Etiquetas

Dos o tres euros con algún céntimo. Tentado estuve de introducir la otra tarjeta, pero tenía dinero suficiente para pagar mi parte de la renta y gastar hasta fin de mes, si no derrochaba en exceso. En cualquier caso, lo que tenía en el bolsillo era todo cuanto me quedaba, aparte de esa ínfima cantidad que figuraba como saldo de mi cartilla tras esta última extracción.

Eran las nueve de la mañana y, aunque aún quedaban dos horas antes de verme obligado a abandonar el hotel, recorría con paso vivo las calles del barrio viejo; el cielo gris se precipitaba sobre mi cabeza empujado por un viento helado que me congelaba hasta la garganta al respirar. La noche anterior me había dirigido directamente al hotel después de dejar a Wysława, y ni siquiera me había detenido en la basílica, inmerso en recuerdos agolpados que trataba infructuosamente de rechazar. Eran recuerdos tendenciosos que apelaban a la prudencia o a la libertad del instante, cada uno por su lado; juicios que únicamente aportaban sentencias y no argumentos, sin términos medios que disculparan la actitud que no compartían.

Wysława no era Michelle. No era, o no pretendía que lo fuese, una aventura fugaz a la que exprimir y fotografiar para exponerla en marco de plata en mis momentos tristes. Sabía que, si salía mal, si volvía a fracasar, todos los recuerdos serían tristes. Y eternos. No podía precipitarme. Y sin embargo, era tan poco tiempo. Podía imaginar un futuro con ella en España, o en Francia, o en Cracovia –esto no pasaba de ser una posibilidad nominal, más que imaginación– pero, para ser sinceros, ese futuro, que no me parecía imposible, requeriría un esfuerzo quizá mayor del que pensaba. Además, tenía que reconocer que mis sentimientos podían estar condicionados por la situación; que a pesar de su viveza y subitaneidad, hasta el momento respondían a una imagen que me pertenecía a mí, y ella podía ser completamente diferente a como la ideaba. Antes de pensar en futuros, tal vez sí valiera la pena intentar conocerla a fondo estos días, en lugar de tomar decisiones precipitadas.

Volví a recorrer el camino largo, el que pasaba por el Mercado de los Capuchinos, repleto de gente, y por la desierta plaza de la Basílica de San Miguel, por lo que no llegué demasiado pronto a mi cita. El portal estaba abierto, y emprendí directamente la subida.

Golpeé la aldaba un par de veces, por la buena razón de que no encontré el timbre.

Varios aldabonazos más tarde, Halina me observaba con ojos adormilados y resentidos.

–Buenos días –saludó–. El timbre… –señaló un botón insertado en la puerta, con el gesto cansino de la costumbre, lo que a mis ojos disculpaba el fracaso de mi búsqueda.

–He llegado un poco pronto… –comencé, dispuesto a aceptar al menos eso, pero satisfecho por haberla despertado.

–Sí –confirmó, mirándome con sorna–. ¿Qué hora es?

Me hizo sonreír.

–Si tu amigo es puntual, la hora de que llegue.

Hizo un mohín y se dio la vuelta. Me indicó que dejara la maleta en mi habitación y ella se metió en la suya. Al cabo de un minuto, volví a oír su voz.

–Voy a ducharme; si llama Miro, ábrele, ¿quieres?

–De acuerdo –dejé la maleta sin abrir y me senté en la cama.

Escuché el sonido de la ducha, amortiguado por la distancia; es un sonido que a menudo me hace olvidar el resto. Me sorprendí imaginándome el cuerpo de Halina bajo el agua, pero inmediatamente deseché la ocurrencia; los pensamientos son íntimos, pero prefería evitar tentaciones. Además, su voz no terminaba de gustarme; al menos cuando hablaba castellano, se advertían unos rasgos, mínimos pero perceptibles, demasiado nasales y agudos.

El sonido de la cerradura me sorprendió y alarmó; no podía ser Miro, y por un momento me hice la ilusión de que fuera Wysława. La puerta se abrió y se cerró en silencio. Me asomé y vi a Netko, que se acercaba con pasos tranquilos. Sonrió al verme y nos dimos la mano; traté de ocultar mi vergüenza por mis recientes devaneos mentales. Empezó a decir algo, pero rió al darse cuenta de que no era comprendido y me apretó el brazo con gesto amable. Advirtió entonces el ruido de la ducha.

