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–Será mejor buscar una posada.

No discutieron la decisión del anciano. Si bien aún era mediodía y había mostrado sus deseos de llegar cuanto antes a la Gruta Real, capital de Arodia, los hombres eran conscientes de su deber, y le conocían lo suficientemente bien como para saber que sus decisiones no se debían al capricho. Así pues, tras medio día de navegación, Phêron y Heimdallat se internaron por las estrechas calles de bajos edificios de Dianeria, pulcra pero toscamente empedradas, mientras el capitán Cadmier y Phericlô permanecían junto al mago.

A pesar de que la primavera comenzaba, el puerto de Dianeria se hallaba prácticamente vacío, pues los grandes barcos de transporte aún se encontrarían en mitad de la travesía, y los más osados quizá tardaran una semana en llegar de Duravia. De ese modo, las dos posadas que ofrecían camas de tamaño adecuado para los hombres se encontraban a su total disposición. Así y todo, tardaron varios minutos en encontrar alojamiento, pues aunque la primera posada se hallaba a escasos metros del puerto, al parecer sus caballerizas se habían estado utilizando como almacén de pescado, lo que aún se dejaba notar en un hedor a podrido difícil de soportar. De tal manera que los caballeros se internaron más allá del puerto y sus tugurios, donde se escondía una ciudad ajena a los extraños, cerrada a las comodidades y costumbres humanas; sólo en primavera y verano llegaba algún mercader de la lejana Phâros, la única ciudad que se atrevía a mandar sus barcos a través de dos mares para llenar sus bodegas con los minerales y piedras preciosas que los Orondos extraían de sus abundantes minas. El resto de comerciantes que visitaban Dianeria podían dividirse en dos grandes bloques: bien los rudos marinos, con frecuencia piratas ocasionales, que habitaban tanto la costa sur de Sandor como las más norteñas Arodina y Duravia, y que no hacían ascos a las posadas de los muelles, bien los zulfos de Blakari, que no acostumbraban abandonar sus urcas ni de día ni de noche, a no ser para cargar y descargar rápidamente, o para hacer lejanas excursiones nocturnas hasta Aliranaos, el enclave zúlfico situado en el otro extremo del pequeño país. Era para los mercaderes de Pharôs y sus autodenominadas inquietudes culturales para quién se había construido principalmente la segunda posada en el centro de Dianeria. El edificio constaba de dos plantas y, tras casi cinco minutos de insistente llamada, les abrieron la puerta.

Apareció un individuo que podía pasar sin complejos por el Orondo medio, y que les miró con exagerada sorpresa.

–¡Caballeros, caballeros, pasen, pasen!, no esperábamos a nadie todavía; han debido de abandonar su tierra aún en invierno, o por Sírom que han mejorado notablemente las artes de la navegación –invitó, y, aun mientras hablaba, quitaba el polvo a un mostrador que exigía más dedicación de la que el Orondo le ofrecía. Al margen de eso, el local daba la impresión de acogida y reposo.

Fue Heimdallat el encargado de ponerle al corriente de las necesidades del grupo, de amedrentarle sutilmente con la suma importancia de su huésped, de fijar el precio y, por último, de atender las preguntas que el impresionado y honrado Orondo le espetó. Mientras tanto, Phêron se ocuparía de avisar a los demás.

Sin embargo, no le había dado tiempo de alcanzar el puerto cuando su paso fue interceptado por dos soldados orondos. Intentó ignorarles, pero apenas se entretuvieron un segundo antes de dirigirse directamente hacia él y, si bien sus modales eran corteses, a Phêron no le cupo duda de que no le dejarían marchar sin respuestas.

–Saludos, caballero. Soy el Capitán Carg, del ejército Real de Arodia –se presentó el más fornido–. Nos han informado de la presencia de caballeros en la ciudad, y deseamos darles la bienvenida y expresarles nuestro respeto.

–Saludos, Capitán Carg. Mi nombre es Phêron, caballero de la Orden de las Águilas Blancas de Boneria; si me hacéis el honor de acompañarme hasta donde se encuentra mi oficial al mando, junto a Su Ilustrísima Gôlfang val Karos, invitado de Su Alta Majestad el Rey Edgar… –ofreció, tratando de impresionar a sus interlocutores.

