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La costa norte del Mare Flamígero constituía el extremo más austral de La Península, y hasta ella llegaban las corrientes tibias producidas en el Cinturón de Fuego, después de recorrer dos mil kilómetros sin encontrar más tierra que algunas pequeñas islas. En esas islas se ocultaban los Edrêi, piratas que saqueaban Thrasgok, Dorfen Hond o Sandor indistintamente, y que no rezaban a ningún dios. Para protegerse de ellos, hacía siglos que los escasos habitantes de Sandor fundaron una plaza en el sur. Aquella plaza creció, agrupando a hombres y familias, hasta convertirse en una ciudad con un templo de piedra consagrado a Karos. Con el tiempo, aquel lugar fue referente para todos los que huían tanto de los Edrêi como de los Asesinos o los kérveros, y por supuesto también para quienes los combatían allí en el sur. Alguna vez esos hombres y mujeres accedieron a combatir por dinero bajo las órdenes del Castillo Crítaler, y ese hecho les otorgó el sobrenombre de mercenarios.

Pero en su muelle atracaban barcos comerciales tanto como guerreros, y un día cualquiera podía verse una embarcación al menos de pueblos lejanos, como aquella urca zúlfica que llevaba anclada un mes entero. A veces sus tripulantes paseaban por la cubierta durante el día, pero sólo desembarcaban por las noches, y entonces se internaban en Sandor y llegaban hasta los bosques de la Cordillera del Sur, y allí cantaban y parlamentaban por horas y horas. Pero siempre saludaban al amanecer antes de volver a embarcar.

En su bodega, vacía de carga, tres Alfens se miraban en silencio un día después de que Tarkión dominara la noche del día. Había amanecido de nuevo, pero los tres sabían que la foresta donde gobernaban los Señores Maberel y Danaöl había sufrido las consecuencias.

Sertgón Maullé, el más joven del trío, rompió el silencio con su voz argéntea.

–Deseo ver a mi hermano, pero antes prefiero evitar su sufrimiento. Ahora es el momento de acudir a los Señores y pedirles su participación en esta empresa, en la que la venganza tendrá su parte de botín. Partamos ahora hacia Cerian al Fionol y arrasemos Thrasgok como un solo pueblo; en la guerra, los Alfens volverán a estar unidos –dijo, y sus ojos de oro iluminaron la bodega oscura, tal era la pasión que formulaba sus palabras.

Los otros comprendieron perfectamente el sentido de las frases, y lo que aquello significaría en el destino de Orofín Beradol, y aun en el de los propios Alfens; hacía tiempo que lo habían asumido. Pero Labarín, el de ojos de plata, miró a su ahijado con fijeza, luchando entre el deseo de partir a la guerra para evitar el sufrimiento de su hijo, y la necesidad de ver a Austrong quizá por última vez. Mas Bezadol le conocía como a sí mismo, y por eso fue él quién tomó la palabra.

–Tal vez debamos esperar a Austrong algún tiempo. No es seguro que los Señores accedan a nuestro plan, pero sabemos que Austrong lo desaprobaría; él espera encontrarse aquí con nosotros para recibir nuestro apoyo, y también para tranquilizarnos, tal es su carácter. ¿Cómo podemos defraudar a ese corazón? Hemos esperado siglos –sentenció finalmente, y Labarín posó su mano en el hombro del amigo. Luego tendió la otra a Sertgón, y habló en voz baja pero confiada.

–Austra sólo espera nuestra señal para permitir a los zulfos que nos sigan tras Ose a Laraí, y en Cerian al Fionol haremos valer tu condición de Senescal, Sertgón Maullé, en caso de que Maberel y Danaöl se negaren a prestarnos su apoyo. Y Marthadel estará de nuestro de lado, porque te ama como tú la amas a ella a pesar de sus padres. Podemos esperar. Pero, mientras esperamos, haremos acopio de nuestra esencia antigua, y cuando entremos en Thrasgok, será la luz de los Alfens la que cabalgue sobre los raahami –profetizó, y desenvainó su espada, la misma que miles de años atrás había herido a Cmeist el Condenador y frustrado el regocijo de Maras Dokk.
–La ciudad de los mercenarios se encuentra situada en el estuario del Boureanaur, en la frontera entre Sandor y Dorfen Hond, aunque como bien sabes ahora Sandor no existe como país, y cuando existió llegó a formar un imperio que abarcaba tanto Dorfen Hond como Gargüid y la propia Arodia, en calidad de federada, pues por entonces la habitaban los Enanos de Baruk, el último de los Padres de los Enanos en llegar con su pueblo a las Tres Montañas de Bhasaphil, tras Thrik e Itark.

