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Para algunos un concepto ambiguo, el Equilibrio tomaba forma en Edeter por medio de una isla-montaña situada a pocos kilómetros de la costa más occidental de La Península. Al abrigo de sus laderas, se elevaban doce edificios de variada arquitectura, desde lo que podía pasar por una casa solariega, hasta el Templo más suntuoso consagrado a una divinidad exigente. En efecto, el negro zigurat de alabastro que pretendía desafiar al cielo constituía la morada espiritual de Maras Dokk, cuyo color era el negro, y cuya semilla era la discordia. Pero, asimismo, Naraendil tenía allí su Templo a la Luz, y Korba a la guerra, y los gemelos Karas y Karos a la paz, consensuada e impuesta, respectivamente; y estaba también Sírom el Minero, y Fandas del Agua, y Madrivo el Natural, y Cwin-Sira la Cazadora, y así hasta los doce Poderes que gobiernan el Universo que llegó tras el Vacío, sin que el Azar primigenio, o el Destino inevitable, se entrometan demasiado.

Cada uno de estos doce Poderes estaba representado por un Qüenyum, un Sumo Sacerdote en su Palacio y, juntos, los doce conformaban el Cónclave del Equilibrio, mediante el cual se controlaban la mayor parte de los asuntos que sucedían en La Península, y desde luego todos los importantes. Era el sistema que los dioses en sus esferas aún no habían asumido.

Gôlfang sabía que este estado de cosas en las alturas iba a causar tantos males en este mundo sublunar como ya había causado desde el comienzo mismo de su creación. El Sumo Sacerdote de Karos se preparaba para emprender un viaje que siglos atrás – era larga la vida de los Qüemyum – había temido.

Se disculpó por el retraso al entrar en la antesala de su biblioteca, y luego ofreció un licor suave a su invitado. Durante algunos minutos, Gôlfang y el joven ser velludo que envolvía su metro de altura en una túnica gris disfrutaron de aquel afrutado aroma.

–El Heraldo lo ha confirmado –la voz agrietada de Lagor se extendió en el silencio–. Es una misión peligrosa la que pretendes iniciar.

Gôlfang asintió. El otro se dio cuenta de su error; sobraban los paternalismos.

–Mi hermano te espera en su corte, donde no tendrás problemas, pero, una vez salgas de allí, tu camino antes de llegar a Granshall no será fácil; tanto menos en esas fechas y con el… eh… acompañante que llevarás. El Heraldo te indicará quién es, nada más puedo decirte, y confío en que sea más explícito de lo que ha sido conmigo.

Por primera vez, el anciano varió su expresión, imperceptiblemente.

–Me gustaría tener más certezas –prorrumpió con voz agria.

La mirada de Lagor fue de ofendida sorpresa.

–El Heraldo es el hijo de la Llama, el hijo de Sírom el Minero; conocerás la historia de cómo ese animal fue elevado a divino cuando…

–No es momento de sarcasmos –cortó el anciano; Lagor era demasiado joven, pensó, y él había pasado demasiados años entre códices y papiros. Así y todo, el tiempo apremiaba–. En estos momentos, la voluntad de un dios puede verse cancelada por la de otro más poderoso; lamento ser tan pesimista. Hay aquí algunos a los que no les disgustaría tener más poder, y que la balanza se inclinase hacia su lado.

–Y tú no eres uno de ellos –se atrevió a interrumpir Lagor.

El anciano lo taladró con la mirada.

–Sólo digo que me gustaría tener más certezas –sentenció; pero las palabras de Lagor no cayeron en saco roto. Si alguno de aquellos Qüemyum se atrevía a romper el Equilibrio, él estaba dispuesto a luchar, y requeriría todo el poder necesario para ello. Pero en su fuero interno deseaba que todo siguiera como estaba; no alcanzaba a comprender todos los cambios que se estaban produciendo, y sentía un temor creciente; incluso por lo que él mismo se disponía a hacer. A sus años.

–He llegado a la Isla en mala época, y no comprendo apenas lo que sucede –confesó Lagor, para quién, a pesar de todo, Gôlfang era una referencia inevitable.

El sacerdote de Karos alzó sus cejas blancas.

–Si el último artificio del Equilibrio va a ponerse en marcha, ¿qué más podemos esperar para saber que un fin es inminente?