–Os acompañaremos a la presencia del honorable Gôlfang –repuso el capitán con total aplomo y, sin dilación ni duda, se encaminó hacia el muelle.

De modo que, cinco minutos más tarde, ante Gôlfang, Cadmier y Phericlô, apareció el caballero Phêron con todos los síntomas de haber sido arrestado por dos niños.

Sin embargo, ninguno de los hombres estaba de humor para apreciar el lado cómico del asunto.

–¿Algún problema, oficial? –inquirió el capitán Cadmier al ver llegar a tal grupo.

El Orondo no se dio por enterado.

–Honorable Gôlfang –comenzó, con tono seguro-, se presenta el Capitán Carg, él es el Sargento Borg. Su Majestad Edgar III os da la bienvenida y os presenta sus respetos; el Sargento y yo estamos a vuestra disposición para cuanto podáis necesitar. –Ambos asumieron la posición de firmes.

Gôlfang los miró de frente.

–Llevo más de media hora en el muelle, esperando un aposento que mis hombres ya han encontrado, y conozco el camino hacia la Gruta Real; si podéis conseguir unas monturas para hacer ese trayecto, habréis sido de alguna utilidad. –Su voz tenía el tono justo para amedrentar y humillar.

Ni siquiera entonces perdió la compostura el capitán.

–Problemas internos, honorable, asumo toda la responsabilidad –respondió–. Si me permitís, ahora os escoltaremos hasta vuestra posada, y mañana con el alba partiremos hacia la Gruta Real, si no opináis lo contrario; el problema del transporte ya está resuelto, algo más cómodo que unas monturas, si bien más lento; llegaremos al anochecer. –No le contradijeron, como ya suponía, y no se tomaron la molestia de discutir con él el tema del transporte.

En silencio, Gôlfang admiró la entereza de aquel Iöron… Orondo. Exceptuando a Lagor, no había conocido a seres de esa especie, y le sorprendió gratamente que aquella duda perpetua sobre su propia identidad no fuese una característica racial; la historia que había creado esos prejuicios no se limitaba a Lagor, sino que se remontaba a varios milenios, a la llegada de los Iöron a Edeter, a su propia creación. Pero, naturalmente, los Orondos no sabían nada, y por el momento era mejor no incidir en ese tema. Si el elegido del Heraldo pertenecía a los Orondos, mejor que se pareciera a Carg que a Lagor.

Durante aquella tarde en la posada, tuvieron ocasión de averiguar por qué su recepción se había retrasado de aquel modo. No porque indagasen en ello. Su llegada había reunido en la posada a varias decenas de curiosos Orondos que les presentaron sus respetos y bebieron a su salud con rybilitor, no dejando de mencionar en todas sus conversaciones el hecho curioso de la casualidad de la llegada de los caballeros y el mago, y el terrible accidente que había sufrido el mensajero real Gervag, del que al parecer había salido milagrosamente indemne. O casi. El hecho era que Rag el herrero, que conducía su carro hacia Minas de Hierro para cargar mineral, se había encontrado de frente en mitad de la Vía del Oeste, y sin poder evitarlo, con el pony lanzado al galope del mensajero, que venía adelantándose al bravo Capitán Carg y al no menos bravo Sargento Borg, de modo que el pobre Gervag había caído de cabeza al duro empedrado de la Vía, siendo sólo un milagro de Sírom que aún se encontrara entre nosotros, tras dos metros de vuelo por encima del carro y aun del pony. El desafortunado animal se había fracturado las dos patas, y el carro había sufrido tantos desperfectos al volcar, que Rag se vio obligado a retrasar el viaje. Afortunadamente para él, tanto los soldados como los civiles que lo habían visto –ocurrió a escasos cincuenta metros de la posada, donde muere la Vía– declararon que había sido un accidente fortuito, y, así, Rag no tuvo mayores problemas; Gervag fue trasladado hasta el edificio de la guarnición, y, al parecer, según los más osados, ya estaba plenamente recuperado a pesar de la venda en la cabeza.

De esa manera, Gôlfang descubrió además que el Capitán Carg era una persona íntegra, que no permitía que nada le hiciese eludir sus responsabilidades.