Phëron marchaba alegremente por Sandor, en compañía de Grundo y Austrong, y eso se notaba en aquellas espontáneas explicaciones históricas que habían comenzado dos días atrás, cuando el sol hizo de nuevo amanecer un día espléndido. En realidad, todos compartían aquel estado de ánimo, aun cuando no pudiesen evitar volver la cabeza de vez en cuando en busca del compañero perdido. Pero la luz había retornado, y la estepa desolada había dejado paso a una penillanura que descendía suavemente hacia el mar, flanqueada al este por un bosque constante de álamos y olmos que les separaban del caudaloso Boureanaur, y al oeste por el brazo continental de la Cordillera del Sur, que penetraba en Sandor durante aproximadamente cincuenta kilómetros, guardando en su seno el valle de Orik´alalai, la cuna del pueblo Alfen, y el lugar que hacía de punto final en este viaje, el Granshall de Daladei.

Incluso el talante de Austrong había cambiado, aunque todos vieron con pesar que la oscuridad había hecho mella en él de una forma terrible, y la lividez alrededor de sus ojos se había oscurecido formando círculos de un morado oscuro, apagando el brillo de las doradas pupilas. A pesar de todo, Austrong se sumaba a las explicaciones de Phëron, aportando la perspectiva zúlfica al relato desordenado del caballero.

–Baruk y su pueblo fueron los únicos que mantuvieron la promesa que Sírom hizo a Madrivo, y permanecieron protegiendo a los Alfens incluso después de que los elfos atravesaran el Aitan Bâz. Cuando Austra lo cruzó finalmente, Baruk no dejó abandonada Aotolin´n en Aliranaos, y durante siglos luchó junto a ella contra el hombre invasor y contra los kérveros. Más tarde se hizo evidente que los hombres no deseaban exterminar a los zulfos, y por ello Baruk se unió a ellos para hacer causa común contra los kérveros. Luego llegaron los Orondos en su viaje desde el este, y Baruk les cedió aquel territorio y partió a las Tres Montañas, donde Thrik e Itark le recibieron como un esperado reencuentro, y desde entonces los Enanos no han vuelto a abandonar Bhasaphil, vigilando siempre el Lleritanán Bâz Tûrsala, para que los kérveros no puedan abandonar Thrasgok por allí sin ser vistos.

Phëron asentía al relato de Austrong como si fuese un secreto compartido, mientras Grundo esforzaba al máximo su memoria tratando de recordar los nombres y lugares que ambos mencionaban, y tratando de asimilar el curso de los acontecimientos, sucedidos desde miles de años atrás. En cierto modo, y no le desagradaba la idea, se sentía como en aquellas antiguas veladas en que Gervag y Teqüe cruzaban relatos, verídicos o inventados, ante un auditorio compuesto por Gara y él mismo. No era un motivo de orgullo, pero estaba seguro de que lo primero que les unió a Gara y a él fue el aturdimiento ante tal cantidad de sucesos desconocidos y entonces intrascendentes. Hoy la historia iba tomando forma ante sus ojos. Se preguntó si alguien algún día mencionaría que él había acompañado al venerable Gôlfang a través de Sandor. Sonrió irónico, obligándose a alejar la preocupación.

