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El hedor se hacía menos intenso al atravesar pasillos paulatinamente más oscuros, lo que les hacía parecer también más angostos, aunque quizá lo eran en realidad. Gervag guardaba silencio, precediendo una marcha rápida y segura que Gôlfang no tenía ningún problema en sostener. Los caballeros boneriis le habían dejado solo con el mensajero a petición del mago, y sabía que no desaprovecharían la ocasión para descansar y prepararse quizá para la lucha, aunque suponía que Cadmier compartía su visión de los acontecimientos. Pero no era momento de pensar en la noche, no cuando lo inmediato era más importante. Por eso caminaba solo tras el Orondo; esperaba en aquella intimidad una señal definitiva.

Pero cuando la puerta de hierro sin inscripciones ni dibujos que permitía el acceso al Templo apareció ante ellos en la penumbra, no había ocurrido nada.

Sabía de la austeridad del carisma de Sírom, por lo que no le sorprendió la entrada a su morada, pero el recibidor que se ocultaba tras ella logró desconcertarle. Mármol y ónice decoraban las paredes incrustadas de rubíes y esmeraldas, zafiros, diamantes, láminas de oro y plata, al tiempo que el suelo de alabastro pulido estaba parcialmente cubierto por tejidos de púrpura. Gervag no aminoró el paso en esta sala, y lo condujo rápidamente a través de una puerta de roble a otra estancia presidida por un altar de piedra coronado por un Trono de marfil y ébano, a los pies del cual, y sobre los escalones que limitaban el presbiterio, aparecía una sillería fabricada en los mismos materiales y con capacidad para veinte personas. Grandes candelabros de platino sostenían enormes cirios que iluminaban el espacio. Tampoco entonces se detuvo Gervag. La puerta que cruzaron para salir era también de ébano, pero inmediatamente tras ella se toparon con otra, más pequeña, de pino probablemente, sin lijar ni barnizar. La estancia que comunicaba era la antítesis de las otras dos. Una antorcha la iluminaba, y tanto las paredes como el suelo estaban desnudos. Varias puertas iguales comunicaban esta sala con las entrañas de Edeter. Había tres sillas. Una de ellas ocupada.

Gôlfang no se dejó impresionar.

–Saludos, Gravog, de nuevo –dijo, tomando la iniciativa.

–Saludos, venerable Gôlfang –contestó el otro. Era aún más joven que Lagor, ya se había percatado la noche anterior a pesar del cansancio.

–Deseabais verme –aventuró el mago.

Con un gesto, el sacerdote gris le invitó a ocupar una silla; otro tanto hizo con Gervag. Formaban un triángulo.

–Otro es quién lo desea –rebatió, y aunque su voz no pretendía ser grandilocuente, o quizá por eso, Gôlfang se estremeció–. Mi hermano Lagor me informó de vuestra misión –comenzó–. No la entiendo, o no me es dado entenderla, por lo que ahora voy a abandonar la estancia, una vez cumplida mi misión de enlace –anunció con naturalidad. El mago de Karos sintió un vacío antes aun de mirar a Gervag–. He de dejaros, con la bendición de Sírom –añadió levantándose. Gôlfang se dio cuenta de que le costaba marcharse. Pero abandonó la estancia, y con él parte de su seguridad.

Dejaron transcurrir varios segundos en silencio, escrutándose.

–Eres el Soñador de Sentimientos –tanteó, más que aseguró.

No hubo respuesta. Despacio, sin ninguna prisa, Gervag fue desprendiéndose de la venda de su cabeza. La herida que mostraba era mortal; con lentitud y nitidez, el cráneo del mensajero sanó. Zôrdon poseía el poder de curar, Gôlfang lo había visto; por eso sabía que jamás hubiera podido restañar ese destrozo en tan poco tiempo y sin quedar exhausto. Gervag, o quienquiera que fuese aquel orondo, habló.

–El Soñador de Sentimientos puede morir por una herida como esta. No soy yo. El cuerpo de Gervag me sirve para mostrarme ante ti, que eres mortal a tu pesar, y sufrirías mi verdadera esencia en este plano, pues yo soy el Heraldo –anunció la voz del mensajero.

