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Él mejor que nadie conocía su Destino. De niño había aprendido las leyendas de su pueblo, pero la primera vez que escuchó la Profecía de Orofín Beradol sintió que aquel nombre hacía nacer en su pecho otra vida, aún latente, pero tan antigua como el primer recuerdo de su raza. Orofín Reencarnado, tal era el nombre que recibiría cuando llegase la hora, y que significaría Unión. Una vez más, el Padre de los Alfens pisaría Edeter, la carne de su padre, y viajaría donde nadie podía viajar, y sufriría lo que nadie podía sufrir. El Viajero de las Necrópolis, era otro significado de aquel nombre. Por ese motivo, Austrong supo que aquel ser que le miraba con cierta reverencia pertenecía a la estirpe de los elegidos, como él mismo. Sin embargo, ignoraba qué clase de futuro le estaba esperando, aunque existía la certeza de que no estaría exento de dolor; poseía una sensibilidad especial para el dolor. Nunca un dios podía reparar en esas debilidades de sus criaturas cuando estaba en juego su prestigio; tanto menos su supervivencia.

Se despidió de Ose a Laraí con la constancia de que era él mismo quién menos sufría de los dos; el anciano le amaba como a un hijo, más, como se ama al que es imposible retener mucho tiempo y para el que, tras la despedida, todo será dolor antes del fin. El anciano guerrero canjeó sus lágrimas por una mirada fija y determinada, y Austrong no trató de convencerle de que nada podría hacer para aliviar el peso que recayese sobre sus hombros mucho antes de su concepción. En el fondo, no estaba seguro de que aquello fuese verdad, y una parte de él deseaba que fuese mentira.

–Labarín te espera –le había recordado Ose. Como si hiciera falta. Cincuenta años desde la última y única vez que se habían visto, cuando el más anciano de los Alfens penetró en Blakari junto al nieto de Orofín, Sertgón Maullé, para presentárselo a Austra, y que ésta lo reconociera como Senescal de los Alfens, ya que los Señores Elfos se negaron a hacerlo. Pero Austra sí le había devuelto el nombre que le correspondía por la sangre de su padre Maullé, con la secreta esperanza de que aquel gesto uniera un poco más al pueblo zulfo y al elfo, a pesar de sus mandatarios. Y así el destino de Orofín Beradol reblandeciese su dureza.

Pronto volvería a ver a su padre, probablemente por última vez, y también a aquel que había jurado que siempre sería su hermano y que no descansaría hasta que el pueblo Alfen fuese uno sin necesidad de sacrificios impuestos. Entonces Sertgón Maullé era muy joven, pero ya era fiel a su corazón, de donde brotaban sus palabras. Los tres se encontrarían nuevamente. En el Sur, pero no en Orik´alalai, porque el Valle y ellos llorarían por muchos motivos. Sería en un lugar oculto en la costa, en una cueva donde los marinos de La Bella Alada se habían refugiado de piratas y recuerdos durante cien años.

Con esa promesa se marchó junto a Grundo, guiados ambos por aquel mago anciano que no se resignaba a los finales y que pretendía la claridad de un sol eterno.

Eran tres, como ellos mismos, pero eran tres mortales. Y, sin embargo, la orden de su padre era tajante y clara. Atravesaban el bosque donde poco antes los Árboles Amigos habían trocado parte de su esencia para mantener su nombre, por paradójico que resultase, y en el que sus hermanos Aören lloraban la pérdida. Los tres Eölaie, Los Espíritus del Viento, saludaron el dolor de sus hermanos, Espíritus del Bosque, y se aprestaron a cumplir la orden y volver a sus hogares para retomar el juego ciclópeo que determinaba el clima en La Península y aun en todo Edeter. Ellos eran los que llamaban a los vientos por sus nombres porque eran su origen y su fin, los que descargaban tormentas y convertían en brisa los huracanes, los que asfixiaban o congelaban la vida en sus diferentes ciclos. Pues ellos, ellos mismos, se presentaron ante los mortales porque así se lo había ordenado su padre, Madrivo el Natural.