A la mañana siguiente se pusieron en camino. Los cinco hombres viajaron en dos carruajes, pues el mensajero Gervag, efectivamente recuperado y con media cabeza oculta tras una venda, les acompañaba. Los dos militares Orondos cabalgaban abriendo la expedición.

–No poseo el arte de sanar –ratificó un exasperado Golfang la tercera vez que Gervag le preguntó. Ambos viajaban en el primer carruaje junto a Cadmier.

–Una lástima –se apenó visiblemente el mensajero, ajeno a la incipiente cólera del Sumo Sacerdote y Mago de Karos–, aunque ya estoy casi completamente recuperado, gracias. ¿Qué poderes tenéis, entonces? –interrogó frívolamente. Apenas superaba los doce años de edad, pensó Golfang, lo que incluso para un Orondo era ser muy joven. Sin duda, con un poco de paciencia, este joven sería de los afines a Lagor.

–Mis poderes me los otorga Iyhalá Karos, y no son objeto de juegos o preguntas estúpidas –se sentía incómodo, hablando con aquel jovenzuelo impertinente. Algo bueno tiene envejecer, se dijo.

Durante un buen rato, ninguno intercambió más palabras. Anochecía, y las dos lunas, Lubania la Azul, y Tarkión la Roja, el Ojo de Korba, trazaban el último tramo de su recorrido diurno junto al sol de Naraendil, para dejar paso a las Constelaciones y la noche. A ese ritmo de marcha, tardarían aún dos horas en llegar a la Gruta Real, según informó Gervag en un lacónico comentario que los otros no dejaron ver que apreciaban; aquel traqueteo era agotador, e invitaba más a dormitar que a un verdadero reposo.

–¿Realmente conocéis a Lagor? –interrogó Gervag media hora más tarde, despierto repentinamente de un sopor que los demás habían agradecido–. Yo llevé muchos mensajes para él cuando era el Sumo Sacerdote del Templo de Sírom en la Gruta Real; él, no yo, claro. Fue antes de que su hermano Gravog ocupara ese cargo, sustituyéndole cuando fue destinado a la isla Qüemyum.

El anciano decidió no abortar el monólogo, sobre todo porque podía ser un entretenimiento para Cadmier, y, obligado estaba, debía conocer algo más de los Orondos por palabras que no fueran las de Lagor. Además, la ventanilla sólo ofrecía el monótono y casi desértico gris de Arodia.

–Ignoraba que un Templo como el de la Gruta Real precisara los servicios de mensajería reales –murmuró sin demasiado interés.

El rostro de Gervag se iluminó, y sus ojos se tornaron azules, algo que Gôlfang ya había observado en Lagor cuando éste se excitaba.

–¡Oh, no!, yo era mensajero del Templo; ya sabéis, todos en algún momento hemos deseado formar parte de la orden sacerdotal –confesó con voz más débil–. Quise hacer los votos para servir al Heraldo, pero siempre hay más aspirantes que plazas; ya sabéis, el Heraldo es, de los hijos de Sírom, el que más unido está a los Orondos, mientras que el resto de los hijos del dios prefieren las profundidades de Bhasaphil y las Tres Montañas de los Enanos…

Cadmier seguía las explicaciones de Gervag con expresión forzadamente atenta, pero lo más probable era que estuviese entendiendo poco. Pese a haber sido educado por Gôlfang desde niño, por lo que su erudición no era precisamente escasa, la raza y las costumbres de los Orondos siempre le habían interesado menos que todo lo relacionado con su ahora lejana tierra de Boneria, o incluso que la cultura Willand del Erial, o incluso que los mitos élficos de Kimeria; no en vano los Orondos eran una raza que, desde su mundo, aparecía como primitiva y bárbara, poco más que topos en busca de minerales bajo tierra. Los comerciantes de Phâros habían contribuido a extender esa creencia, exagerando incluso los ya de por sí importantes peligros del viaje, a fin de que los Templos de Boracoria y Tocatora, consagrados a Karos y Karas, financiasen parte de los viajes con objeto de extender la fe y la civilización.