Gôlfang permaneció en silencio.

–Sin embargo, el Soñador de Sentimientos ya te ha sido presentado, aunque ignora quién es; aún no ha hallado a su Custodio, y para él el Ciclo de los Sueños no ha comenzado –confesó el Heraldo.

Gôlfang le miró de hito en hito.

–¿Me ha sido presentado? –pero se guardó su lista de candidatos a sabiendas de que el Heraldo no daría más pistas–. Bien.

–Existe una Profecía que augura el momento en que un Héroe llamado Grishka equilibrará las fuerzas del Bien y del Mal –continuó el Heraldo–. Así había de ser, pero ya no será, porque sucedió algo terrible, y ahora incluso Grishka jugará un papel secundario; ésa es la causa del Soñador.

–Lo sé.

El Heraldo sonrió.

–Algo sabes, no hay duda –admitió.

–Sé que debido a ese desastre el Soñador ha de ser un Iöron –afirmó el mago, herido en su amor propio.

El Heraldo asintió. Pero entonces Gôlfang formuló la pregunta que no se había atrevido a hacer.

–¿Cuál es mi papel en esta trama?

El Heraldo guardó un tranquilo silencio.

La noche de finales de primavera ofrecía la luz escasa de las Constelaciones para iluminar a los viajeros, y ni siquiera un asomo de nube ensombrecía el esplendor celeste. Aquella era la hora en que los doce dioses se asomaban al mundo que habían creado, abandonando sus restantes ocupaciones, y velaban o maquinaban según su naturaleza. Aquellos que fijaban su atención en Arodia, no pocos, contemplaban la cabalgata forzada para salvaguardar las formas de la paz; en pocas horas tal vez entablarían combate y matarían o morirían para defender alianzas que sellaban amistades. Pero los dioses no se preocupaban de esos pobres aconteceres, y su guerra era mucho más antigua y no tendría fin. Equilibrio dinámico.

Brillaban las estrellas que para aquellos pequeños seres parecían eternas y muy altas. Mucho más cercana era la piedra por la que galopaban arrancando sonidos al silencio, y la tierra al sur de la Vía del Este. Grundo conocía aquellos parajes tan bien como recordaba su vida, y para él, aquella hora cercana al amanecer, tras muchas horas de duro galope durante las que habían dejado atrás el Lago Chels y Minas de Platino, significaba, dejando a un lado su obligación, que pronto avistarían Minas de Plata y la Taberna del Elfo, el lugar donde había repostado cientos de veces, y donde había encontrado a la persona con la que pretendía formar la familia que antes se le negó. Un sentimiento tan simple y breve cuando se le nombraba, tal vez porque lo primario no puede ser aprehendido con palabras. El nombre de ella era Gara; trabajaba en la taberna que Teqüe había levantado años atrás, cuando este aún no comprendía lo duro que le resultaría perder a los amigos, y vivía entre los efímeros Orondos.

Grundo todavía era joven e impetuoso. Un ímpetu recobrado y jovial, después de tanta sordidez. No, no era momento para pensar en eso. Abría la marcha, y acrecentó el ritmo del galope del poni para avisar al comandante de la compañía de la llegada del Capitán y de las órdenes que éste traía. Por supuesto, una vez cumplida esa misión, su presencia no era requerida allí, y, toda vez que en los planes del Capitán entraba un descanso de dos horas, para reposo de los caballos y preparación de los refuerzos, Grundo decidió acercarse a la taberna.

Minas de Plata constaba sólo de dos plantas: la zona residencial, con dos tabernas y alguna tienda de productos perecederos, y abajo las minas propiamente dichas, por lo que la guarnición militar se encontraba dividida entre las dos puertas de acceso a la ciudad, cada una en un extremo del segmento de Vía que atravesaba la misma, y, en consecuencia, las dos tabernas se hallaban repartidas geográficamente de igual modo. La Taberna del Elfo estaba junto a la puerta oeste. A tiro de piedra.