Tres rostros de tres colores irrumpieron en el camino de los mensajeros y el mago. Uno era blanco, Dröbha de los Vientos del Norte; uno era azul, Aülhoba de los Vientos del Mar; uno era rojo, Shûgra de los Vientos del Sur, de los vientos del Cinturón de Fuego, que abrasan en verano con el calor de los volcanes. A su alrededor aparecían remolinos de distintos colores, que desaparecían entremezclados cuando dos colores diferentes se tocaban. Una danza de viento envolvió el bosque, que susurraba y gritaba, pero en mitad de la algarabía, tres rostros de salvaje sonrisa permanecían inalterables.

Gôlfang comprendió enseguida que aquella aparición no se debía a la voluntad de los espíritus, que apenas sí mostraban otras preocupaciones que la de mantener el equilibrio de poder a lo largo de las estaciones, así como le fue enseguida evidente que sus intenciones no iban contra ellos.

Por eso fue él quién rompió el silencio tras unos minutos de respeto.

–Es un honor para tres mortales que los hijos de los dioses desvíen su camino para salir a su encuentro –saludó, aunque era consciente de que ni él ni sus acompañantes eran tres mortales corrientes. Así y todo, no era aconsejable molestar con grandilocuencias a esos seres caprichosos, menos cuando aún no conocía sus intenciones.

–Madrivo el Natural nos ha ordenado abandonar nuestras obligaciones y venir a saludaros; nos ha dicho que combatís a Maras Dokk, y que tal vez algún día preciséis nuestra ayuda –habló Aülhoba de los Vientos del Mar, el Eölaie que más odiaba al dios oscuro, pues mucho tiempo atrás le había subyugado y obligado a crear las tormentas del Lambelt Meldibarán, el Estrecho de las Corrientes Bruscas, las cuales habían hundido muchos barcos y enviado a sus tripulantes al fondo del marino reino de Fandas. Su voz fue un remolino que agitó las hojas de los árboles, e incluso el tronco de los más jóvenes. Los mensajeros y el mago se vieron desplazados hacia atrás, sin llegar a caer.

Los otros dos Eölaie no pronunciaron palabra alguna, pero clavaron sus miradas como si pretendiesen conservarlos para siempre en aquella posición.

Gôlfang retomó la conversación.

–Poderosos son nuestros aliados. Agradeced al Padre Madrivo su presente, y tened la seguridad de que no desfalleceremos en la lucha –vaticinó, pero todos tuvieron la impresión de que, si bien el mago poseía esa certeza, en aquel momento sus palabras parecían un mero formulismo.

Los Eölaie se elevaron con nuevas y salvajes carcajadas en medio del abigarrado espectáculo que ofrecían. Tomaron direcciones diferentes y se perdieron con rapidez, si bien el eco de sus risas dominó el bosque durante muchos minutos. Paulatinamente, aquel sonido se fue confundiendo con el de la brisa que buscaba la noche para dotarla de viveza.

También ellos reanudaron la marcha. Madrivo había tomado partido, pero el porqué era una incógnita. Si era sólo para saludar a Orofín Beradol, sobraba el espectáculo; pero Aülhoba había dicho algo trascendental: afirmó que su padre les había dicho que luchaban contra Maras Dokk. Si Madrivo sabía que Grundo era el Soñador de Sentimientos, sólo había dos posibilidades para que sostuviera esa afirmación: o bien conocía el Destino del Soñador, algo no del todo improbable para quién a fin de cuentas era la encarnación de un determinado tipo de Equilibrio, o, hipótesis más terrible, Madrivo se había atrevido a inmiscuirse, tratando de decantar previamente la decisión de Grundo; y eso sólo podía significar que le temía.

Cuando abandonaron Aliranaos y llegaron a las luces de la frontera del Este, Gôlfang aún se sentía aterrorizado.