Aquella mañana, Cadmier les había asegurado que, si no se habían retrasado mucho durante la oscuridad, llegarían a la ciudad esa misma noche, ya que habían caminado prácticamente sin descanso durante los dos últimos días, alentados por la luz, pero que tal vez se verían obligados a pernoctar antes de llegar, y entonces lo mejor sería hacerlo en el bosque, pues era más fácil ocultarse entre los árboles que hacer frente a posibles asaltantes en medio de la llanura, donde las luncares eran las plantas más robustas y no pasaban de ser herbáceas; con enormes flores rojas, amarillas, y azules, pero herbáceas. No era una gran estrategia, pero era acertada, y la hubiesen adoptado antes si no hubiesen pretendido avanzar tan aprisa.

Ahora era tarde. El ocaso aún se retrasaría tres horas, de modo que era posible que ninguno llegase a contemplarlo. Caminaban a poco menos de un kilómetro del bosque para evitar emboscadas que provinieran de allí, pero sólo eran seis, y los jinetes que cortaban repentinamente su paso por delante y por detrás superaban el medio centenar. Austrong les había descubierto; pero ellos debían haberles visto mucho antes, y no tardarían más que unos minutos en llegar.

Desenvainaron las espadas y esperaron. Tizonas enormes las de los caballeros, fina y larga y con inscripciones a lo largo de la hoja la del zulfo, apenas una daga larga la del mensajero. Grundo esperó a que el odio le embargara. Se sorprendió, por otra parte aliviado, al descubrir una calma extraña y anormal en su carácter nervioso por naturaleza. Observó con detenimiento a los jinetes que se acercaban, y comprobó aturdido que había varias mujeres entre ellos. Desde luego no eran Asesinos, y mucho menos kérveros. En pocos instantes formaron un círculo en el que les encerraron. Mantenían los arcos en alto.

Un hombre de piel negra se adelantó. Una cicatriz surcaba su mejilla derecha confiriéndole un aspecto inquietante. Sin embargo, sus ojos primero, y su voz después, dejaron claro que no había hostilidad hacia ellos en aquel hombre. Sus palabras, cuando se concentró en su significado, confirmaron la impresión.

–Capitán Cadmier, caballeros Phericlô, Heimdallat, Phëron, Austrong lir Labarín, Grundo dil Frij –les nombró uno por uno sin confundirse ni dudar, deteniéndose cada vez para inclinar levemente la cabeza en un gesto de saludo. Sin embargo, no dejó tiempo a la interrogación, y pasó a identificarse inmediatamente–. Mi nombre es Domla, y he sido el encargado de daros la bienvenida y escoltaros hasta la ciudad –ofreció, y, a pesar de aquella amabilidad, sin duda sincera, a todos les quedó claro que aquello era más que una invitación. Sin duda Domla era consciente del hecho, y quizá por eso comenzó una explicación innecesaria si sólo pretendiera imponer su voluntad–. Hace tres días, durante la oscuridad, algunos de nosotros hallamos a dos sacerdotes de Karos tendidos inconscientes cerca de aquí, aunque ignoramos cómo pudieron llegar hasta este punto, pues no pertenecen al Templo. Los recogimos y los llevamos con nosotros. Aún no han recuperado el sentido. Ese mismo día, algo más tarde, nos cruzamos con Gwist dil Frig, el cartóg­­rafo, quién nos informó de la identidad de al menos uno de los hombres, que resultó ser el Qüemyum Golfang. También nos dijo que vosotros le habíais acompañado y que posiblemente os dirigierais hacia nuestra ciudad, de modo que salimos a buscaros. Hace dos días que os seguimos –confesó al final. Durante su relato, el ánimo del grupo había variado ostensiblemente, aun el de Cadmier, que finalmente había optado por bajar su espada. En un principio, Grundo había pensado que los dos sacerdotes podían ser aquellos Delra y Zerto que se habían presentado antes de la partida de Gôlfang, pero cuando Domla mencionó a Gwist no le cupo duda de que el hombre no se equivocaba; no después de la presentación que había hecho. Lo que era un misterio era la identidad del otro sacerdote, y el por qué estaban heridos.

–Os agradecemos la ayuda que habéis prestado a Gôlfang, y acedptamos vuestra escolta –admitió Cadmier, y sólo los otros caballeros podían saber cuánto le había costado hacerlo: era un Caballero de la Orden de las Águilas Blancas, protector de la religión y de los religiosos, y había aceptado la ayuda de un mercenario. No volvió a pronunciar una palabra.

