corroía al joven. Transcendía en la lividez que rodeaba la mirada de oro, en la alegría triste de su ocasional risa, en el caminar pesado. En un solo día, comprendió todo lo que había aprendido en los libros acerca de Orofín Beradol, pero esa comprensión era comprensión humana, y no podía llegar hasta las simas que retorcían la esencia de Austrong. Aún recordaba cómo se había visto obligado a no retirar la mirada de la expresión del joven cuando abandonaron la Frontera Sudeste y aparecieron ante ellos las estepas desoladas de Sandor. Hectáreas y hectáreas de lo que en otro tiempo fuese una llanura fértil, mostraban hoy su carne abierta en constantes desgarrones, la piedra madre en la superficie estéril, barrancas imprevistas de varios metros de profundidad y aristas ávidas como cuchillos. La muerte y la nada, producto de una guerra entre poderes de otro mundo en un tiempo que sólo los Alfens recordaban. Y por encima de la desolación, erguido como un centinela cruel, se alzaba la mole del Pico Sawor, el símbolo de Maras Dokk en aquellas tierras primigenias.

–El Mal es un espejo –había dicho entonces Austrong en voz queda, pero todos habían escuchado esas palabras que siempre retendrían, pues provenían del miedo más antiguo de su raza, tan antiguo que sólo Orofín podía haberlas pronunciado en aquel lugar. Y sin embargo Gôlfang alcanzó a comprender apenas un atisbo, entre todos ellos el único, porque había viajado a los Hielos del Norte y había mirado la Morada de Maras Dokk y había dado la vuelta y cruzado el Estrecho de las Corrientes Bruscas.

El mago dejó escapar el aire que retenía, pero enseguida frunció el ceño y volvió a la inmediatez. Lo cierto era que tenía a su cargo a Orofín Beradol, el Alfen más importante entre los Alfens, y así y todo no era su mayor problema. Porque Austrong conocía su Destino y lo había asumido a su pesar, y eso facilitaba enormemente la relación con él; sin embargo, Grundo nada sabía acerca del suyo, y por tanto cada palabra pronunciada en su presencia era un riesgo para el futuro. Gôlfang no sabía con total certeza qué significaba Soñador de Sentimientos, mucho menos que Orofín Beradol, y los libros sólo hablaban de un desesperado intento del Equilibrio por restablecerse y contrarrestar el poder que lo inclinaba a un lado; Gôlfang, y Zôrdon, y Lagor, y casi todos los Qüemyum con los que había sido prudente tratar este tema, coincidían en pensar que era el Caos el que descompensaba la escena, que era más poderoso que nunca en los últimos tres mil años, pero ninguno podía afirmar a ciencia cierta por qué; era algo que sentían, o tal vez una sutil influencia de sus respectivos dioses. Grundo era una herramienta para combatirlo.

Eso era todo, y era obvio que resultaba insuficiente.

Un grito le despertó antes del alba.
Todo un día de camino hacia el interior de las estepas desoladas. Un día alejándose de lo que más amaba, de lo que siempre había buscado, de la vida que un día soñó para sí mismo tras el desastre del pasado. Alejándose de un trabajo en el que era respetado, de una amistad cordial de alegre compañía y feliz recuerdo, y alejándose sobre todo de Gara, la esperanza de un futuro y la plenitud del presente. Cualquier otra dirección que hubiesen tomado no habría hecho brotar tan intensamente el sentimiento de soledad, y, por supuesto, no habría hecho revivir aquel odio que creía apagado pero que se había aletargado en algún rincón. El odio a los Sawor.