–¿Halina? –preguntó, señalando con el brazo. Asentí. Se disculpó con un gesto y se dirigió al baño.

Desde mi habitación, escuché unas palabras en un idioma desconocido, y a los pocos segundos se abrió la puerta y volvió a cerrarse.

Me concentré en la maleta.

Sólo un minuto después sonó la aldaba. El timbre. El timbre. La aldaba. La aldaba… ambos se alternaron para crear un diálogo que me desconcertó por su ritmo impecable. Me dirigí a la puerta, como Halina me había pedido, después de comprobar que aquellos dos no iban a abrir.

Apareció un tipo de mi altura, con extensiones en el pelo, ancho de hombros y, a mis ojos, increíblemente feo, cuya expresión divertida se truncó de inmediato al contemplarme. Sus ojos se endurecieron y levantó la barbilla en un gesto amenazante que realmente me amedrentó.

–¿Miro? –conseguí sobreponerme, franqueándole el paso. Me observó con dureza.

–Miro –dijo con voz grave y brusca, golpeándose el pecho.

–Arturo –me apresuré, antes de que me nombrara; no sabía si me entendería, pero decidí arriesgarme–: Halina se está duchando, me ha pedido que te ayude con el español.

Se había quedado en el recibidor, con mirada inquisitiva. Me escuchó atentamente y tardó un par de segundos en responder, mientras asimilaba mis palabras.

–Tú español, ¿clases a yo? –tanteó, receloso y hosco.

–Halina me ha pedido que le ayude, sí, a darte clases –confirmé, y extendí una mano que estrechó sin fuerza.

–¿Y Halina? –exigió, como si yo fuese el culpable de sus males.

–En la ducha. Duchándose –acompañé mis palabras con gestos, y pareció entender–. Ahora sale y empezamos.

–¿En la ducha?, ¿ahora sale?, ¡ah! –y entonces sonrió con toda su boca, y volvió a estrecharme la mano con excesiva cordialidad–. Arturo –me señaló, y volvió a sonreír ante mi confirmación–. Tú profésor, sí; yo a España el mes que viene, yo músico, percusion –se lanzó, y golpeó las paredes y las puertas sacando ritmos vivos de cada lugar. Recorrió así todo el pasillo hasta el salón, conmigo detrás sonriendo cortésmente cada vez que se volvía con toda su sonrisa–. Músico, percusion.

Creo que disimulé bastante bien, porque después de treinta segundos todo aquel jaleo empezaba a ponerme dolor de cabeza. La puerta del baño se abrió, y Netko apareció sonriente bajo su pelo húmedo.

–Miro –saludó ofreciendo la mano.

–¡Amigo! –le correspondió el turco, estrechándola con energía, y lanzándome a mí una mirada de triunfo.

Parlamentaron un rato en otro idioma desconocido, hasta que Miro se volvió hacia mí.

–Yo conozco, Arturo, profésor –me señaló sonriendo y acentuando la penúltima sílaba.

Halina apareció con el pelo húmedo y le dio dos besos. Bromearon unos segundos en torno a mi persona y luego ella dijo con fingida candidez:

–Examina un poco su nivel y prepara tu método mientras termino de secarme el pelo.

Le clavé una mirada asesina que correspondió con una carcajada, y precedió a Netko al abandonar el salón.

Los cinco minutos siguientes los pasé escuchando las aventuras eróticas de un músico turco–búlgaro de veintitrés años con las mujeres españolas de la costa malagueña.

No fue mejor la clase con Halina; ambos intercambiaban continuamente frases en francés y en búlgaro –me enteré de que ella había estudiado filología eslava–, mientras yo me esforzaba por corregir la caótica pronunciación de Miro. Más que una clase de español, aquello era un corro de cotillas donde cada uno contaba su vida y la ajena, y así me enteré de que Miro era músico –como no dejaba de demostrar–, y que tocaba igualmente en salas y bares, donde al parecer era bien recibido, como en la calle, para lo que tenía licencia.

–Pero hoy frío, ayer llueve, ¡bah!, mal, no dinero para pensión; fin de semana próximo tocar en pub, elegante, ciento veinte euros dos horas –explicó satisfecho, orgulloso de su arte.

Veinte mil pelas por dos horas me parecía motivo suficiente para estar orgulloso.

El tiempo pasó, llegaron las once y media, y se despidió hasta el día siguiente, si podía, porque ahora tenía que tocar un rato.

