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Un Orondo no está hecho para el calor, pero el sol primaveral era ajeno a esa obviedad, y se mostraba demasiado radiante para la época, dificultando la marcha de la columna que avanzaba penosamente por la Vía del Este. Vistas desde abajo, Lubania y Tarkión similaban dos ojos acechantes, y conformaban junto al astro el Triángulo del Mediodía, que marcaba la quinta hora de marcha forzada hacia la frontera.

Tanto el Capitán Carg y el Sargento Borg como los veinte arqueros de su guardia caminaban junto a los ponis, de modo que todos los Orondos marchaban en formación. Gôlfang no se había creído obligado a imitarlos, aunque los caballeros sí lo hacían. El mensajero había partido hacia la frontera para anunciar su llegada.

Desde donde se encontraban, podía verse la negra columna de humo que se elevaba sobre Aliranaos. Los soldados habían murmurado algunas explicaciones, pero el Capitán Carg ordenó silencio, y la compañía siguió su avance sin perder de vista la ceniza que ya comenzaba a extenderse debido a los vientos sureños que Shûgra formaba en el Cinturón de Fuego. Apenas unos minutos más tarde, también la puerta de piedra de la guarnición apareció ante sus ojos cansados. Por lo que pudieron comprobar, sólo un soldado la custodiaba, mientras otros Orondos y zulfos vagabundeaban por los alrededores, como si la alarma que traía a los militares desde la Gruta Real hubiese sido una broma. No, si nada hubiera sucedido, ni la columna de humo se elevaría al cielo, ni se podrían ver tantos zulfos en aquel lugar.

Desde la retaguardia de la formación, Gôlfang observó un breve diálogo entre los dos oficiales, y cómo a continuación el Capitán Carg montaba en el poni, seguido por la mitad de su guardia de arqueros. El mago hizo un gesto a los boneriis para que le siguieran, y se presentó junto al capitán. El Orondo los miró rápidamente, y decidió dejarlo estar. Los quince cabalgaron hacia la puerta.

A medida que se acercaban, no dejaron de notar el hecho curioso de que, mientras los Orondos se mantenían tranquilos y apacibles, los zulfos mostraban semblantes oscuros, en los que la tristeza se mezclaba con otras emociones inidentificadas en distintas proporciones. No pudieron entenderlo.

El guardia de la puerta les recibió con cierta jovialidad, que se cortó en seco ante la mirada del Capitán.

–Avise inmediatamente de mi llegada al comandante –ordenó antes de desmontar–. Honorable Gôlfang, celebraremos una reunión con los representantes zúlficos dentro de media hora –añadió, y se introdujo en el edificio subterráneo dejanto atrás a sus hombres.

Aquello era una invitación a que se perdiese hasta la hora fijada. Gôlfang no llegó a enfadarse, pues había otros asuntos, terribles asuntos, que tratar. Lo primero era escuchar un relato preciso y de primera mano de lo sucedido, y sobre todo certificar que Ose a Laraí estaba efectivamente en Aliranaos. Para todo eso necesitaba a un zulfo. Sorprendentemente, todos parecían haberse evaporado desde su llegada.

Grundo pasó a su lado tan rápido como le permitían sus pies. Tras un breve instante de duda, imaginó que iría a buscar a los representantes zulfos para comunicarles los requerimientos del Capitán.

–¡Detenedle! –gritó a Cadmier. El caballero lanzó su caballo a un trote largo hasta cubrir los escasos metros que Grundo había ganado, y lo interpuso en el camino del mensajero. Éste se detuvo en seco, tan anonadado como el resto de los Orondos que formaban ante la puerta.

Gôlfang les ignoró a todos y avanzó hacia el joven, seguido por los restantes caballeros.

–Te acompañamos hasta Aotolin´n –manifestó con seguridad.

Grundo le miró casi aterrorizado; a fin de cuentas, todavía ignoraba por qué el mago había abandonado tan apresuradamente la Taberna del Elfo, y si aún le duraba el malhumor, que por lo visto sí.

–Será un honor –murmuró, y siguió corriendo, pues ahora los caballos podían mantener perfectamente su paso.

Antes de llegar al lindero, un nutrido grupo de zulfos salió a recibirles.

–Bienvenido seas de nuevo, Led a Nerín –saludó el primero de ellos. A pesar de su rostro un tanto envejecido y doliente, Gôlfang reconoció con inmediata alegría a su antiguo compañero–. Ha pasado demasiado tiempo, incluso para nosotros.

Gôlfang desmontó. Casi con pudor se acercó al zulfo, y sus miradas se saludaron, y sus brazos se unieron.

Grundo miró a Teqüe con nueva veneración.