A pesar de la hora un tanto intempestiva, Gara ya se habría levantado para llevar el peso de un establecimiento de este tipo. Al visitarla a tales horas, Grundo se arriesgaba a verse de pronto en mitad de una marabunta de encargos, por lo general pesados. Así fue.

Un beso de bienvenida mientras Gara cargaba una garrafa, y de repente dos de ellas en sus brazos escaleras arriba hacia la despensa. Pero no le importaba.

–El propio Edgar me ayudó a levantar –explicó Grundo mientras trataba de apilar unos sacos de cereal–. Allí estaban el venerable Gôlfang y los caballeros del este, y Carg y Borg sentados también a la mesa del rey.

Gara le estampó otro beso.

–Tuvo que ser maravilloso, sí, pero el rey podía haberte dejado descansar más tiempo –protestó ella.

Él dejó un momento los sacos y se acercó meloso.

–Pero entonces no nos hubiéramos visto –respondió con el mismo tono que su actitud.

Ella rió un momento.

–Para lo que me estás sirviendo; además, si no descansas, un día te va a suceder lo mismo que a Gervag. ¿Seguro que está bien?

Él rió más todavía.

–Luce una bonita venda, pero aún cuenta las mismas historias, y con la misma gracia; la herida no le hace callar, no. Esta misma tarde, antes de partir hacia aquí, me despertó para contarme con pelos y señales su viaje con los extranjeros; les compadezco, de verdad.

–Ayúdame con el barril de lamb… –pidió ella, haciendo un esfuerzo para levantar uno de los extremos–. Hace tiempo que no viene por aquí con sus historias –añadió mientras transportaban el barril en volandas para depositarlo tras la barra.

–Eso es porque esta zona y esta posada son sólo mías –bromeó, y la agarró por la cintura para besarla de nuevo.

–Que te crees tú eso… –se burló ella asimismo, y cogió dos jarras para lavarlas en el barreño con una media sonrisa pícara.

–No sé quién las va a querer, la verdad, con una posadera tan arisca –siguió él la broma.

Le salpicó con el agua de sus manos.

–No pretendo cuestionar las órdenes, Capitán Carg, pero como responsable de este puesto me parece una temeridad disminuir la protección de este enclave, más cuando mis propios hombres han informado de columnas de kérveros junto a Asesinos Sawor; somos el lugar habitado más cercano a las Estepas Desoladas, y no contamos ni con la mínima protección de las Montañas Pequeñas frente a esa guarida de asesinos. ¡Por Sírom!, si desde aquí podéis ver el Pico Sawor durante el día –el tono del comandante había ido perdiendo seguridad frente a la mirada rigurosa del Capitán Carg. Cuando hubo terminado, el Capitán se limitó a repetir las órdenes.

–Dentro de una hora y media quiero ver a los cincuentas soldados de infantería pertrechados para combate en bosque, ya ha visto los papeles sellados por su Majestad Edgar –y luego, en un tono apenas confidencial–. Refuerce las guardias y trate de mantener las puertas bien vigiladas; no dude en cerrarlas al menor atisbo de peligro. Esto no son órdenes.

El comandante del lugar, un joven que en realidad poseía la graduación de teniente, asintió resignado. Acababan de apelar a su sentido común. Se cuadró y abandonó la sala en la que había recibido a su superior para ir a preparar a los soldados. Ya había perdido diez minutos.

También el Capitán Carg salió al exterior, donde le esperaban los que le habían acompañado desde la Gruta Real. Habían desmontado, pero mantenían la formación, incluso los boneriis y Gôlfang.

–Tienen hora y media para atender a vuestras monturas y descansar –ordenó. El Sargento Borg dio la orden de romper filas, y la formación se disolvió rápidamente.