–Hasta mañana, amigo –dijo, mientras Halina le acompañaba a la puerta.

Ésta regresó al salón con una media sonrisa irónica.

–Un gran tipo –alabó. Me callé varias impresiones acerca de su chulería, su machismo, sus exageraciones inverosímiles y su brusquedad, pues a pesar de todo estaba de acuerdo con ella.

De improviso, fingiendo una absoluta seriedad, cambió de tema.

–¿Qué nos vas a hacer de comida?

Yo no había olvidado el trato y en verdad había pensado hacer un cocido, siempre y cuando, aunque mi madre se espantara si llegara a escucharlo, pudiera encontrar garbanzos de bote. Necesitaría su ayuda para hacer la compra.

–No sé a qué hora comerás tú, pero Wysława sale a la una y vuelve a las dos, y no creo que quieras que se lo pierda –ironizó, dejándome sin palabras. Sonrió compasiva–. Unas sopas de ajo y unas buenas tortillas de patata con chorizo frito te sacarán del apuro –sugirió–. Hay un par de tiendas españolas que venden chorizo –me informó alegremente, sólo para añadir con sorna–: pero es caro. Aunque a Wysława le encanta.

Aquella no era la comida que yo hubiera preferido –no me gustan las sopas de ajo y no sabía si conseguiría prepararlas adecuadamente–, pero estaba dispuesto a intentarlo; hicimos la lista de la compra, –añadí jamón para las sopas, sólo por su precio–, y salimos a la caza de víveres.
Halina resultó ser una cocinera poco aplicada en el trabajo pero excelente a la hora de dictaminar el punto exacto de sabor, y debo concederle el mérito de que incluso a mí me agradaran las sopas. Insistió en dar la vuelta a la primera tortilla, pero pudimos reconstruirla, poniendo la parte más fea hacia abajo. Freímos el chorizo cuando llegó Wysława, para que no se enfriase. Halina fue a despertar a Netko, que, según supe entonces, era taxista con turno de noche, aunque habitualmente terminaba a las siete y no tan tarde como hoy.

–¡Humm, qué olor más rico! –Wysława se acercó al plato, donde la grasa aún crepitaba un poco–. ¿Puedo?

–¡Buenos días! –increpé con gesto falsamente ofendido, y ella rió y se acercó para darme dos besos.

–Perdona, buenos días, es que tengo un hambre terrible –enfatizó las palabras y cogió una rodaja caliente.

–Había pensado hacer un cocido, pero no calculé bien el tiempo. Otro día –me disculpé.

–Esto está más que bien, gracias. Me llevo los platos.

Asentí mientras sacaba la última tanda de chorizo de la sartén, y yo mismo los llevé a la mesa junto a la fuente de la sopa. Me crucé con Halina por el pasillo.

–¿Falta algo?

–La tortilla, los vasos y el vino –habíamos adquirido una botella de Ribera que, junto al resto de la compra, había compensado con creces lo que me había ahorrado en el precio de la habitación.

Netko apareció despeinado y sonriente, con ojos adormilados que observaron el trajín con aprobación. Se perdió en el pasillo.

Coloqué las fuentes donde me indicó Wysława y esperé mientras ordenaba las sillas.

–Siéntate aquí –sugirió–, esos dos son un poco maniáticos con sus sitios –añadió lo suficientemente alto como para que lo oyese Halina, que venía con las tortillas.

–Y bien que os viene –se burló; me senté junto a Wysława–. No os quedéis ahí y traed el vino y los vasos, allez, allez!

Fuimos juntos. Netko seguía perdido. La dejé pasar a la alacena.

–¿Qué tal el trabajo esta mañana? –pregunté mientras alargaba la mano para alcanzar el vino.

No se detuvo mientras cogía los vasos.

–Bien, pero un poco cansada, aún me quedan tres horas; pero peor sería el último turno, de cinco a una y fin de semana.

–¿Entras a las ocho?

–De ocho a una y de dos a cinco; si todo va bien, porque a veces tenemos que hacer horas.

Meneé la cabeza a ambos lados.

–Esto de trabajar es un asco –confirmé, apretando los labios con gesto resignado–. Menos mal que algunos estamos de vacaciones –lo que me hizo recibir un desenfadado golpe en el brazo, tras lo cual nos echamos a reír.

–¡Ese vino!

Intercambiamos una sonrisa cómplice y volvimos al salón.