–El que Enseña en la Foresta –murmuró el mago, como evocando tiempos mejores–. Hacía mucho tiempo que no me llamaban así. Madrivo es generoso con nosotros por permitir este encuentro –susurró–. Hace muchos años que un joven zulfo se acercó a mí y me pidió que le mostrara mi magia en este bosque, cuando la memoria de Orik´alalai estaba aún fresca en la mente de los Alfens, y deseaban el combate, Tálendir.

El rostro del zulfo se ensombreció aún más.

–La memoria de los Alfens es larga –dijo, observando desde de ojos de plata, y ese término referido a sí mismo era algo a tener en cuenta. El otro dejó ver que había percibido el asombro de su viejo amigo, y continuó hablando–. La faz de Edeter cambia, el rostro de Madrivo, pero su esencia permanece como permanecen sus hijos. Se acercan grandes cambios, Led a Nerín, y largos combates. Y grandes verdades que arañan el corazón del recuerdo.

Gôlfang supo que ahora hablaba del presente.

–He cabalgado muchos kilómetros junto a un pequeño ejército de Orondos para acudir a vuestra llamada de socorro; no somos necesarios ya, por lo que veo –tanteó.

–Algunas cosas han terminado, y otras empiezan hoy –fue la misteriosa respuesta.

Gôlfang decidió jugar una baza oculta.

–Ose a Laraí está en Aliranaos. ¿Significa eso una partida? –Los zulfos de este bosque eran los últimos que quedaban aquende la Cordillera de Anuro, pues se negaron a partir junto a los Señores Elfos, entonces Orofín y Grüedel, hacia Cerian al Fionol, y luego con Austra hacia Blakari. La llegada de Ose podía ser una invitación a que se unieran a este último grupo.

La mirada de Tálendir se iluminó un instante con su sonrisa, y luego adquirió un matiz solemne.

–Ose a Laraí no es el mensajero –declaró, y los zulfos a su espalda bajaron sus miradas.- Pero será mejor que hables con él –invitó.

Gôlfang asintió, y se encaminaron hacia el bosque.

Los caballeros se adelantaron, pero Teqüe les detuvo con un gesto de la mano.

–Hoy es un día triste, pues la cólera del bosque se ha desatado; os ruego que me perdonéis si os pido que esperéis fuera de su alcance. –Y a pesar de que el tono había sido suave, los caballeros no movieron un músculo, esperando el consejo del mago. Éste asintió, y los cuatro boneriis desmontaron y esperaron a que los otros desaparecieran para dar la vuelta.

Los zulfos y el mago se internaron en la foresta.

–¡Yo también debo ir, Teqüe! –dijo entonces Grundo, entre la determinación y la súplica; había quedado al margen de todos, asistiendo mudo y maravillado a las conversaciones. Aún debía dar su mensaje al representante de los zulfos, que al parecer debía ser el tal Ose.

Gôlfang no tuvo tiempo de prevenir a Tálendir; bajo ninguna circunstancia podía permitirse perder ahora al mensajero, sobre todo teniendo la oportunidad de que le viera Ose. Pero la mirada que le lanzó Teqüe desmentía la dulzura con que sonrió al mensajero.

–Por supuesto, Grundo.

El mago miró a ambos con creciente inquietud.

–¿Me dirás ahora qué significa eso de la cólera del bosque? –preguntó Gôlfang mientras recorrían el sendero; sabía que Tálendir no le diría nada respecto al Orondo, por lo que retomó su primera intención de averiguar qué había sucedido. Pero la reacción del zulfo fue inesperada. Su rostro se ensombreció, y detuvo su caminar. Miró a Led a Nerín y su voz era profunda y antigua.

–Sólo hay un bosque tan viejo como Aliranaos más acá del Boureanaur; está situado al sur de Sandor, más allá de lo que un día fue Orik´alalai, el Valle del Sol, la cuna del pueblo Alfen. Tal vez sólo la memoria de ese bosque guarde tanto amor hacia mi pueblo como el que guarda Aliranaos. Los Amigos de los Hijos, los Eäalets de Luz, que allí habitaban, nos siguieron hasta aquí en nuestro peregrinar desde el valle, levantando sus raíces centenarias para lograrlo. Retoños de esos árboles viajaron hasta Cerian al Fionol junto a Orofín y Grüedel. Hoy, su amor hacia nosotros les ha llevado a perder parte de su esencia, y han bebido la sangre de los kérveros para proteger la esperanza de los Alfens –su voz se quebró, y una lágrima brilló junto a la plata. Gôlfang también derramó una, y Grundo muchas más, aunque no entendía el significado y alcance de aquellas palabras.

–¿Por qué? –gimió Gôlfang. Era una pregunta cuya respuesta ya había adivinado en gran parte.