Sin embargo, Gôlfang sintió un escalofrío. Los mensajes de los dioses no suelen ser fáciles ni claros, de modo que las palabras de aquel Iöron sólo remotamente podían ser una casualidad. Consagrado al Heraldo; y Lagor le advirtió, y Zôrdon después, que el Heraldo le indicaría al elegido. Su accidente había sido demasiado oportuno para ser casualidad; de no haber caído del caballo, Gôlfang jamás le hubiera conocido. El anciano hechicero comenzó a mirarlo con otros ojos, tratando de hallar algo más relevante en su charla intrascendente.

–…Lagor mismo me encontró este trabajo como mensajero hace apenas dos años; en realidad le esperaba a él ayer, por lo que me ofrecí voluntario para ir a Dianeria, y me temo que no puse mucho cuidado una vez distinguí la entrada de la ciudad. ¡Oh, pobre Erges! Seguramente le sacrificarán. Era mi pony, ¿saben? Tan vivaz… –casi pudieron distinguir una lágrima secada apresuradamente–. Disculpen. Aquel carro apareció tan de repente… sólo alcancé a escuchar los avisos del Capitán Carg; buen hombre, a pesar de su seriedad, y también el Sargento Borg. Podrían ser familia, ¿verdad? Pues no lo son, pero Su Majestad confía mucho en ellos. Os ha hecho un gran honor al mandarles a recibiros, con todos esos problemas en la frontera Este; kérveros y todo eso, que últimamente merodean por Aliranaos; los antiguos oficiales al mando ahora están arrestados porque se emborracharon y los kérveros penetraron en la guarnición y asesinaron a doce soldados. Mi amigo Grundo estaba allí destinado como mensajero entonces, por eso lo sé; dice que si no llega a aparecer en el último momento un zulfo imponente llegado de Blakari al mando de más de cien zulfos, probablemente las bajas hubieran sido muchas más –guardó silencio, como si de repente toda aquella charla ya no le importara; Gôlfang se había sobresaltado cuando Gervag mencionó directamente a Lagor, pero la última frase le hizo acercar la cabeza al mensajero, como si de repente buscara su complicidad.

–¿Un zulfo imponente de Blakari? –preguntó conteniendo su inquietud. Cadmier también se mantenía alerta.

Gervag no pareció advertir la tensión.

–Sí…, Ose, me parece que era su nombre; es muy famoso entre su gente, por lo que Grundo decía. ¿También le conocéis, honorable?

El mago y el caballero intercambiaron una mirada.

–¿Qué puede hacer aquí el protector de Austra? ¿En este momento? –Y, aunque la pregunta la había formulado Cadmier, era una incógnita compartida.

Ose a Laraí, el zulfo que había protegido los bosques de Blakari durante un milenio, y a la Señora de los Zulfos y su secreto durante cien años, desde la triste separación de ésta y Labarín, el único superviviente entre los Padres de los Alfens. No había abandonado el bosque en todo aquel tiempo, no abiertamente. Y precisamente ahora aparecía allí. Protegiendo a los Orondos. Demasiadas incógnitas. ¿Conocerían los zulfos su viaje? Esto era probable, pues algunos de los monjes de Zordon eran zulfos, pero había algo más importante: ¿sabrían el motivo?

Gervag no volvió a pronunciar una palabra en lo que restaba de trayecto, tal vez impresionado o contagiado por las expresiones de honda preocupación de sus acompañantes, por lo que durante la última hora reinó un silencio espeso que acompañó a la oscuridad intermedia entre el ocaso y la aparición de las Constelaciones en todo su esplendor.

Si todo aquello tenía que ver con el Heraldo, lo había condensado muy bien.