La comida, dadas las circunstancias, fue rápida. Las sopas de ajo terminaron de quitarnos el frío que no podía combatir la estufa y Wysława engulló la mitad del chorizo ella sola, mientras nosotros casi la jaleábamos.

–Te vas a poner como una ballena, adelante –animaba Halina, que ciertamente tenía mejor figura.

Sin embargo, no se acabó su tortilla, aunque finalmente no sobró nada. El vino terminó de rematar la fiesta. Así las cosas, las conversaciones no fueron muy fluidas, habida cuenta de que además había que traducírmelas, ya que ellos hablaban naturalmente en francés; de eso se encargaba Wysława, cuando no tenía la boca ocupada en más provechosos quehaceres, y pronto volvió a polarizarse la relación, con Netko y Halina hablando en búlgaro y nosotros dos intentándolo en castellano. Durante los últimos diez minutos, sólo una vez se quebró la estructura, cuando Wysława se dirigió a los otros para informarles de que aquella noche había invitado a unos amigos comunes a cenar; se trataba de tres rusos a los que habían conocido en la vendimia, según me tradujo más tarde. Me iban a encantar.

–Sobre todo Natalia –apuntó Halina maliciosamente.

Wysława trató de restarle importancia, pero descubrí un temor fugaz en sus ojos. Aunque no la conocía, me prometí que no permitiría que esa tal Natalia se interpusiera. Con esta seguridad, esperé ansioso el momento.

A las dos menos cuarto terminamos oficialmente la comida. Sacaron los cigarrillos y yo me resistí heroicamente. Netko se dispuso a recoger la mesa, pero esta vez fui yo el que se lo impedí, tras lo cual me lo agradeció y se retiró a su cuarto para seguir durmiendo; aquella noche trabajaba. Halina también se retiró, tras asegurarle que yo me encargaría de fregar, a lo que accedió con un encogimiento de hombros. Durante unos pocos minutos tendría para mí solo a Wysława.

Ya me había dicho que saldría a las cinco, así que me ofrecí para ir a buscarla y tomar algo, si le apetecía. Su expresión me desconcertó, pues abortaba de repente todas mis esperanzas; quizá me estaba precipitando; había estado demasiado seguro de que ella me correspondía de alguna manera y, cuando comenzó a titubear, me apresuré a disculparme y disculparla. Pareció asombrada por mi reacción, lo cual me desconcertó más, y hubiera sonreído de no impedírselo una repentina timidez.

–No, sabes, sí quiero salir contigo a tomar algo… pero es que ya había quedado en ir a un sitio –comenzó; me planteé entonces si ya tendría a alguien; quizá por eso Halina se mostraba tan irónica, incluso sarcástica, con nuestros acercamientos. No es que me sorprendiera; Wysława me parecía muy hermosa, con una belleza más propia bajo la más evidente. Pero no se me había ocurrido, así de simple. Aún titubeó un par de veces, insegura de lo que fuera a decir; mi expresión debía ser de absoluta perplejidad y desamparo, porque cuando me miró a los ojos sonrió e hizo un movimiento indefinido con la cabeza–. Es que, bueno, desde hace un tiempo la situación de la gente sin papeles se está haciendo más complicada, en toda Europa, en realidad, ya lo sabrás, pero en Burdeos el mes pasado arrestaron y expulsaron a cientos de rumanos y unas cuantas personas se han encerrado como protesta…

De repente me acordé.

–¿En un local frente a una iglesia en una plaza cerca de aquí?

Me miró con sorpresa y una sonrisa cálida mientras trataba de interpretar mis indicaciones.

–¿Cómo sabes…?

Le expliqué mi paseo –no su finalidad–, y que había colaborado con dos euros, y le pedí más información. No me apetecía en absoluto verme mezclado en todo aquello, pero se merecía una oportunidad.

–Cada día hacen asamblea, ya sabes, para decidir qué se puede hacer, apoyos, comida…; suelo pasar después del trabajo, más que nada porque necesitan ver que hay gente detrás –y su caída de ojos me convenció donde no llegaba mi solidaridad.

–¿Puede ir cualquiera? –solicité, fundamentalmente para estar junto a ella. La última vez que había hecho algo así no me había arrepentido. Su rostro se iluminó; quizá me molestaba un poco tanta candidez, pero preferí pensar que su ilusión porque la acompañara se debía a la misma razón que mi interés por ir.

–Claro, son asambleas abiertas a todo el mundo.

