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Me decanté por un hotelito de dos estrellas que por cinco euros más prometía al menos cierta higiene que no aparentaba ninguna de las pensiones. Alquilé una habitación por un día, dispuesto a encontrar otro alojamiento para lo que restaba de mes, ya que con el dinero que me quedaba no podía permitirme hoteles de ningún tipo y, por otro lado, esa era la fecha final que me había marcado para mi regreso a España. Ya era jueves, así que lo primero de todo, antes incluso de refugiarme en aquella cama tan sugestiva, debía ser incidir en mi coartada y darme tiempo, lo que fuese, antes de idear alguna otra excusa que me eximiera de aparecer por la oficina.

Encendí el móvil, superando la vacilación que me provocaba el recelo de que en ese mismo momento llamara Juan; encontré tres llamadas perdidas, dos de las cuales eran suyas. Me apresuré a telefonear a Inés, confiando en que a estas horas se encontrase sola en la oficina. Debía ser todo lo convincente que supiera.

Contestó enseguida, y suspiré aliviado, notando al mismo tiempo la velocidad de mi corazón. Se mostró tan atenta como siempre, interrogándome por mi madre y por mi propia salud; la tercera llamada había sido suya, a instancias del jefe. No, no se encontraba allí, pero me había llamado; lo sentía, pero en el hospital prohibían la utilización del móvil, acababa de ver las llamadas, aduje.

–¿Sabes de qué se trataba? –inquirí, tratando de llevar inmediatamente el tema hacia lo profesional–. Si se trata de algún pago, puedo efectuarlo desde aquí, si me proporcionas los números de cuenta; tengo el resto de la mañana libre para acercarme al banco –añadí, aparentando dominar la situación.

–No te preocupes por los pagos; son cuatro tonterías que pueden esperar un par de semanas –refutó; luego, en un tono más confidencial–. No sé exactamente qué querría, pero dijo algo de un ingreso, que estuvieras al tanto…

–¿Un ingreso? –me sorprendí–, eso puede hacerlo él, ¿no? ¿Te ha dejado ahí el dinero? –la última pregunta fue un tanto exasperada; bastante había perdido ya, y me espantaba la repentina idea de poder perder otra suma sin siquiera llegar a tocarla.

Incluso Inés se sorprendió ante mi reacción.

–No, no, no sé nada, aunque creo que ya lo ha efectuado; parecía muy interesado en hablar contigo –confesó, aunque en su voz pretendidamente relajada se mezcló una curiosidad que me negué a satisfacer; quizá estuviese un tanto brusco.

–Bien, Inés, gracias; si aparece por la oficina esta mañana, dile que hasta la una, de no surgir complicaciones, podrá localizarme en este número; creo que podré reincorporarme el lunes, pero volved a llamar si sucede algo, que yo miraré las llamadas de vez en cuando. Venga, Inés, hasta luego, y gracias otra vez por todo –añadí, colgué y desconecté el móvil de inmediato.

Mientras pensaba en las palabras de Inés, un sudor frío me paralizó en la silla. Juan me había descubierto, no cabía duda. El hecho de que fuese prácticamente imposible no representaba ningún obstáculo para la realidad, que airea los crímenes con total indiferencia. Habían descubierto el desfalco –por primera vez lo llamaba así, anticipándome a la justicia–, y ahora vendría a por mí.

Durante un tiempo ignoto permanecí clavado en la ventana, mirando sin ver ni pensar la pared de ladrillos del patio interior; la simple sensación de vacío y culpabilidad, o sólo vacío, o solo culpabilidad, o impotencia, o incredulidad, o apatía simplemente, me petrificó y me dejó inerme. Pero me sobrepuse, abriéndome paso a través de mí mismo para aducir los motivos que me permitieran al menos levantarme de la silla, quitarme las gafas, acostarme.

No sé ni es posible que sepa todo lo que se mezcló en mi cabeza mientras me dormía, preludio de sueños inquietos que sin embargo no llegaron a ser terribles; me estaba volviendo cínico por dentro antes que por fuera. Lo cual era un alivio.
Cuando desperté, lo primero que me sorprendió fue la hora, pues las tres de la tarde no concordaban ni con la intuición que tenía de haber dormido demasiado, ni con la oscura penumbra que poblaba el cuarto; encendí la lámpara de la mesa y me acerqué a la ventana; saqué la cabeza para mirar al cielo, superando los cinco niveles de patio enladrillado que arrinconaban mi habitación a ras del enlosado vítreo, en el que destacaban las huellas de la lluvia reciente. El aire olía a humedad y los cúmulos de la mañana cubrían el recuadro de cielo mientras se tomaban un respiro. Cerré la ventana y volví a sentarme.