Cuando al fin hubieron llegado, los tres caballeros restantes se contagiaron inmediatamente de ese humor, y la recepción con el Mayordomo y el Sumo Sacerdote del Templo fue más bien fría, sin asomo de trascendencia. A la mañana siguiente, tendrían audiencia con el rey.
La planta cero, situada a la misma altura que el camino, estaba ocupada por dos zonas concéntricas: la exterior servía de residencia a las familias de Orondos, familias biparentales compuesta cada una por una media de cuatro personas; aproximadamente diez mil almas habitaban en la Gruta Real. La zona interior albergaba los pequeños comercios permanentes y las escuelas taller, donde los jóvenes se formaban en los gremios de los artesanos; naturalmente, los relacionados con la minería eran los más numerosos, aunque también unos pocos carpinteros se habían asociado últimamente, tras el decreto de Edgar que permitía explotar, con un sinfín de limitaciones, los árboles adyacentes al Lago Chels, un oasis consagrado a Sírom. Aún había dos plantas más bajo ésta –se decía que en tiempos de los Enanos habían existido otras dos–, ocupada la primera de ellas por el Templo de Sírom, los Juzgados, el Acuartelamiento y el Palacio del rey, mientras la última, si bien se dividía en varios subniveles, estaba dedicada exclusivamente a la explotación minera, aprovechando un ramal subterráneo del río Crial para realizar allí la mayor parte de las labores; este mismo ramal, antes de la explotación, suministraba agua a los habitantes del lugar.

Un ascensor movido por poleas les llevó al nivel inmediatamente inferior a aquel en que habían pernoctado, la planta cero. No fue una travesía agradable a pesar de su brevedad, y el aterrizaje provocó un temblor en todo el maderamen que constituía el mecanismo. Gôlfang lo abandonó de una zancada, seguido de los cuatro caballeros, y por último descendieron el Capitán Carg y el Sargento Borg. El Mayordomo les esperaba, y se situó a la cabeza del grupo para guiarles hasta el Palacio.

A pesar de que fuera lucía el sol en su cenit, la iluminación de los pasillos desiertos de esta planta se debía a apestosas antorchas embadurnadas de sebo. Afortunadamente, el Palacio no se hallaba lejos, y las galerías no eran tan cortas como para dar la impresión de laberinto. Al doblar la última esquina, la galería se ensanchaba y aparecía más iluminada, desembocando en una gran puerta doble de metal, sobre la que antiguos escultores habían tallado un bajorrelieve que mostraba los hechos más significativos del pueblo Orondo, desde su aparición en Edeter, junto a Kimeria, hasta su asentamiento en Arodia, tierra que entonces los Enanos compartieron con ellos durante un tiempo, antes de viajar definitivamente a Bhasaphil. No había olvidado el escultor la mitología que narraba cómo el pueblo Orondo había conseguido sobrevivir a la nieve y la altura del Lleritanán Bâz Tûrsala gracias a las llamas, y cómo desde entonces esos animales fueron asimilados al dios Sírom.

Gôlfang no dejó de advertir el hecho de que en ningún momento se mencionaran sus verdaderos orígenes.

En todo caso, las puertas se abrieron tras un instante de incertidumbre, dejando al descubierto una sala de miscelánea decoración, una extraña mezcla de la cultura minera autóctona, que se dejaba ver en el Trono austero y el suelo empedrado prácticamente desnudo, y la más refinada de Boneria, denotada por una mesa de madera labrada ricamente, sobrios tapices en las paredes y lámparas de bronce que daban un toque muy típico del país nororiental, además de un olor más agradable que el del exterior. Gôlfang se preguntó si estas innovaciones eran iniciativa de las preferencias de Edgar, o si más bien se debía a un gesto de bienvenida hacia sus invitados.

Cuando los siete visitantes hubieron entrado, las puertas se cerraron a una orden de Edgar. Gôlfang descubrió allí un mecanismo heredado de los hábiles artesanos e ingenieros Enanos.

El Mayordomo les acercó al Trono, se inclinó y acto seguido desapareció por detrás del sitial.

–Bienvenido seáis, honorable Gôlfang –saludó el monarca desde su Trono. Era un individuo bastante más mayor que Lagor–. Bienvenidos sean, igualmente, vuestros acompañantes. –Los caballeros saludaron en posición de firmes–. Confío en que todo haya sido de vuestro agrado hasta este instante; el escaso tiempo con que mi hermano me previno de vuestra llegada no me ha hecho posible honraros como merecéis –continuó–. Sin embargo, me he permitido organizar una pequeña recepción en la que podréis degustar las delicias culinarias de mis gastrónomos –añadió, y descendió a continuación los tres peldaños que lo separaban del suelo. Con un gesto de la mano, les invitó a tomar asiento en torno a la mesa, y él mismo ocupó la presidencia.

A una señal de Gôlfang, los caballeros aceptaron la invitación, y el mago se situó en el extremo opuesto al rey.