Así pues, quedamos en que pasaría a las cinco por su bar y que luego iríamos juntos a la asamblea. Confiaba en pasar algún rato a solas.

Se puso el abrigo beige y se marchó corriendo, no sin antes despedirse en medio de una animada sonrisa.

Volví a quedarme solo y poco a poco fui recogiendo los restos del banquete. No me gusta fregar, pero unos guantes de goma me evitaron en gran parte la repugnancia que me invade cuando meto las manos en el agua sucia llena de residuos. Fue extraño, pero sólo cuando terminé me sentí como en casa.

Y de pronto me di cuenta de que aún tenía en mi bolsillo el dinero del alquiler.

De nuevo apareció Halina en el momento justo. Estaba medio dormida. Cogió un vaso recién lavado, musitó una disculpa, lo llenó de agua y lo apuró.

–Odio fregar –farfulló, dejando el vaso en la pila–. Y odio tener que marcharme a estas horas –añadió con una mueca de desprecio–. Pero el trabajo es el trabajo –filosofó aburrida. Me sorprendió, porque no sabía que trabajase.

–Aparte de las clases de español –comenzó, mirándome retadora–, doy clases de inglés en una academia, de tres a cuatro y media –me miró largamente antes de continuar–. Tuviste suerte ayer de que me durmiese –añadió, y no pude percibir el menor asomo de ironía, sarcasmo o burla de ningún tipo. También yo me puse serio, sin saber bien por qué–. ¿Crees en el destino? –insinuó, acercándose a menos de treinta centímetros. Pasó a mi lado sin dejar de observarme.

–Tengo que daros el dinero –intervine, cansado de aquel juego al que no veía la gracia, y también para tratar de descolocarla.

–¿Te fías de mí? –recuperó su ironía más rápido de lo que llegué a percibir. Y además había vuelto a poner el dedo en la llaga–. Ya nos lo darás cuando volváis de vuestra cita –aconsejó, en un tono que no logré identificar por completo.

Podía haberme negado a que me manejara como a un peón; podía darle el dinero sin más. Pero era cierto que no me fiaba de ella, menos en aquel momento.

–De acuerdo, luego os lo doy –se marchó riéndose. Y me dolió, porque había percibido claramente un destello decepcionado.

Me marché a mi habitación y me tumbé. Puse la alarma del móvil a las cuatro y media, por si acaso, y lo dejé en la mesilla junto a las gafas. Al cabo de un rato escuché la puerta de la calle. Fue lo último antes de dormirme.
Donde había habido esterillas y sacos de dormir, se apretaban ahora una docena de filas, de a diez en fondo, de sillas de madera plegables, todas ocupadas, y a su alrededor una multitud de gente de pie. Habíamos llegado a tiempo de no disfrutar de silla, pero lo justo para estar en primera línea entre los pedestres. Me sentía atrapado. Lo único positivo, y en verdad compensaba las apreturas, fue que nuestros cuerpos generosos se hallaban más juntos de lo que lo habían estado hasta entonces.

Me aferré a esa concepción orgánica de la existencia mientras a mi alrededor se desarrollaba el infierno. Una sola palabra comprendida me hubiera bastado para sanarme.

Al principio, Wysława había intentado traducirme al menos lo que se decía en francés, pero ni siquiera ella entendía todos aquellos acentos que abortaban palabras y sonidos y, me temo, también las ideas, o al menos su intercambio; muy pronto, lo que comenzase con intervenciones reposadas que se cruzaban dubitativamente, reventó en una cacofonía orgiástica que todos alentaban con frenesí, lanzándose miradas, gritos y dedos acusadores que no llegaban a clavarse en el destinatario por puro instinto de conservación de la naturaleza. Podría pensarse que la mayoría de aquellas personas eran extranjeros y que sus costumbres bárbaras, unidas a su natural tendencia a la agresividad, justificaban plenamente aquel desmadre. Desde mi punto de vista de español, podría pensarse, ya que todas aquellas personas, incluyendo la mitad puramente francesa, contribuían con el mismo ímpetu al fondo común de alaridos impenetrables por cualquier tipo de idea. Pero, lamentablemente, no podía exhibir la bandera del orgullo en este caso; durante mi etapa de relación con aquella joven decididamente solidaria y comprometida, yo mismo había participado en asambleas similares con los grupos sociales vallisoletanos, y no habíamos desmerecido en absoluto en lo tocante a la mala baba y aire pulmonar más o menos articulado.