Varias horas más tarde, tumbado en su catre tras el frío recibimiento del Capitán Carg, Gôlfang meditaba por fin sobre lo acontecido en los últimos tres días, desde su partida de la isla Qüemyum. Si cuando abandonó su palacio traía muchas dudas y pocas certezas, en el tiempo transcurrido desde entonces se habían borrado algunas seguridades, y las preguntas se habían multiplicado por mucho. Trató de hacerse una imagen mental de la situación de Edeter más allá de sus incertidumbres personales: habían transcurrido mil años desde las últimas grandes batallas entre los diferentes pueblos del Caos y el Orden, y en ese tiempo, que él había vivido como Qüemyum, las posiciones de unos y otros habían variado: el sur había perdido su preeminencia con el éxodo de los Alfens y la posterior desaparición del Imperio humano de la Corona de Sandor, aunque él conocía datos que ningún otro sabía acerca de Grishka el Equilibrador, el Héroe humano celebrado en cantos, fallecido cuando con sus tropas impidió la total aniquilación del Orden; en lugar de ese imperio, otro comenzaba a surgir en el norte, el de Boneria y sus caballeros de Karos, que junto a elfos y zulfos constituían las partes más decantadas hacia el Bien, siempre y cuando Madrivo y la Madre Naraendil participaran de las mismas ideas bélicas que Karos para mantener el Orden. En otro plano algo menos definido se situaban los Enanos de Bhasaphil y los bárbaros del Erial de Willand, que comenzaban a sustituir a sus ídolos por un culto a Karos con los valores éticos de los elfos de Cerian al Fionol. También había algunos supervivientes de otros pueblos con los que se podía contar, pero con una fuerza residual. En cuanto a los Iöron – era el momento de pronunciar aquel nombre -, todo estaba en la cuerda floja. De ahí que el Soñador de Sentimientos tuviese que pertenecer a ese pueblo, no decantado hacia el Orden ni hacia el Caos, al menos no todas sus tribus. Pero si en el lado de la Luz las cosas habían cambiado, en el lado de la Oscuridad no lo habían hecho menos: Maras Dokk y Dne Korba mantenían la primacía en ese bando y, junto a la multitud de sus hijos, fieles hasta la muerte, representaban continuas amenazas. Aunque Sánedri pensaba que lo guardaba en secreto, Gôlfang sabía que Moriao, el negro unicornio hijo de Maras Dokk, aún vivía y se recuperaba año tras año de su derrota contra Kordafán Narkot, Unicornio Blanco que mató a toda la estirpe de Moriao. Como éste, otras criaturas despertaban de largos sueños. Y, sin embargo, algo había cambiado en el seno mismo de los dioses; algo que se ignoraba porque aún permanecía indefinido, pero que dejaba notar que el equilibrio de poder se había roto, y que ahora el Mal podía ser más fuerte. Eso había provocado, por ejemplo, la indefinición de los Iöron, y que ni siquiera su nombre pudiera pronunciarse en voz alta. Pero también había hecho necesario el Cónclave en el lugar más neutral de Edeter, donde Naraendil gobernaba con imparcialidad absoluta, incluso para Maras Dokk, que tanto daño le había hecho: Granshall, el hogar de Daladei. Sería un Cólclave en el que Gôlfang estaba dispuesto a exponer claramente al Soñador, y a exigir la recomposición del Equilibrio.

En este punto, el mago llegó a la conclusión de que estaba demasiado cansado para ser objetivo y desenmarañar nuevamente la madeja de la política de Edeter sacando corolarios brillantes o aportando ideas geniales. De ninguna manera lograba enlazar el encuentro del Soñador con Orofín Beradol, y tanto menos averiguar por qué estaba él en el medio. La aparición de los Eölaie colmó el vaso de su capacidad por ese día.

Lo único claro era que Grundo era el elegido del Heraldo.