–Acompañadnos, Capitán Carg, Sargento Borg –invitó alegremente Edgar a sus oficiales. Luego se dirigió a Gôlfang–. Escogí a mis dos mejores oficiales para vuestra escolta, ya que, lamentablemente, mi salud y mis obligaciones no me permiten viajar demasiado. Una antigua herida regalo de los Asesinos Sawor, honorable –añadió en tono displicente, pero por sus ojos cruzaron impotencia y resentimiento.

–Os agradezco el honor; he podido comprobar la calidad de vuestros oficiales. Os felicito. –El rey miró satisfecho al mago, y luego a sus hombres, y sonrió. Por el contrario, tanto el Capitán como el Sargento, se mostraron impávidos.

–Me alegra oír vuestras palabras, honorable, pues el informe del Capitán no era precisamente indulgente; una persona muy dura consigo misma –desaprobó el rey.

Por primera vez, el mago observó incomodidad en los oficiales.

Pero no hubo tiempo para más conversaciones. Varios camareros aparecieron desde detrás del sitial del Trono portando bandejas y cráteras y copas, labradas al estilo bonerii para los invitados, más toscas para el resto, y enseguida el rey se lanzó a una serie de comentarios acerca de las exquisiteces de los diferentes platos, de los que probaba en abundancia y requería la opinión del resto de los comensales. Preguntó por su hermano Lagor, bromeó acerca del hecho de que sería el primer Orondo que probablemente superase los sesenta años, y seis veces sesenta si Sírom lo deseaba, y fue diplomático cuando añadió que los Enanos habían cedido en el monopolio del sumo sacerdocio de su dios común. Gôlfang asintió, aunque probablemente sus razones no eran ni remotamente parecidas a las del rey; era el momento de que los Orondos reclamaran con fuerza a Sírom… pero ése era un tema poco indicado para este ambiente distendido. Luego, la conversación devino en los problemas del reino: la difícil manutención de unas Vías heredadas de los Enanos, pues los Orondos no tenían la habilidad de aquellos maestros canteros; la celebración del mercado anual de Minas Dirok, para el que restaban casi seis meses y los mercaderes ya estaban retrasados; la complicada relación de Dianeria con el resto del país, que consideraba a la ciudad poco afín a la esencia orondina por sus fluidas –según la norma de las gentes del interior– relaciones con el extranjero, vivía junto al mar y comía pescado; la explotación de los aledaños del Lago Chels, lo que le había llevado a una controversia con el Sumo Sacerdote Gravog, a quién ya conocían y además era su hermano; las prospecciones del subsuelo en busca de los niveles perdidos de los Enanos, que por una u otra razón siempre se paralizaban; y, sobre todo, la seria preocupación de que los kérveros rondaban De Corbelli, Aliranaos como lo denominaban los zulfos, y que incluso se habían atrevido a entrar en Arodia y asesinar a algunos civiles y soldados. No mencionó a los oficiales destituidos.

En aquel momento, el Mayordomo apareció entre los camareros y le entregó una nota al rey. Éste la leyó y se la devolvió, junto a un susurro. Pocos segundos más tarde, un individuo vestido con el uniforme de los mensajeros penetró en la sala, el paso pretendidamente firme. Se colocó junto a Edgar tratando de hacer una reverencia. Su pelo marrón formaba pegotes por la suciedad, al igual que su vestimenta. Lejos de recriminarle, Edgar le ayudó a izarse y recogió de su mano un papel en forma de rollo.

–Es una tradición y ley que los mensajes debe recogerlos el rey en mano –explicó a los invitados, que hacían lo posible por no sentirse incómodos, mientras Edgar leía las nuevas–. Muchas gracias, Grundo. Retírate a descansar, porque esta misma noche habrás de regresar allí –ordenó mientras enrollaba el papel. Luego, con semblante riguroso, se dirigió a los presentes–. Me temo que no son noticias felices, para ninguno –comenzó–. Era un mensaje de Teqüe, Tálendir entre los zulfos que habitan Aotolin´n, la ciudad zúlfica del bosque de Aliranaos: cientos de kérveros han asaltado este enclave, y al parecer les acompañan Asesinos Sawor. Tálendir me pide que envíe ayuda para batir la foresta, pues allí se han refugiado los siervos del Maras Dokk, los supervivientes. Por otro lado, se han visto más kérveros desviándose hacia el sur, avanzando hacia el Pico Sawor, el refugio de los Asesinos. Hace tiempo que no tenemos noticias de Dorfen Hond, por lo que tememos que haya caído en poder de las hordas de Luobo; de otra forma no se entiende que nos atacaran, arriesgándose a tener un enemigo a su espalda.