No me habían descubierto, era absurdo. Juan querría hablar conmigo porque yo era el contable, y todos los jefes piensan que sus contables deben estar localizados. Es una perversión como otra cualquiera. En todo caso, aún se podía leer una muestra de confianza: el buen hombre había metido su dinero en una cuenta a nombre de otra persona, y quería asegurarse de que esa persona se había enterado de que estaba en sus manos, de que era su responsabilidad. Casi me hizo sonreír esa candidez sociolaboral; no pude dejar de notar la amarga ironía del caso, ya que esa cándida confianza estaba bastante bien fundamentada en cuanto a mis intenciones, y sin embargo se desarmaba en el momento en que aplicábamos criterios técnicos.

Así pues, no había por qué variar los planes; el lunes confirmaría el ingreso con la tarjeta, y llamaría para tranquilizarle y así darme más tiempo; incluso exigiría algún número de cuenta para efectuar algún pago, dando muestras de que seguía con mi trabajo incluso a aquella distancia –que ellos creían mucho más corta–.

Dado que era la hora de comer, me preparé para ello. Suponía que hacerlo en un auténtico restaurante francés me costaría demasiado, y era posible que a aquella hora no me sirvieran, por lo que preferí acercarme a un árabe de los que había visto el primer día en la frontera de St. Michel. Saqué el paraguas de la maleta, preparado para pasar toda la tarde. Tenía muchas cosas que hacer.

Devoré un enorme plato de cuscús con cordero y verduras y disfruté de un té verde con menta, todo por siete euros. Lo viví como un triunfo, un auténtico placer gastronómico en un entorno agradable; al entrar, me di cuenta de que era el único occidental –me sentí ridículo al pensarlo–, e incluso temí que me impidieran la estancia con alguna excusa del tipo club privado; al contrario, me atendieron con suma amabilidad, se esforzaron por entenderme a pesar de mi acento –también aquí me identificaron inmediatamente como español– y tuvieron paciencia cuando les pedí que me escribieran el precio. Dejé propina. Por otro lado, se vieron obligados a cambiar varias veces de canal ante las imágenes que ofrecían las televisiones, algo que aprecié porque no me apetecía atragantarme con la comida. Noté más tristeza que ira –aunque había ambas– en sus miradas ante las noticias de Palestina, que por otro lado no entendí, y cuyas imágenes también suprimieron en cuanto se tornaron violentas, lo que se produjo en breves instantes.

Abandoné el lugar bastante antes de las cuatro y, para entonces, ya había meditado mis pasos siguientes. Había alquilado la habitación por un solo día, para obligarme a agilizar la búsqueda de otro alojamiento. Lo primero era conseguir un periódico que me informara de las oportunidades, aunque en mi cabeza había concebido un par de ellas que solían resultar: o bien una familia de acogida, que vería con buenos ojos alquilar una habitación a una persona respetable –y yo lo era, además de parecerlo–, o bien una habitación en un piso compartido, lo que resultaría más complicado debido a la brevedad de mi estancia. Lo que tenía claro era que no iba a meterme en cualquier sitio. El albergue quedaba descartado y no podía estropear el recuerdo de Michelle acudiendo a ella para mendigarle una cama –que no sería su cama–. Cualquier solución pasaba, y eso era irrefutable, por encontrar no sólo un periódico, sino alguien que me ayudara a traducirlo y me ayudara con las gestiones. Eliminado nuevamente el albergue –y de inmediato también la Oficina de Turismo, a menos que me viera muy mal–, el recurso más sencillo siempre sería entrar en un bar español y solicitar allí su ayuda. Y el lugar más cercano para ello era St. Michel.