En el campamento, todo había cambiado. La actitud era relajada, y se intercambiaban frecuentes bromas y risas entre los hombres de la guarnición permanente y los recién llegados, una vez aliviada la tensión del ataque del día anterior. Eran frecuentes, asimismo, los corros diseminados que trataban de buscar explicación a la prohibición de los zulfos, con palabras muy amables, de penetrar en el bosque. Se contaban y exageraban toda clase de historias imposibles.

Gôlfang los ignoró, como ignoró las miradas de reverente temor que le dirigían, y se encaminó hacia las habitaciones del Capitán Carg. Sólo con el amanecer se había planteado que tal vez no fuese tan sencillo llevarse consigo a Grundo. Pues era claro que debía llevárselo, no podía dejarlo en Arodia, con más razón si pensaba, aunque Ose hubiera eludido el tema, que los zulfos de Aliranaos tarde o temprano se marcharían a Blakari. Incluso si no lo hacían, Tálendir le había pedido directamente que se los llevara a los dos. Lo importante era, pues, conseguir que el Capitán Carg firmase una orden al mensajero para que le acompañara. Estaba seguro de que el joven no iría con él por propia iniciativa.

Encontró las habitaciones después de un corto deambular, ya que parte de los arqueros de la guardia formaban a la puerta del edificio. Al parecer, para Carg no había nada que hacer allí, y pretendía regresar a la Gruta Real tan pronto como consiguiera el permiso de Edgar. Para conseguir el cual necesitaba un mensajero. Un nuevo escollo a superar, pensó Gôlfang. Sus firmes zancadas no fueron interceptadas, y pudo acceder al edificio con una facilidad que no había supuesto.

El Capitán descendía en aquel momento las escaleras en compañía del Sargento Borg.

–Capitán Carg –saludó Gôlfang, que a pesar de todo no quiso hacer concesiones.

–Saludos, honorable Gôlfang –respondió el oficial, deteniéndose al nivel del suelo con la seguridad que el mago ya conocía–. Nos disponemos a regresar a la Gruta Real, como ya le habrán informado, pues parece que se ha normalizado la situación; os ofrecemos nuestra escolta si aceptáis la hospitalidad de Su Majestad, y vuestras ocupaciones entre los Alfens no os lo impiden; por supuesto, tenéis paso franco en todo el territorio de Arodia, si decidís postergar el viaje a la capital –ofreció el Capitán, pero a Gôlfang le hubiese gustado hallar algún indicio de sarcasmo en la voz del Orondo. El Capitán no mostraba ninguna debilidad–. El mensajero saldrá dentro de unos minutos con mi informe hacia la Gruta Real, y con la petición de traslado –explicó.

Gôlfang se mostró contrariado.

-¿Grundo irá a la Gruta Real?

El Capitán no podía entender la reacción del mago, las implicaciones de la decisión. Sin embargo, Gôlfang aún se llevaría una sorpresa.

–No se trata del mensajero Grundo; el mensajero Gervag llegó esta mañana con órdenes de retornar de inmediato con noticias; el rey estaba pensando en movilizar tropas desde Dianeria para contener una invasión.

–¿Gervag está aquí? –interrumpió bruscamente.

El Capitán ya comenzaba a mirarle sospechosamente. Pero aquella mirada se acompañó de una cascada de felices voces.

–Capitán Carg, deme media hora para que preparen el poni de repuesto, y saldré como una flecha –pidió Gervag, que venía junto a Grundo, ambos con semblante alegre–. ¡Honorable Gôlfang!, qué alegría volver a encontrarnos; de modo que ha espantado a esos kérveros con sus poderes, ¿eh?

El mago simplemente no estaba preparado para aquella farsa. El Heraldo hablaba, y era evidente que no podía aceptar el ofrecimiento del Capitán; el hijo del dios le estaba invitando a partir cuanto antes, y lo cierto era que Gôlfang no deseaba permanecer más tiempo allí.