Cadmier se hizo cargo del caballo de Gôlfang, además del suyo propio, de modo que el mago quedó libre de ciertas obligaciones mundanas, lo que le permitió adentrarse en la ciudad sumido en difíciles pensamientos. Por supuesto, desde el día anterior, en lo único que había pensado era en las palabras del Heraldo. Quedaba clara, como ya había supuesto, la razón para que fuese un Iöron el llamado a representar al Soñador de Sentimientos, y asímismo quedaba clara la también supuesta relación entre éste y Grishka, lo que había constituido otra importante razón en su viaje. Pero lo que realmente importaba, y no se había resuelto, era quién diablos era el Soñador de Sentimientos, el cual, por otro lado, ya le era conocido. Lamentablemente no podía escoger, y tampoco era posible acercarse a los Orondos que ya conocía y preguntarles sin más: ¿has tenido algún sueño extraño que te haya llenado de miedo, odio, amor o amistad? Por un momento, incluso se le pasó por la cabeza si no sería Lagor el elegido, allá en la montaña, mientras él daba vueltas por Edeter aguantando charlas incoherentes de mensajeros que luego resultaban ser divinos. Pero desechó la idea, enfadado consigo mismo; no se trataba de una adivinanza arbitraria, sino que el juego consistía en que el elegido ni siquiera sabría quién era hasta que se completase el Ciclo y apareciese el Custodio. Debía empezar a rechazar ideas peregrinas. Comenzaría por la más molesta: tenía claro que él no era el Custodio, lo que retrotraía la meditación a la pregunta de qué papel le correspondía a él representar. Había solicitado la intercesión de Lagor ante el Heraldo para tratar de aprovechar las ventajas que pudiera obtener de conocer y guiar al Soñador, y aquel había aceptado la colaboración. Eso era todo. Pero aunque no tuviera ningún papel predestinado, cosa que dudaba porque sabía demasiado, aquel Orondo era demasiado importante para dejarlo en manos de los dioses. Así pues, vuelta al principio.

Sus pasos le llevaron al único lugar iluminado de los alrededores desde que abandonó el edificio de la guarnición. Taberna del Elfo, podía leerse en un cartel pintado con letras que recordaban vagamente los caracteres del Arêdro, el idioma escrito que se utilizaba aún en Aliranaos. Al parecer, la sed que hasta este mismo instante no sabía que sentía había encaminado sus pasos hacia una jarra de lamb. Guardaba ingentes cantidades de esa bebida fabricada por Orondos y Enanos, allá en su palacio de la Montaña. Una vez que hubo entrado en la taberna, no fue difícil advertir que la decoración reflejaba la veneración zúlfica por Madrivo, el dios Natural, el del ciclo de la Vida y de la Muerte. Las dos plantas de la taberna se comunicaban por una escalera de madera tallada que se incrustaba en la roca virgen como un enorme vegetal parásito del mundo. Cada varios escalones, podían verse plantas adaptadas a la ausencia prácticamente total de luz, plantas achaparradas y de colores oscuros que para un zulfo representaban la constancia de la vida en cualquier situación. La parte vertical de la barra representaba vitalistas tallas de animales, e incluso, en un momento dado, hacia el final, el artista había tallado la famosa serpiente que se muerde la cola. Madrivo representaba el Equilibrio en Edeter más allá de la inteligencia. Y aquella taberna podía considerarse un secreto Templo a Madrivo, pensó Gôlfang.

Toda la planta baja estaba vacía, aunque de arriba procedían los típicos ruidos de alguien que se apresura para prepararlo todo antes de la hora. Tomó asiento en una mesa cualquiera. No tenía prisa, si bien allí sentado volvía el recuerdo de la sed. Tras varios minutos dando vueltas a una pregunta a la que no veía pronta solución, decidió que ya era el momento de dar a conocer su presencia a los de arriba. Golpeó el suelo de madera con el bastón, de modo que pareciese el rítmico entrechocar producido por quién se apoya en él al caminar, algo que se empeñaba en no hacer. Apenas unos segundos más tarde, apareció en lo alto de la escalera un Orondo ya conocido.

–¡Venerable Gôlfang! –exclamó el Orondo, y se apresuró a meterse de nuevo en la despensa. Tras unos siseos absolutamente audibles, una Orondina bajó enérgicamente las escaleras, seguida por el mensajero, y se acercó a la mesa.