El círculo se abrió, y una mujer vestida completamente de negro se introdujo en él montando un corcel del mismo color. De la brida traía seis monturas, una de ellas un poni para el Orondo. De esa manera, ahorrarían varias horas de viaje.

El crepúsculo inundó el ambiente con la brisa marina, y dejó ver la silueta de la torre del templo a Karos, que se erguía por encima de los demás edificios. La llanura había ido haciéndose cada vez menos pronunciada, hasta hallarse al nivel del mar a pocos kilómetros de la ciudad, por lo que, aparte del templo, lo único que podían ver era la muralla que circunvalaba la parte terrestre de aquella. Las puertas se abrieron sin griterío y aparentemente sin señal, lo que indujo a pensar a Grundo que las internadas en Sandor por parte de los mercenarios debían ser frecuentes.

–Pasaréis la noche en el Templo –informó Domla, dirigiéndose a los caballeros y a Grundo. Luego, mirando a Austrong, al que había nombrado por su nombre completo durante la presentación –algo que Gwist no podía conocer–, dijo–: Tú quizá desees otra clase de encuentro –y, al escuchar aquello, el hijo de Austra detuvo su caballo, y el brillo de sus ojos eclipsó la oscuridad–. Yo te acompañaré hasta ellos; Gremcam conducirá a los caballeros y al Orondo junto a los magos –y encaminó su montura por una calle hacia el este, seguido muy de cerca por Austrong lir Labarín.

Las celdas donde dormía habitualmente no eran mejores ni peores que ésta. Una cama de piedra, una rudimentaria panoplia donde dejar las armas, una jarra con palangana para el aseo, y una bacinilla. Ni siquiera una ventana quebraba la monotonía de las cuatro paredes desnudas, y sólo la puerta alteraba la piedra. Para Cadmier aquello era su hogar. Un hogar repartido por toda La Península, allí donde se erigiese un Templo a Karos.

No había dirigido la palabra a Gremcam, que asimismo no había mostrado en absoluto su intención de parecer comunicativa, pero en cuanto pisó el Templo comenzó a interrogar al sacerdote que les había abierto la puerta y les había guiado al interior. Tres preguntas básicas: la salud de Gôlfang, la identidad del otro sacerdote, y dónde estaba la guarnición que protegía el Templo. Las respuestas distaban mucho de ser las esperadas: el sacerdote era el encargado de las llaves, y no había visto a los magos más que brevemente cuando les trajeron, y desde entonces quienes les cuidaban no habían abandonado el ala de los enfermos y no habían intercambiado impresiones con el resto; el otro sacerdote no pertenecía al Templo, de modo que ignoraba su identidad; nunca había habido un destacamento de caballeros en aquel Templo, pues los ciudadanos se encargaban de protegerlo así como siglos atrás se habían encargado de erigirlo.

La tercera respuesta le permitía comenzar a hacer algo tangible. Hasta que Gôlfang se recuperase y partiesen de allí, tomarían la responsabilidad de actuar como el destacamento militar allí destinado. Sabía que aquello tal vez no era lo más justo para sus hombres, no después de lo pasado los últimos días, pero en todo caso era su obligación. Sin embargo, él haría la primera guardia. De veinticuatro horas. Abandonó la celda para comunicar su decisión a los otros tres. Ninguno hizo siquiera un gesto de contrariedad hasta que mencionó la duración de su guardia. Muy educadamente, Phericlô consiguió rebajarla a la mitad, de modo que él haría la segunda, Heimdallat la tercera, y un resignado Phëron la última. Luego los caballeros volvieron a sus celdas, y Cadmier se dirigió al ala de los enfermos.