–Capitán, temo que he agotado el tiempo de estancia en vuestro país, y que debo continuar camino; no obstante, sí hay algo que debo pediros, si tenéis la amabilidad de concedérmelo –sondeó.

–Si está en mi mano, no dudéis de mi voluntad –ofreció el Capitán.

–Sé que es un abuso, por lo que deseo explicaros las razones que me llevan a esta osadía –comenzó, utilizando la excusa que preparase antes de venir a ver a Carg–. Me dirijo a Granshall, ya que en breve celebraremos allí un Cónclave del Equilibrio; como podéis imaginar, Lagor estará presente, pero no así los sacerdotes de Arodia, por lo que me solicitó llevar conmigo un mensajero, de modo que al término del Cónclave pueda traer a Arodia noticias de cuanto allí acontezca. Se lo hubiera pedido a Su Majestad, de haber sabido que mi estancia en vuestro país se iba a acortar tan de improviso, pero dadas las circunstancias os lo pido a vos. Había pensado en Grundo, y la presencia aquí de Gervag confirma que quizá mi elección no es desatinada.

El Capitán meditó unos instantes.

–Es cierto que Grundo conoce bien las tierras que se extienden al sur de Arodia, al menos los primeros kilómetros, para su infortunio –comenzó, mirando directamente al mensajero; la expresión de éste era dura y fría. Gôlfang no lo entendió–. Por eso mismo no puedo ordenarle que os acompañe, si él no lo acepta.

Gervag rio, y aquella risa le pareció a Gôlfang completamente fuera de lugar, inclemente a pesar de las apariencias.

–¡Viajarás, Grundo! Irás al lugar donde nacieron los Alfens, al lugar del que Tálendir nos contaba todas aquellas magníficas historias que nos hacían llorar. Oh, que envidia; pero creo que mi herida no me permitiría viajar por las Llanuras Desoladas –terminó con una expresión de desconsuelo.

Grundo le miró con el mismo desconsuelo.

–No sé, Gara no me lo permitirá, pero creo que soy el único que conoce senderos en mitad de las Llanuras, al menos de cuantos estamos aquí…

–Y es una misión importante –añadió Gervag, palmeándole la espalda.

–No sé cómo se lo voy a decir a Gara –repitió.

Gôlfang se volvió hacia él.

-No hay tiempo para despedidas, Grundo; debemos salir hoy mismo.

El mensajero parecía a punto de protestar.

Fue el Capitán quién intervino.

–Mensajero Grundo, como bien ha dicho, es el único que conoce caminos por las Llanuras; es un asunto importante para Arodia, y debe decidir ahora si acompañará al honorable Karos. No me atrevo a ordenarle que acepte, pero sí que decida rápido –sentenció con aquella severidad tan incorruptible.

–Yo soportaré la bronca de Gara, no te preocupes, e incluso pediré el socorro de Teqüe si yo no me basto –prometió Gervag.

Deseaba despedirse de Gara. Y de Teqüe también. Pero no había tiempo, y algo le debía a Edgar, y al Capitán; y a Teqüe, que le había narrado historias de una tierra que nunca había visitado porque las lágrimas arrasaban su rostro sólo con su nombre.

–De acuerdo –dijo únicamente.

Gôlfang admiró la determinación, y se preguntó si no lo había juzgado demasiado precipitadamente.

–Vamos, sólo será un mes –consoló Gervag. A continuación, se desprendió del colgante que llevaba sobre el pecho y se lo entregó a Grundo. La mirada que cruzaron sólo ellos la entendieron. Golfang sintió que algo se rompía en su interior ante la inhumanidad de los dioses.

Luego Grundo se sujetó la cadena y el colgante a su propio cuello, y los dos mensajeros se abrazaron.

Gervag salió tras los militares, y Grundo miró a Gôlfang con una triste satisfacción. En su pecho brilló tenuemente un cristal de Turmalina.