Lo cierto fue que me sentía mal. No se trataba de asfixia, física o de otro tipo, por lo opresivo del ambiente, ni de temor a que aquello terminara estallando en violencia; lo más probable sería que, una vez soltada la energía sobrante, alguien recondujera la situación hacia cauces más constructivos y seguramente se llegase a alguna conclusión, siquiera menor. Esto temía; Wysława podía preferir aguantar el chaparrón hasta el final y esperar a momentos más lúcidos, con lo que aquella tarde estaría definitivamente desaprovechada.

Pero mis temores sufrieron un repentino desplome al sentir su mano fina en mi antebrazo; encontré su mirada melancólica más triste de lo habitual, casi abatida en mitad de aquella tormenta, y bajé mi cabeza hasta ponerla a la altura de sus labios. Su aliento cálido me reconfortó.

No habíamos sido los primeros en abandonar la asamblea, pero así y todo nos vimos obligados a emplear los codos para atravesar la multitud que teníamos detrás. Encabezaba la marcha debido a mi mayor corpulencia, y le había cogido la mano para impedir que la muchedumbre nos separara.

Al mirarla de nuevo a los ojos, estuve tentado de sugerirle que volviésemos dentro, que pronto todo se solucionaría, al menos en las formas, y que no debía deprimirse por unos minutos de desencuentro. Estuve tentado. Tentadísimo. En vez de ello, la atraje hacia a mí y traté de consolarla mientras se disculpaba por el espectáculo, como si fuese culpa suya la impotencia humana.

–¿Te invito a un café? –sugerí, pues no me gustaba verla en aquel estado.

Me miró un momento y se echó a reír.

–Puedes invitarme a cualquier otra cosa –bromeó, y sólo tardé un segundo en cogerlo.

–Iremos a algún sitio donde no hayan oído hablar de café ni de ordenadores –secundé, y comenzamos a alejarnos.

Asintió sonriendo y caminamos un rato. Al cabo, movió la cabeza con energía y me miró con gesto incrédulo.

–Es que no lo entiendo; todos queremos lo mismo, todos estamos contra las mismas cosas y no somos capaces de ponernos de acuerdo –se detuvo un instante para buscar mi aprobación, que me apresuré a dar con convencimiento gestual, bien qué resignado, y se puso repentinamente seria–. Pero…

Asentí.

–No quiero hablar de política contigo –susurró.

Respondí a su abrazo.
Así que no volvimos a hablar de política durante toda la tarde. Nos sentamos a una mesa en el fondo de un bar y, alrededor de unas cervezas, nos contamos nuestras vidas con todos los detalles que consideramos dignos de mención.

Wysława me habló de su familia, que cultivaba unos terrenos en la frontera con Ucrania, de las penalidades del campo y de su decisión de acudir a Cracovia para estudiar filología polaca, sobreviviendo como camarera mientras terminaba sus estudios. Me habló de escritores polacos, que yo desconocía por completo, incluso sus premios Nobel, y se burló al preguntarme si al menos había oído hablar del Papa. El resto, añadió, ya me lo había contado el primer día: cómo había aprovechado la oportunidad de ganar un buen dinero en la recogida de la fresa en Huelva y, esto lo confesó con una sonrisa displicente, cómo se había sentido enamorada y se había quedado; resultó ser una aventura poco edificante, pero, ya que estaba en España, se propuso aprender el idioma –había estudiado un curso en la universidad, aunque su segunda lengua era el francés–, y había trabajado en lo que había podido, básicamente de empleada de hogar, durante un año. Regresó a Polonia, donde, tras una temporada con su familia, había decidido regresar a Cracovia, y allí se reencontró con Halina, a la que conocía de los tiempos de la universidad –sólo que ésta no se había visto obligada a trabajar mientras estudiaba, ya que sus padres se ocupaban de eso–. Halina quería perfeccionar su francés y, por alguna razón, financiarse ella misma el viaje, de modo que juntas decidieron aprovechar la oportunidad que les ofrecía la vendimia en Burdeos y se marcharon por un par de meses. Llevaban ya dos años. Ahora ella tenía veintisiete –los cumplió en julio–, y llevaba en aquella casa año y medio, junto a Netko y Halina, alquilando la habitación restante siempre que era posible. Estaba bien, porque se ayudaban unos a otros cada vez que alguno se quedaba sin trabajo, y habían llegado a ser buenos amigos. Halina era buena gente y en todo este tiempo había sobrevivido por sus propios medios, sin pedir ayuda a sus padres, dando clases, traduciendo a veces, e incluso cuidando niños o vendimiando. Netko era encantador y había desempeñado todos los oficios que se me pudieran ocurrir.