Una sacerdotisa y un sacerdote se turnaban para cuidar de los yacentes. Le dejaron pasar a verles tan pronto como se identificó, y le llevaron hasta el segundo piso del Templo, a una habitación de amplios ventanales en tres de sus paredes, orientada de tal forma que dejaría entrar la luz directamente desde el amanecer hasta el ocaso. Ahora era de noche, y un par de velas toda la iluminación. Cadmier se acercó a la primera cama. Incluso bajo aquella penumbra pudo observar la frente perlada de sudor de su venerado amigo, y el rictus severo, surcado a veces por un rápido gesto de dolor, en su arrugado rostro. El resto de su cuerpo lo cubría una sábana, pero ésta no podía ocultar los ocasionales espasmos que sacudían el cuerpo del anciano. Cadmier miró hacia el hombre y la mujer buscando una explicación, pero ambos negaron con la cabeza aunque mantuvieron la mirada. Preocupado, Cadmier secó la frente del Qüemyum y se acercó a la otra cama. Tan pronto como le vio le reconoció. Por supuesto, Cadmier conocía el itinerario original de Gôlfang para llegar a Granshall, y tampoco le era desconocida la existencia de Ardellén y la presencia allí de Desedón, ya que era un punto de parada previsto en el itinerario. Pero todos los cambios y los acontecimientos habían provocado que olvidara al joven. Ahora Desedón estaba junto a él, indefenso, pero aparentemente en mucho mejor estado que el anciano. Su rostro había perdido el color, pero la respiración podía pasar por regular, y no sufría ninguno de los síntomas que afectaban a Gôlfang.

–El joven ha evolucionado mucho mejor –interrumpió el sacerdote–. Cuando nos los trajeron, ambos se encontraban en el mismo estado, pero ya veis vos mismo el cambio.

Cadmier asintió un par de veces.

–Me quedaré con ellos. Descansad esta noche –ordenó, pero la sacerdotisa se adelantó un paso.

–Si me lo permitís, me quedaré con vos. Son mis enfermos –arguyó.

Cadmier no pudo negarse.

–Es Desedón –informó, señalando al joven de pelo moreno, y la sacerdotisa se lo agradeció tras un titubeo motivado por la sorpresa. Se acercó a la mesa, empapó dos pañuelos en agua, y los pasó por el rostro y manos de sus pacientes.

El sacerdote, que había permanecido observando, se despidió entonces.

–Volveré por la mañana –afirmó, y desapareció por la puerta.

Cadmier se situó de pie junto a Gôlfang, tratando de no estorbar las labores de la sacerdotisa, observando impotente el sufrimiento de su amigo.

Escuchó la llamada en las puertas contiguas, pero a él no le molestaron. Escuchó también la conversación entre los caballeros y el reparto de las guardias. Le hubiese gustado salir y preguntar por Gôlfang, pero era obvio que no sabían nada todavía. Tal vez más tarde, o seguramente mañana. Grundo se levantó de la silla y se acostó en el rígido catre. Suponía que ya había pasado la hora de la cena en el Templo, y tenía hambre. Quiso pensar en Arodia, en el día de su regreso después del Cónclave, pero estaba demasiado cansado para construir, de modo que dejó que los recuerdos embargasen su mente sin poner nada de su parte para conducirlos. Antes de dormir, se dio cuenta de que sus nuevos compañeros ocupaban una parte importante de su memoria.

Frío en el rostro. Se lo agradeció a los dioses después del fuego. Oscuridad y frío. La salvación o una celada, pero mucho más agradable que la visión de la que había escapado. Porque había escapado. El frío suavizó su rigor a medida que despertaba la conciencia, y pronto se convirtió en una humedad fresca que relajaba la contracción de los músculos de su rostro y sus manos. Abrió lentamente los ojos en un intervalo de inactividad externa. Percibió una tenue iluminación amarillenta que hirió sus pupilas pero que le reconfortó. Pasaron algunos segundos hasta que consiguió abrirlos por completo y examinar la estancia. Frente a él, una túnica marrón tapaba la vista de una cascada de agua; cuando se dio la vuelta, comprobó que se trataba de una mujer que llevaba en sus manos húmedas un pañuelo escurrido. Cerró los ojos una vez más, y dejó que aquella humedad volviera a aliviar el recuerdo del fuego.