–Sírom sea contigo –saludó, un tanto forzadamente–. ¿Deseas alguna cosa? –añadió a continuación con una media sonrisa, mas a un observador como Gôlfang no podía escapársele que para ella aquello era menos un honor que un incordio.

–Disculpad si os he molestado a estas horas, pero el viajero no puede resistirse a una jarra de lamb bien conservado –solicitó Gôlfang con toda la amabilidad que sus propias circunstancias le permitían.

La joven orondina se dio la vuelta con agilidad y se metió tras la barra. En pocos segundos, volvió con una sonrisa y una jarra de barro cocido repleta de la bebida ligeramente dulce. Durante ese tiempo, el mensajero le había seguido permanentemente con la mirada.

El mago dirigió toda su atención a la jarra.

–¿Vais a estar mucho tiempo en Arodia, Venerable?

La pregunta le sorprendió a medio trago, lo que no dejó de irritarle. Procuró contener su enojo contra el mensajero. La camarera se había perdido escaleras arriba.

–Me gustaría estar a vuestra disposición, si es así –continuó el orondo ante el silencio de Gôlfang, que probable y absurdamente tomó como una invitación–. Mi nombre es Grundo, y ella es Gara; esperamos formar familia, algún día.

Realmente pensó que no podría contenerse. El mensajero fue salvado por su futura esposa, que probablemente estaba escuchando desde arriba cómo su entusiasta prometido se ponía en evidencia.

–¿Te importaría subir un momento a ayudarme, Grundo? –se escuchó una voz amortiguada por la distancia.

El mensajero hizo un gesto de contrariedad.

–Si me disculpáis –dijo sonriendo, y corrió escaleras arriba.

Gôlfang no quiso escuchar la reprimenda. Se conoce que en este país las únicas personas normales son las mujeres, se dijo, y de pronto una idea cruzó por su mente. ¿Y si el Soñador de Sentimientos era una mujer? Casi se entusiasmó con esa nueva visión del panorama cuando cayó en la cuenta de que la primera orondina que conocía era Gara. Y la había conocido ahora. ¡Por Karos! El Soñador de Sentimientos podía ser cualquiera de los Orondos que encontró el primer día en Dianeria, en la posada, o en los muelles, o tal vez alguno de los carruajes que le llevaron hasta la Gruta Real, o los cientos con los que se cruzó allí, o incluso el rey Edgar III. O ese mensajero que osaba interrumpirle los únicos momentos de reposo… con un golpe seco depositó la jarra en la mesa. Se derramó el líquido. Recuerda, recuerda; cuándo conociste a este mensajero. Fue antes de salir de la Gruta real, sí; eso fue antes de la entrevista con el Heraldo. No. ¡Te haces viejo! Domínate. Sí, efectivamente lo conociste antes; pero eso no significa que sea el Soñador. También conociste antes al Capitán Carg, y al Sargento Borg, sin duda mucho más apropiados.

¡Oh, por los cuernos de Maras Dokk!

Salió de allí antes de que su furia la emprendiera con inocentes. ¡Por supuesto que era ese mensajero! A los dioses les gusta jugar.

¡Oh, Karos! ¿Por qué? Bien, aún no puedo estar completamente convencido, se dijo, mejor esperaré a consultar a Ose a Laraí; él no estará afectado por esta estúpida ceguera que los dioses parecen haberme impuesto. Y aquella sola esperanza consiguió ocultar vagamente su inquietud.

–Por supuesto que no iba a cobrarle, pero eso no quiere decir que pueda mancharlo todo y que se invite él mismo; no es normal, Grundo, no lo es, y quiero que no te compliques con ese mago. Tú haz lo que el rey te ordene y deja en paz a esos magos y sus malos humores –fue la bronca final que Gara le endosó a Grundo antes de que éste saliera del local–. Un beso –ofreció, y regresó para atender al primer cliente habitual, que llegó con el amanecer.