Lagor retiró la mirada. Un final. Tres meses en la Isla del Equilibrio, su máxima aspiración, el honor de su pueblo por fin colmado. Una mala época.

La estancia más alta del zigurat protegía la conversación de dos figuras envueltas en amplios mantos negros, conversación que callaba mucho más de lo que decía. La figura más alta pertenecía a un joven de pelo rubio y ojos azules y gélidos, nariz afilada sobre labios finos y crueles; la otra encarnaba a un anciano de profundos ojos negros, surcado de arrugas, y del que emanaba un cinismo mortal.

–Anoche cabalgué a Moriao, como ya sabréis –comenzó Sánedri, el joven Qüemyum de Maras Dokk-. Las dos misiones se llevaron a cabo con perfección, y el Unicornio negro apenas mostró fatiga.

Tas-par sonrió complaciente.

–Sus alas se fortalecen, la vida vuelve a él, como se va de otros; el Mariscal de Boneria fue siempre ecuánime –se burló–. Dudo que los kérveros o los Asesinos Sawor logren detener a Gôlfang –añadió con parsimonia, cambiando radicalmente de tema.

–Son sólo la carnaza que pone el pescador; y hay varios pescadores esperándole en el Pico Sawor.

Sonrieron. No era mutua confianza.

–¿Está vivo?

–Quién sabe; demasiado tiempo en el exilio; si lo está, será el último –respondió con lentitud. El otro no pudo adivinar si había sido el anhelo o el recelo lo que había puesto una nota discordante en la voz de Sánedri. Ya lo adivinaría.

–Vuestros Sarib estarán preparados para el Cónclave.

–Lo estarán. Y vuestros kérveros.

Tas-par asintió con un brillo divertido; aún este juego de poder. Pero no se burlaba, no de Sánedri.

Después de tantos años, eran pocas las cosas de este mundo que contrariasen realmente a Zôrdon, y entre éstas, sin duda, la que más le incomodaba era que interrumpiesen su oración a Karas mientras contemplaba el ocaso vespertino de Lubania, la luna azulada que era el ojo de la diosa en Edeter. Su brazo era el propio Zôrdon. Sin embargo, aquella tarde había renunciado a sus oraciones para parlamentar con uno de los pocos amigos que le quedaban, y que además era el humano más anciano después de él mismo. Era extraño, pero a pesar de los largos tiempos de íntimo trato, las conversaciones con Gôlfang resultaban siempre complicadas; tal vez por eso gustaban de ellas. El sacerdote de Karos esgrimía argumentos apasionadamente, apelando a la eterna rivalidad entre los dioses para justificar sus acciones, cuando menos arriesgadas la mayoría de las veces. Pero Zôrdon sabía que en el fondo de su amigo latía un deseo de combatir más allá de sus ideas, un tanto apagado últimamente, bien es cierto, pero siempre latente, y que en ocasiones aquellas justificaban sus actos, y no al contrario. Porque para Zôrdon la lucha siempre debía ser interior, antes que externa, y cada acto debía estar meditado de acuerdo con un sentido precedente; y ser coherente con él; un cerezo no brota de una semilla de abedul. Gôlfang no lo negaba del todo; si no tenemos cerezas, por lo menos tendremos sombra.

A veces, las conversaciones entre ambos eran aún más difíciles.

Pero aquella tarde no era una tarde de discusiones. Durante cientos de años, ninguno de los dos había abandonado la isla más que para actos puntuales y protocolarios, mas en el último Cónclave se había decidido que la siguiente Asamblea se celebraría en Granshall, el hogar de Daladei, el elfo consagrado a Naraendil, y Golfang había decidido utilizar este hecho para explotar si era posible la Revelación del Heraldo de Sírom en su provecho, para lo cual debía viajar a Arodia. Pero aún faltaban dos meses para la fecha escogida, el primer plenilunio conjunto de verano, y el viaje no era tan largo. Había otras fechas importantes que tal vez requerían su presencia cerca de allí, pero el paso por el Pico Sawor podía justificarse como una etapa de su camino hacia Granshall; en cualquier caso, iba a levantar sospechas, y justificadas; precisamente eso pretendía, porque de ese modo quizá pasara inadvertido todo lo relativo al Heraldo y a su verdadera misión.