Tras aquella descripción tan amable, me llegó el turno. No quería aburrirla, y desde luego mi vida no había sido tan ajetreada, o al menos tan precaria. Hasta que suspendí la mitad de las asignaturas del segundo curso de económicas, mis padres habían sido relativamente benevolentes con mis costumbres crematísticas, pero entonces mi padre se cansó y dejó de financiarme los estudios, eso sí, brindándome la oportunidad de seguir en casa y trabajar a media jornada en una fábrica de escayolas de un amigo suyo. Tras cinco meses de tragar polvo y pasar frío en una nave ilegal, me embarqué con un amigo informático y mis exiguos ahorros en una empresa de reparación y venta de ordenadores de segunda mano que, además de apartarme definitivamente de la universidad, me dejó con una deuda bancaria por varios años. Así pues, y gracias a otro amigo, conseguí entrar como peón en una empresa de colocación de pladur, donde pasé tres años recorriendo la península, luego el paro, los cursos del INEM, clases de español y el vía crucis de trabajos temporales, de comercial y en la construcción, hasta recalar en una cooperativa agrícola como contable, en la que me admitieron porque mi cursillo afirmaba que podía realizar el trabajo por una miseria.

Hasta ahí las confesiones –aunque, a decir verdad, es posible que no fuera tan crítico en lo que se refiere a mi situación económica; pretendía enamorarla, no que me echara monedas–. En cualquier caso, tampoco exageré en exceso, pues me sentía cómodo en su compañía y estaba seguro de que, a no tardar, terminaría sincerándome por completo.

Ella también se fue relajando, y cuando terminamos nuestras historias nos encontramos cogidos de la mano, observándonos para convencernos de aceptar lo que nos sucedía.

–¡Olga! –murmuró entonces, con una risa que desmentía sus remordimientos–. Olvidaba que vendrían a cenar Olga, Anatoli y Natalia –miró su reloj con desaprobación–. Vámonos, o no me dará tiempo de preparar nada antes de que lleguen.

Eran las siete pasadas, y yo aún no me había acostumbrado a los horarios franceses. No vi tiendas abiertas, y mi sugerencia de adquirir unos kebab para llevar fue rechazada entre risas; era una cena informal y se limitaría a preparar unas pizzas caseras, pero tenía que descongelar las masas precocinadas y luego hornearlas. Había quedado con ellos a las ocho.

En cualquier caso, nos tomamos nuestro tiempo. Caminábamos juntos, casi apretados, y nuestros dedos se entrelazaban aún incompetentes. No había anochecido todavía, pero las nubes ocultaban el sol, amenazando de nuevo con la misma lluvia torrencial que tan buena suerte me había deparado. Sin poder evitarlo, sonreí.
Se juntaron tres factores: por un lado, que me estaba enamorando de Wysława y pretendía seguir así; en segundo lugar, la promesa íntima que me había hecho durante la comida; y el tercero, y más peligroso, que no podía permitir que me venciesen Halina y su cinismo. Tres razones que tuve que tener presentes durante todo el tiempo que duró la cena.

Olga parecía una oficinista, con su pelo liso, rubio y mate, y las gafas que resaltaban su expresión afanosa y metódica; Anatoli, su marido, miraba todo con afabilidad silenciosa y apática, como si sus nervios no transmitieran al cerebro nada del mundo exterior. Natalia era perfecta. Cuando digo perfecta, me refiero a que se trataba de una de esas personas que pueden enamorar a todos y a todas por igual con el mínimo trato; ésta es una cualidad que supera la armonía de sus facciones y que sin duda se remonta a un arquetipo universal humano. Una mirada naturalmente cálida, una sonrisa espontánea que parece fluir expresamente para el que la observa, una palabra delicada que trasciende el sonido y toca directamente la emoción. Todo esto, en Natalia, se sumaba a una figura que exponía su equilibrio femenino a pesar de que no hacía nada por resaltarlo; aquel recato en el vestir, en las maneras, en la expresión, acentuaba el erotismo, y no me equivoco cuando afirmo que incluso Netko perdía su serenidad.

No era extraño que Halina la odiara. Lo demostró en la forma en que le brindaba una atención especial, dándole a menudo la razón para quitársela de manera supuestamente inadvertida un minuto más tarde.