Su padre era minero. Toda su familia había sido minera durante generaciones, excavando galerías en las tierras adyacentes a Arodia, más allá de las Montañas Menguantes, no demasiado alejadas de Minas Dirok, la ciudad mercado. Sabían que corrían un riesgo habitando fuera de los núcleos poblados, pero sus hogares estaban bien camuflados y no temían a los Sawor, ya que varias familias podían reunirse en pocos minutos para repeler cualquier ataque de un centenar de Asesinos, el número máximo de jinetes que acostumbraban atacar de una vez. En aquella ocasión, todo falló. Aún se culpaba a veces por haber sobrevivido. Era el hijo mediano de una familia de cinco hermanos, por lo que ya podía acompañar a su padre y a sus dos hermanos mayores al mercado de Minas Dirok, con la caravana que partía aquella tarde cargada de metales. La caravana pasaría cerca de su casa, y por eso su madre y los dos pequeños habían salido a despedirles antes de encerrarse en su hogar. No supo cuántos eran, ni por qué sus primeras flechas alcanzaron a los pequeños antes que a ningún otro. Lo cierto fue que aquel hecho tejió un halo de irrealidad en la escena, y su padre murió con una expresión desconcertada en los ojos, antes de poder sentir dolor por la pérdida. Sólo Firg, el hermano mayor, supo reaccionar a tiempo y tocar el cuerno de alerta. Se oyó un ruido vibrante y un chasquido cuando la flecha atravesó el metal y el hueso. Cuando su madre murió con expresión dolorida, la espada de Grundo cayó de su mano, y permaneció quieto esperando la muerte. Fue lo último que supo.

Después le contaron el resto muchas veces. La llegada de la caravana, la huída de los Sawor, el funeral. Nada le importó. Había aferrado su espada, se había armado como un guerrero, y se había convertido en cazador. Alguna vez había llegado al mismo Pico Sawor para cobrar sus piezas. Pero lo cierto es que su motivación había sido el odio, y jamás se acostumbró a asesinar fría y metódicamente. Siempre embriagado por ese sentimiento, y siempre tan vívido. Aunque perdió la noción del tiempo, suponía que aquella locura no habría durado más que unas pocas semanas; hubiera muerto tarde o temprano. Cuando conoció a Teqüe, cuando escuchó sus palabras de Vida, cuando conoció la forma en que el Alfen experimentaba la Vida, el odio fue tomando un segundo lugar hasta que llegó a pensar que había desaparecido. Nunca el olvido, ni siquiera el perdón, que es la misma moneda. Pero sí su corazón abierto a otros sentimientos, y de ese modo conoció a Gervag, con su alegría y sus ansias de conocimiento; conoció de nuevo el valor que una labor realizada con honestidad tiene para el equilibrio de la persona; y conoció a Gara y lo que significaba la responsabilidad hacia otro ser, hacia sí mismo, tratando de poner cauces a la convivencia y a la felicidad. Y así conoció el miedo a perderlo todo de nuevo.

Y ese miedo, hoy, en tan solo unas horas, hacía revivir el odio aletargado.

Lentamente, sin apenas percatarse, sus pensamientos le llevaron al sueño. Pero aquella noche su sueño no fue normal. Todo era demasiado real. Soñó con el Pico Sawor, inconmensurable, y con un poder que despertaba allí tras miles de años de latencia. Un poder de alas negras y fuego rojo y abrasador que volaba en libertad, y que sin embargo estaba conducido por el odio. Más oscuro que la noche, la sombra voló hacia el norte y, hambriento, se deslizó en picado para cazar sus presas. Fuego y destrucción, ni perdón ni olvido, un pueblo de seres diminutos e indefensos con los que alimentarse y a los que exterminar. Las alas del Dragón batieron el viento, y el fuego sumió a Arodia en el ayer.

Un puro grito de terror despertó a Grundo, y supo que lo había emitido él mismo.

Y que él había sido el Dragón.

Cadmier estuvo junto al mensajero un instante antes que ningún otro, pero la premura de Gôlfang le hizo apartarse y dejar paso al mago. Fue a tranquilizar a Phëron y a Heimdallat, que hacían las guardias, y regresó al grupo.

–Debes contármelo –increpaba Gôlfang al Orondo, sujetándolo por los hombros en un gesto que en un principio debía haber servido para tranquilizarlo, pero que ahora le aterrorizaba. El zulfo había vuelto a su lugar junto al fuego tras los primeros momentos, aunque escuchaba perfectamente la conversación, y Phericlô se hallaba tendido a su lado. Después de un par de minutos, Gôlfang había tomado otra estrategia, y ahora él y el pequeño ser hablaban en voz queda, apartados. Cadmier se sentó junto al caballero y trató de escuchar.