Pero el zulfo bajó la mirada.

–Porque nosotros vamos a perder parte de la nuestra –afirmó, y se dio la vuelta y avanzó rápido por el sendero.

Gôlfang conocía la historia de los elfos, sus mitos, sus creencias, sus maldiciones; y algo se le escapaba. Lo que pensaba era terrible en sí. Pero había algo más.

Se acercaban a la columna de humo, el hedor a carne quemada era cada vez más fuerte y nauseabundo. También se acercaban a Aotolin´n. Ahora caminaban sólo los tres juntos, en silencio. El sendero se bifurcaba a veces, pero tomaron el de la izquierda en dos ocasiones, y pronto el viento se llevó el humo y la corrupción. Llegaron a la ciudad.

Si había tenido lugar allí una batalla recientemente, nadie podía afirmarlo. Los muros se mantenían blancos, con sus cuatro metros de altura, y tras ellos se elevaban torres cónicas que brillaban en el mediodía, reflejando su madera pulida los rayos de un sol primaveral. A través de las puertas, abiertas de par en par, las casas de piedra daban un toque de robusted al conjunto, y las personas que salieron a recibirlos lucían sus mejores galas, en verde y azul.

El zulfo que salió a recibirlos era en verdad imponente. Saludó a Tálendir con un gesto, ignoró a Grundo, y se dirigió directamente al mago.

-Saludos, Led a Nerín. Sin duda Karos es sabio y te manda en el momento justo –pero Gôlfang supo que no se refería a Aliranaos. El rostro del zulfo lucía señales de amargura, pero también de una profunda determinación. Y eso, en un zulfo tan alto como Cadmier, amedrentaba.

–Saludos, Ose a Nerín; sin duda Karos es sabio, pero su representante dista mucho de poseer la sabiduría del dios –respondió Gôlfang, que parecía a punto de perder los nervios con tanta palabra ambigua–. Si me haces el honor, desearía cambiar impresiones contigo acerca de varios asuntos de importancia –apremió.

El zulfo mostró su contrariedad.

–Por supuesto, estoy a tu disposición, en estos tiempos difíciles –no estaba dispuesto a dar nada; tenía sus propios problemas, esto era evidente. Era un luchador, y el dolor de su raza recaía en sus hombros como en el que más. Pero le tendió sus manos y le introdujo en Aotolin´n, donde el suelo era hierba salpicada de innumerables flores. Grundo volvió a quedar al margen, mientras los otros dos se perdían por las calles.

–Equilibrio, Grundo, equilibrio –sonrió Teqüe.

“Equilibrio, sí, pero no he cumplido mi misión”, pensó Grundo.

–Y no te preocupes por tus órdenes, porque ya hay zulfos junto a tu Capitán Carg –añadió el anciano, y Grundo lo miró con la misma reverente amistad que siempre le había profesado. A fin de cuentas, él había posibilitado que conociese a Gara.

–Me temo que nada conozco acerca de esos misterios –respondió inmediatamente Ose a la interpelación del mago-. El Equilibrio tiene muchas formas, y a mí sólo me ha sido dada a conocer la de Madrivo. Quizá alguno de mis hermanos Alfens pueda ayudarte; Daladei, con seguridad, o los sacerdotes de Madrivo, a los que verás en Granshall –confesó Ose, pero en aquella negativa Gôlfang supo ver algo más, algo sin determinar todavía. El Equilibrio en Edeter era Madrivo, sin duda, de él nacía y a él retornaba la vida, o lo que podía integrarse en la vida. Pero incluso el Natural sabía que los dioses guardaban otro equilibrio, y que ése era el espacio donde se enmarcaba el Soñador; en parámetros que superaban incluso las voluntades divinas. El mago no le había preguntado sobre eso, no esperaba una respuesta completa; sólo le había pedido su parecer, por respeto a la demostrada fidelidad que Ose siempre había profesado a la verdad. Negándole su consejo, Ose dejaba ver que en su cabeza pesaban más otros asuntos, asuntos que él creía de tanta importancia para su pueblo. Gôlfang suponía lo que era, pero aun así decidió preguntarle.

–Soy el protector de un mensajero –respondió Ose–, como tú, parece; y al igual que tú, mi protegido pronto tendrá que caminar su propio camino. A diferencia de ti, yo conozco el mensaje que anuncia mi Heraldo: es un mensaje amargo con final feliz y reconciliación de la memoria.

Los ojos dorados de Ose estaban apagados. Gôlfang lo comprendía.

–El amor imposible. El fruto ha madurado… y lo dejaréis caer –acusó.

Ose a Laraí se irguió en toda su altura. Trató de contener su ira, pero golpeó las paredes de la estancia.