Fue un enfrentamiento sugerente, durante el cual Halina se me reveló renovadamente excitante; a decir verdad, no era descartable que todo aquel juego se hubiera desencadenado por mí; a Netko ya le tenía, y Anatoli no le interesaba; yo era el nuevo, y era con su amiga con quién comenzaba una relación.

Ignoro si Wysława era consciente de todo aquel movimiento; estaba en su casa, entre amigos, y era obvio que, aunque yo admiraba a Natalia –ella también, y todos–, mis atenciones se las dediqué a ella durante toda la cena. Respecto a la actitud de Halina, si la había notado, seguro que ya estaba acostumbrada a sus intentos de autoafirmación.

Creo, por tanto, que superé la prueba. Escuché con interés todo lo que Wysława me decía, traduciéndome pacientemente mientras trataba de compartir aquellos momentos con sus amigos; el interés no radicaba en que Anatoli trabajara de repartidor de bebidas, en que Olga lo hiciera de azafata de congresos –ambos tenían permiso de residencia permanente–, o Natalia dominara cinco idiomas y a veces sólo consiguiera trabajo en el servicio doméstico; el interés nacía de que disfrutaba escuchándola, siendo su objeto de atención predilecto, y atesorando sus miradas cada vez más intuitivas y personales. Supongo que allí, enfrentada sin pretenderlo a aquellas otras mujeres, se confirmó como la única persona que me despertaba sentimientos que creía haber perdido.

La noche declinó lentamente tras la cena. Netko fue el primero en abandonarnos, ya que comenzaba la jornada a las diez. Las conversaciones aún se prolongaron una hora más, pero al fin los rusos se despidieron, no sin prometer que pronto tendríamos que repetirlo –me incluyeron expresamente–, esta vez en su casa. Me apunté encantado, deseándoles buenas noches en su idioma; fue lo primero y único que me atreví a ensayar; tal vez en otra ocasión osara interpelarles acerca de la pronunciación de algún sonido para mí intransitable, pero de momento eso fue todo. Wysława me miró con gesto interrogante y divertido en cuanto cerró la puerta, y le expliqué mis pinitos con la lengua de Tolstoi; ella misma lo hablaba apenas y pasamos un rato entretenido intentando mantener una conversación rudimentaria que no prosperó, pero que trascendió en risas que fortalecieron nuestra intimidad.

La hubiera besado. Y ella a mí.

Halina interrumpió el momento; su mirada de asombro se prolongó en sincera disculpa cuando abrió la puerta del salón y nos descubrió en el trance. Intentó bromear, incitándonos a seguir, que no miraría, pero ya no era lo mismo; no porque hubiera menguado el deseo, sino porque ninguno nos atrevíamos a dar el paso definitivo que iniciara formalmente un nuevo nivel en la relación, permitiendo que fueran las circunstancias las que llevaran las riendas. Era absurdo; hacía tiempo que me había prometido que sería yo quién marcara los pasos de mi vida –hasta donde pudiera– y ahora volvía a ser un chiquillo temeroso.

Halina regresó al salón, perfectamente maquillada, y nos miró exactamente como nosotros nos veíamos. Movió la cabeza con incredulidad.

–Os dejo solos –sugirió, sin detenerse en ninguno.

Si había creído que eso nos desataría, se equivocó de media a media. Tan pronto como desapareció por la puerta, Wysława se levantó y encendió un cigarrillo. Acto seguido, se disculpó y se encerró en el baño.

–Creo que estoy cansada –se excusó al volver al salón. Su mirada estaba tan tensa como seguramente estaba la mía–. Mañana madrugo –explicó sin necesidad.

Sonreí comprensivamente, a pie firme junto al televisor.

–Claro –asentí–. Buenas noches.

–Buenas noches –se despidió, con una sonrisa tímida que no se decidía a encarnar decepción o alivio.

–Descansa –acepté, nombrándome cobarde, pero sin pretender hacer nada por evitarlo.

Permanecí en el salón unos minutos. Sabía que había perdido una oportunidad; con otra persona no hubiera abandonado y confiaba en que esa renuncia nos permitiera explorarnos más lenta y fundamentalmente. Algo quedaba en mí de la herencia cristiana.

Mis pasos decididos me llevaron directamente a mi habitación, sin atreverme siquiera a mirar la puerta de Wysława. Con total seguridad hubiera llamado.