–Gracias –creyó haber dicho, pero sus labios y su boca estaban secos, de modo que la mujer sólo escuchó un murmullo. Así y todo, se acercó a él con urgencia y él abrió nuevamente los ojos al notar su apremio. Intentó hablar y recostarse, pero ella le acalló y empujó sus hombros contra el colchón. Se levantó y trajo en sus manos una copa que acercó a sus labios. Bebió despacio, y sorbo a sorbo expulsó todo rastro del antiguo ardor. Escuchó la voz de ella pronunciando su nombre.

–Desedón –le llamó, como un ensalmo.

Él la miró indeciso; no la recordaba.

–¿Dónde estoy?, ¿quién eres? –preguntó en un susurro, temeroso de haber perdido todos sus recuerdos excepto aquellos que le atormentarían por siempre.

Ella sonrió aliviada.

–Estás en el Templo de Karos del Sur. Has dormido tres días –le informó con amabilidad.

Él sabía que ella se engañaba, que él no había dormido, pero no quiso contradecirla. De pronto, una urgencia levantó sus hombros y formuló una pregunta.

–¿Gôlfang?, ¿dónde está Gôlfang? –chilló, la voz desgarrada porque el miedo secó la garganta.

Ella volvió a acostarle amablemente, pero esta vez le ayudó a girar la cabeza. Su mirada se encontró con la de un caballero conocido pero no recordado, y luego bajó hasta centrarse en la figura que reposaba en la cama adyacente. Observó su frente arrugada y prominente, que se perdía en un cráneo desnudo, perlado de sudor, el cabello blanco separado en hilachas húmedas, y las contracciones de sus cejas pobladas y de sus mejillas cubiertas por una rala barba. Sabía que aquel hombre estaba muy lejos de allí, en el mismo lugar de dónde él venía porque el otro le había rescatado sin poder escapar él mismo. Confusamente, se levantó antes de que la mujer tuviera tiempo de detenerle, desnudo, y se acercó a la cama de su superior. El caballero dio un paso para impedirlo, pero debió ver algo en su mirada que le contuvo. Apenas sin fuerzas, Desedón aún tuvo el coraje de volver a enfrentarse al enemigo. Esta vez no lo haría solo. Que Gôlfang le perdonase si podía. Pronunció lentamente las palabras del conjuro que le permitía invocar a una divinidad que no era la suya, y sintió que alguien le sujetaba cuando caía.

No supo que se había sumido en la inconsciencia, ni que Cadmier le llevaba nuevamente a la cama, temeroso de haberle permitido hacer algo que estuviese más allá de sus fuerzas, ni supo que la sacerdotisa agradeció a Karos la respiración acompasada y su pulso fuerte; las mismas constantes que Gôlfang mostraba cuando, unos minutos más tarde, se acercaron a él compartiendo una mirada de alivio y alegría.
Domla no dijo nada. Todas las palabras eran superfluas. Austrong había visto mil veces aquella nave desde su niñez, a pesar de que en realidad sólo había tenido la oportunidad de verla en una ocasión, hacía ya cincuenta años. No había cambiado nada. El estandarte azul con el Eäalet bordado en oro ondeaba con la brisa nocturna.

El Alfen desmontó y entregó las riendas a Domla. Le dirigió una mirada de agradecimiento, y el hombre sonrió, cohibido. Luego dio la vuelta con los dos caballos, y Austrong quedó solo en el muelle. “La Bella Alada” se encontraba a menos de veinte metros. Se acercó despacio. Había una figura en el puente. Vestía una camisa amplia y la melena dorada caía por su espalda. Miraba al mar. Austrong se acercó más, con pasos apenas audibles, pero el Alfen del puente los escuchó y se volvió.

–Laran liralín voras edrelans –murmuró, mientras dejaba brotar la emoción–.¡Laran liralín voras Edrelans! –gritó–. ¡Austrong leved fiûda! –exclamaba Bezadol con voz que competía con las estrellas a las que convocaba, mientras sus manos aferraban la borda.