–Dorfen Hond dejó hace tiempo de ser una potencia militar, y las aspiraciones de cultura de sus reyes temo que no se desarrollen en el lugar más propicio –intervino Gôlfang.

–Eso es cierto, pero así y todo, el escollo que constituyen los acantilados del Boureanaur, que se pueden defender con una mínima guarnición desde el pais de Dorfen frente a ejércitos mucho mayores, es algo a tener en cuenta. Pero haya caído o no, siga fiel o no, los kérveros están aquí, y hemos de hacerles frente.

–Tenéis razón, pero disiento de la evaluación del problema; no creo que por el momento estos ataques sean más que ligeras escaramuzas; unos pocos centenares de kérveros contra Aotolin´n …; me preocupan más los que se dirigen al sur –afirmó, pero no dio razones–. En todo caso, me atrevo a pediros que me permitáis acompañar, a mí y a los caballeros, a los refuerzos que tengáis a bien enviar allí, por si pudiéramos ser de alguna utilidad –ofreció; estaba pensando más en la presencia de Ose a Laraí, y la presente situación le proporcionaba la excusa perfecta. También podría ver a su viejo discípulo Tálendir.

Tras una imperceptible vacilación, el rey sonrió, aliviado.

–Sin duda el representante de Karos conoce mejor que yo los poderes enfrentados en el mundo, por lo que sus palabras constituyen un inapreciable consejo –alabó Edgar–. Asimismo, su poder será bien acogido por los hijos del Natural, y será un honor para Arodia escoltaros hasta allí –concedió, y Gôlfang se preguntó si no había cierta premura en su voz, como si de algún modo aquella oportunidad le ofreciese una salida para librarse de él. Si era así, lo sentía por Edgar, porque no tenía previsto marcharse de Arodia hasta que no hubiera contactado con el elegido del Heraldo. Edgar continuó hablando, dirigiéndose a sus oficiales–. Esta noche saldréis hacia la frontera Este con veinte soldados y el mensajero Grundo, acompañando a los refuerzos que Sírom y Karos han tenido a bien concedernos. En Minas de Plata tomaréis cincuenta soldados de aquella guarnición y, una vez en la frontera, donde os espera Teqüe, tomaréis el mando, Capitán Carg, de todos los soldados destinados allí, y acordaréis el plan de acción con los representantes de los zulfos. Y el Honorable Gôlfang, si así lo desea –añadió con una sonrisa un tanto forzada. Estaba claro que para Edgar el Sumo Sacerdote era un estratega que no se interesaba demasiado por las cosas concretas y pequeñas; como su reino, por ejemplo–. Venid esta tarde con Grundo y os firmaré los papeles necesarios para los comandantes de las compañías de Minas de Plata y la Frontera Este –dicho lo cual, se levantó. Los demás imitaron su gesto–. Sírom os acompañe y os tenga reservado un feliz regreso –se despidió, englobando a todos, al menos formalmente.

–Feliz será sin duda el regreso, con la bendición conjunta de Sírom, Karos y Madrivo –se despidió Gôlfang.

Los cinco hombres y los dos Orondos se dirigieron a la puerta por donde habían entrado, acompañados por el Mayordomo.

Mientras salía, el mago alcanzó a ver a los eficientes escribas del reino, que ya habían ocupado sus sitios en la mesa, totalmente limpia de cualquier vianda. Edgar paseaba entre ellos, dictando.

Bien, tampoco era como Lagor.

De nuevo los desiertos pasillos apestosos y la penumbra, y de nuevo el ascensor.

–Alguien desea veros en el Templo de Sírom, Honorable.

Gôlfang se dio la vuelta despacio al escuchar las palabras. Gervag le miraba fijamente, con el vendaje protegiéndole aún la cabeza.