–No tiene importancia –se disculpaba el mensajero–. Es sólo que el lugar me afecta más de lo que pensaba; siento haberos despertado.

Gôlfang no era fácil de convencer.

–Así y todo, debes contármelo –insistió, y Cadmier pudo percibir un disimulado apremio en aquella voz sabia y venerada.

El Orondo era terco.

–Creo que lo mejor es dormir, y no preocuparse por una pesadilla –argumentó, y, desasiéndose de Gôlfang, volvió a tumbarse.

El mago le miraba fijamente, mirada que el otro no devolvió, y, con un gesto apenas perceptible de crispación, abandonó el lugar y volvió a su sitio junto a Cadmier. No le miró más que un instante, pero el caballero apreció toda la contrariedad del anciano. No la entendió, por supuesto, lo que no hizo más que aumentar su malestar. Tampoco él se sentía cómodo tan cerca de aquella mole inmensa y negra, ni en aquel lugar de violenta destrucción; menos en estas fechas.

Cuando llegó el alba, no supo con certeza si todos habían conseguido dormir.

Le descubrió Phëron, o, más bien, ambos se descubrieron mutuamente, pues tan pronto como el otro le vio lanzó un grito de júbilo y se acercó al caballero. Antes de darle la bienvenida o de cortarle el paso, el bonerii ya había dado la alarma.

–¡Vaya! Al fin os encuentro –gritó el otro desde una distancia prudencial. Era un Orondo, pero vestía un jubón rojo al estilo del Castillo Crítaler, la capital de Dorfen Hond. Cuando se hubo acercado, ya Cadmier había llegado al puesto de guardia–. Saludos, caballeros, os sigo desde ayer, cuando me informaron que os dirigíais al sur –saludó el recién llegado. Para entonces, ya todos estaban junto a él–. Mi nombre es Gwist –se presentó, y Grundo no pudo reprimir una sonrisa irónica. Gwist había sido el mayor tirano de su pueblo, y era un individuo austero que siempre vestía de negro. Nadie se llamaba Gwist en Arodia, y nadie escogería el color rojo para su jubón.

El Orondo continuó, ajeno a las miradas de incomprensión de los demás.

–Me dirijo al castillo Crítaler después de haber pasado una temporada en Gargüid para obsequiar a Su Majestad Dámjala con unos mapas de la Escuela de Cartógrafos de Crítaler –informó.- Es un viaje peligroso, ya sabéis, y me gustaría pedir vuestra protección durante tres días, hasta el puente del Boureanaur. Una vez allí, me despediré sin importunaros más.

Gôlfang escrutó al recién llegado. No creía en las casualidades, y el Heraldo no parecía dejar cabos sueltos. Aquel Orondo parecía un loco, más si pretendía llegar a Dorfen Hond en este momento. Eso no era asunto suyo, pero mejor sería tenerle vigilado; si su historia era, al fin y al cabo, cierta, quizá pudiera darle alguna información acerca de Crítaler, y descubrir por qué los kérveros se habían arriesgado a atacar Aliranaos dejando un enemigo detrás; aunque esa respuesta la hacía obvia la presencia de Orofín Beradol; con toda probabilidad, los pocos kérveros que habían entrado en Aliranaos pertenecían al ejército que se dirigía al Pico Sawor -en estas fechas esto era seguro–, y no habían podido resistir la tentación. En todo caso, restaba la pregunta de por qué no se había impedido ese avance desde Dorfen Hond.

–Está bien, creo que es mejor que viajes con nosotros. Descansa un rato, pues no tardaremos en salir, y has debido venir muy deprisa –accedió, y el Orondo mostró su conformidad sacando una calabaza repleta de lamb que ofreció a todos.

Luego se acomodó junto a Grundo, y ambos compartieron una ración de Rybilitor, e incluso rieron a carcajadas cuando el viajero explicó el motivo por el que sus padres le habían castigado con un nombre como el suyo.