La cubierta se llenó de centellas doradas que corrían a estribor y coreaban las palabras del anciano, pero dos de ellas saltaron por la borda y corrieron a abrazar al recién llegado. Labarín, el de cabellos de plata, llegó primero para abrazar a su hijo, y lo besó en ambas mejillas durante mucho tiempo. Luego se separó para examinar su rostro adulto, y una ligera sombra cruzó su mirada. Pero sujetó a Austrong por ambos hombros y sentenció con voz antigua.

–Hoy será la noche la que contemple nuestra luz –y todos los Alfens gritaron de júbilo, y entonces comenzaron a saltar a tierra para abrazar a Austrong.

Pero Sertgón Maullé había llegado junto a él sólo un poco después que Labarín, y abrazó a su hermano con toda la pasión del corazón indómito que los hermanaba, y Austrong pudo sentir que sus músculos eran recios como sólo lo habían sido los de Ose a Laraí. Se miraron a los ojos con una felicidad nueva, y el hijo de Austra supo que los anhelos de su hermano sólo se habían fortalecido con los años, y que el rostro anguloso y afilado que le miraba llegaría a ser muy pronto el de un Señor entre su raza, y pasara lo que pasase siempre le amaría. Pero Sertgón vio los círculos en el rostro de su hermano enmarcando la luz de su mirada, y sintió un odio nuevo por aquellos que le habían condenado a esa soledad. Silenció sus sentimientos, porque en aquella noche debía prevalecer la felicidad del reencuentro.

Luego todos le abrazaron y besaron su rostro porque sabían que moriría por ellos y ninguno quería permitirlo. Bezadol fue el último en llegar. Le abrazó con sus ancianos brazos, demasiado ancianos para alguien sólo superado en edad por el Padre Labarín, y repitió las palabras de bienvenida.

–Las estrellas celebran nuestro encuentro. Austrong ha vuelto a nosotros –y dejó caer una lágrima que los demás recogieron con cantos y risas de felicidad.

Pero Labarín se impuso a todos, y gritó mientras sujetaba a su hijo por los hombros.

–¡Vayamos al bosque a celebrar el reencuentro con los árboles y el viento!

Y Sertgón arrancó notas vibrantes y claras a su cuerno, y sesenta cuernos respondieron a su llamada, y en la ciudad todos tuvieron la certeza de que aquella noche era una noche dichosa. Entre risas y cantos, los Alfens cruzaron las puertas y se alejaron hacia la Cordillera del Sur, donde los árboles más ancianos aún recordaban el oro de los cabellos iluminando la noche.

–Regresa junto a Austra; pronto dejaré de ser un secreto.

Padre e hijo caminaban por un claro que enmarcaba en el cielo la Constelación de Madrivo. Hasta ellos llegaba el regocijo de sus amigos y las risas que no habían cesado aunque ya se acercaba el alba. Las palabras de Austrong pesaron en el corazón de Labarín.

–No te culpes; he sido cruel si alguna vez has pensado que era por ti. Ni siquiera la culpa puede recaer en el amor que nos une a Austra y a mí, pues siempre ha sido sincero. Quizá ni Tas-par, maldito sea su nombre, sea el verdadero culpable de nuestra desdicha. Porque la única responsable es la actitud cobarde que buscaba culpables para los sufrimientos del pasado. Sólo los que aceptan la Profecía y se desentienden de su significado porque la encontraron escrita son los culpables –sentenció apasionado. Luego, sin mirar a su hijo–. Quizá yo mismo, que trato de combatirla como si realmente fuese algo más que polvo.

Austrong le cogió del brazo, dispuesto a replicar, pero Labarín le acalló con un gesto. Se le partía el corazón, pero debía mentir a su hijo.

–Volveré junto a Austra. Iré junto a Sertgón cuando se dirija a Cerian al Fionol para reclamar la herencia de Maullé y desposar a Marthadel, junto a Bezadol, que le acompañará como le acompañó en su exilio junto a sus padres. Trataremos de unir a los Alfens para aliviar tu sufrimiento –y no pudo contener una lágrima, porque aquellas frases eran ciertas pero significaban algo muy distinto.

Austrong sonrió.

–Hacedlo, y tratad de no sufrir por mí –rogó.

Labarín alzó los ojos, buscando consuelo y perdón en su padre Madrivo.