–¡Hay quienes exigen el cumplimiento de la profecía de Orofín Beradol para otorgar el perdón! –gritó. Frustración, amor, exasperación, anhelo.

Gôlfang perdió la compostura.

–¡Pero si todos sabemos que fue una estratagema de Tas-par, maldito sea su nombre! –gritó con odio renovado hacia su viejo enemigo.

Ose a Laraí le miró con impotente furia. Luego casi se dejó caer en la silla.

–Sí, lo saben, pero lo que está escrito perdura, y las Profecías son importantes para mi pueblo; ¿qué más da quién la proclame? Tal vez palabras tan duras sólo podrían haber sido pronunciadas por la boca de un siervo de Maras Dokk –no miraba al mago–. Así piensan algunos –añadió, desanimado.

La sala parecía haberse hecho más pequeña, de modo que les oprimía y asfixiaba.

-El hijo de Austra y Labarín ha cumplido cien años, la fecha indicada. Austrong es su nombre; yo lo he criado en ausencia del padre, junto a Austra. Ha recibido todo el amor que podíamos darle; quiera Madrivo que sea suficiente para soportar todo el sufrimiento de este mundo. Su padre, Labarín, se vio obligado a huir cuando supo que Austra concebía el hijo prohibido; nadie debía conocer la existencia de ese hijo hasta hallar una forma de burlar la Profecía… él es quien menos cree en ella. Ya sabes, siempre fue el que más amó a Madrivo entre los Padres de los Alfens, mientras Orofín se entregaba a la Madre Naraendil y sus leyes –divagaba, derrotado por el dolor.

–Sé que viaja ahora en compañía de Sertgón Maullé, el Senescal de los Elfos en Cerian al Fionol –intervino Gôlfang.

Ose rió amargamente.

–¿Senescal? Es el hijo de Maullé, el hermano de la Señora Maberel, pero su madre era una zulfa, ¿recuerdas? Los Señores Maberel y Danaöl no aceptan a un mestizo, así le llaman, como Senescal, a pesar de la ancestral promesa de boda con su hija Marthadel. ¿Qué se puede esperar de quién niega la entrada en su tierra a su propio hijo?

Gôlfang negó con la cabeza, tras unos instantes de reflexión. Ambos sabían que eso último no era cierto; Daladei había escogido no abandonar Orik´alalai por propia voluntad. Fue el único Alfen que permaneció en el valle después de la llegada del Hombre, mientras los otros decidían buscar otras tierras. Que el zulfo malinterpretase así la historia era una evidencia de la tensión a la que debía estar sometido.

Ose a Laraí le miró fijamente. Transmitía toda la impotencia que cabe en una mirada.

–Me estoy haciendo viejo –dijo.

Gôlfang no sostuvo esa mirada.

Tálendir le esperaba fuera del edificio. Gôlfang no estaba seguro de querer hablar con él, tras el fracaso con Ose. El Alfen había conseguido desviar el tema, y no le había dicho nada que no supiera o pudiera adivinar en breve. Pero había algo más, eso era innegable. Había sido Tálendir quién más le había inquietado; en realidad, había sido el único que parecía haber distinguido de alguna forma a Grundo. Su expresión, una sonrisa preocupada, auguraba que volvería a inquietarle.

–Ya sabes que sabías –ironizó el zulfo con un deje de amargura–. Y no puedes huir de la incertidumbre –añadió, y señaló a lo lejos, hacia la puerta de la ciudad. Dos figuras charlaban amistosamente. Y Gôlfang supo con claridad meridiana que aquella estampa escondía un poder que cambiaría su mundo irremediablemente.

–Llévatelos hoy mismo, ahora. Ose a Laraí no puede seguir protegiendo lo inevitable. Austrong debe ver a Daladei antes de comenzar a cumplir la Profecía, y quizá halle en Granshall a los hijos de la Vida y la Muerte, los que se encargarán de que la cumpla. Y, por qué no, ya ha transcurrido demasiado tiempo, también ha de ver a Labarín. Llévalo, soporta también esta carga, te lo pido –y aunque parecía una solicitud, Gôlfang sabía que era una verdad inexorable.

Asintió de mal grado.

–Aún recuerdo a un joven al que enseñaba secretos –reveló–. ¿Cuántos secretos he de aprender ahora de él?

Los ojos cansados del zulfo sonrieron.

–Demasiada carga para una sola persona; pero pronto te desembarazarás de las que no te corresponden; quizá sea más duro dejarlas ir y aceptar las propias.

Se miraron durante largo tiempo, con un profundo afecto. El zulfo tomó la iniciativa en el abrazo, y se internó en la ciudad.