–Lagor lo ha confirmado –comenzó Gôlfang, sin más formulismos–. Esta tarde. Aunque no fue muy explícito.

La sala donde se encontraban se orientaba al oeste, por lo que los rayos del sol primaveral previos al ocaso iluminaban sus figuras y realzaban los colores de las túnicas, marrón la de Gôlfang y azul celeste la de Zôrdon. La expresión del sacerdote de Karas no coordinaba con sus vestimentas.

–No todo está definido en el Heraldo; sabes que algunos lo consideran un traidor por lo que hizo con los Iöron, y no tiene por qué estar de nuestro lado en esto. Conoce secretos que no están en los libros. –Zôrdon jamás hablaba en vano, incluso sus medias palabras contenían matices que no escapaban a oídos alertas e inteligencias vivas.

–Iöron… ignoraba que osaras pronunciar ese nombre –ironizó Gôlfang.

–Tal vez no vuelva a hacerlo; pero viene al caso –una sombra decantó sus últimas palabras.

–Diré Orondos, como ellos se hacen llamar ahora.

–Es lo que pretendo decirte: sólo una parte de ellos –puntualizó el mago azul–. Sé precavido.

–La parte que me importa –sentenció contrariado–. Y, ¿alguna vez he dejado de serlo? Pero me gustaría tener más certezas… –se contuvo, porque era la tercera vez que lo expresaba en voz alta aquella tarde–. Vigila a Sánedri –advirtió, cambiando de tema.

Zôrdon le miró divertido.

–¿Alguna vez he dejado de hacerlo? –Y sonrió de nuevo ante la expresión indignada de su amigo–. Tas-par renunció a su honor de Qüemyum por él, y renunciar no es propio de Tas-par; incluso en la derrota es capaz de la venganza. Bajo esa mirada azul se esconde un monstruo.

–Ruega por él –se vengó Gôlfang.

–Prefiero prevenir y abortar sus actos antes de que tenga la oportunidad de realizarlos –renunció a la pelea.

–Quizá mi misión pueda abortar sus intenciones.

Zôrdon no sonrió esta vez.

–Tu misión, como la llamas, escapa a mi entendimiento. Y al tuyo. Y me atrevería a decir que al de la mayoría de los dioses. No creo que tenga nada que ver directamente con la suerte de los mortales, aunque sin duda utilizará a alguno de nosotros; no puedo decirte más. Sabes que no me gusta, y discrepo de tus intenciones de tratar de atraerte al Soñador de Sentimientos, y menos de presentarlo en Granshall como algo consumado, ligado a nuestro bando…

–No trato de hacer eso –interrumpió, más a la defensiva de lo que Zôrdon hubiera deseado–. Sólo trato de impedir que sean ellos los que le descubran primero y le aleccionen a su modo.

Sostuvieron sus miradas durante mucho tiempo, conscientes de que sus posturas encontradas seguirían igual, pero sin ser capaces de exponer razones más convincentes que las que ya habían dado.

–Nos veremos en Granshall. No cometas una imprudencia en el Pico Sawor; si hay sobrevivientes, ya cumplieron su condena.

Gôlfang agradeció este nuevo tema, que le permitía relajar la tensión; menuda ironía.

–Iré solamente como observador, para estar preparado en el futuro en caso de que haya supervivientes después de tantos años; y espero, por las Águilas de Karos, que la maldita progenie alada de Maras Dokk no vuelva a infectar el aire de Edeter.

Zôrdon le lanzó una mirada que no llegaba a ser recriminatoria; no podía pretender que no le importaba aquel asunto y, Karas le perdonara, no podía estar en desacuerdo con su viejo amigo.

–En Granshall, entonces.

No hubo más despedidas.

Al día siguiente, con la marea, Gôlfang embarcó rumbo a Dianeria, la ciudad iconoclasta de Arodia, prácticamente la única vinculación de los Orondos con el mundo exterior. Cuatro caballeros eran su escolta, Caballeros de la Orden de las Águilas Blancas de Boneria, los protectores de la religión de Karos. El Capitán Cadmier les comandaba, y juntos debían escoltar al ser más importante de la creación hacia su destino. Fuese cual fuese ese Destino.