Me introduje en el barrio. La lluvia lo había lavado sin arrancarle un gramo de grisura, pero la nitidez de la piedra mojada le confería una realidad más angulosa y a la vez más serena, una extraña sensación de viveza no amenazante, de respiración reposada y energética. Caminaba sorteando los pequeños charcos formados en el empedrado, y con la vista puesta en los rótulos de los comercios y bares por los que pasaba. Derroché un par de oportunidades sólo para prepararme anímicamente, y penetré en el tercer bar con rótulo español y carteles paelleros.

A aquella hora, estaba prácticamente vacío; era más bien una tabernilla, con carteles taurinos en las paredes, que albergaba un par de clientes sentados a las mesas y un joven muy moreno tras la barra. Vi un par de periódicos, uno de ellos deportivo.

–Buenas tardes –saludé, calibrando mi seguridad.

Los tipos de las mesas dirigieron sus miradas cansinas hacia mí, y el muchacho me observó aterrorizado. Se acercó a regañadientes cuando tomé asiento. Ya en aquel instante intuí que no iba a resultar tan sencillo.

–¿Hablan español? –inquirí con un atisbo de esperanza.

Recibí una mirada aún asustada pero también un poco molesta, y luego una retahíla de sonidos que identifiqué a duras penas con el francés. En realidad no llegué a desentrañar el origen del muchacho, si francés, árabe, o español desnaturalizado. Sólo después de un rato entendí que se esforzaba por hacerme comprender algo, de modo que le alenté con una sonrisa que él devolvió, animándose. Creo que más o menos me enteré.

–No español… comprar… compro –insistió, abarcando la taberna con un gesto.

Asentí, confiando en que se callara. Lo hizo. Tomé un «café olé» que no me apetecía, pagué y me fui.

La lluvia había retornado.

Este fracaso inicial hizo flaquear mi ánimo durante algunos minutos, pero enseguida me repuse; se me ocurrió la idea de subir a la Aguja de St. Michel, y sólo de imaginarlo me entró un repentino buen humor; recordé que hasta las seis estaría abierta al público y esa esperanza me llevó a dejar atrás cuatro o cinco bares que, como el primero, anunciaban su españolidad junto a la tortilla de patatas.

La lluvia arreció repentinamente, de modo que opté por esperar un rato antes de cruzar la plaza, protegiéndome con el paraguas cuanto el saliente del edificio no alcanzaba a hacerlo. Que pudiese comprobar, yo era el único personaje lo suficientemente incauto como para permanecer a la intemperie; bien es verdad que el muro de agua me impedía ver más allá de unos pocos metros y, aunque lograba ver la aguja, desde donde me encontraba la basílica era poco más que un contorno. La plaza comenzaba a encharcarse bajo aquella tromba, y en breve tendría problemas con mis zapatos, cuya suela ya se sumergía en el fluyente lago, que se desplazaba a buena velocidad por la pendiente hacia el Garona.

En medio del ruido ensordecedor escuché un chapoteo y, justo cuando los jadeos comenzaban a hacerse ostensibles, una figura, que más parecía un tropezón a medio diluir en el caldo, llegó hasta donde yo me encontraba y se refugió bajo el mismo saliente y, de inmediato, también bajo mi paraguas.

–Merci –agradeció, lo que correspondí con un gesto torpe que no se decidió a ser sonrisa pero tampoco protesta. Cuando me di cuenta de que era una mujer la que se apretaba contra mí, creo que mi rostro se iluminó. En cualquier caso, creo que ella no me había mirado ni una sola vez.

Dijo algo en francés, aunque por su acento me pareció que no era francesa, sino más bien del este de Europa; no me atreví a preguntarle si hablaba ruso, porque probablemente lo hiciera. Me limité a repetir el mantra que ponía paz en mi espíritu:

–Je ne parle pas –y me encogí de hombros.

Creo que me miró entonces por primera vez; tenía unos ojos marrones grandes y ligeramente rasgados, que enfrentaron mi mirada como un reto, como si aquella no fuera la primera vez que nuestras vidas se cruzaban y yo le debiera algo; sentí de pronto la necesidad de regalarle el paraguas, sólo para confundir su expresión. No sé si ella fue consciente del efecto que me provocó, pues tuve mucho cuidado de guardármelo para mí, pero súbitamente aquellos ojos descreídos se llenaron de vida, y su sonrisa amplia de niña traviesa me convenció de que por alguna razón ella era feliz en aquel momento.

–¿Español? –fue una afirmación más que una pregunta.

–Sí –confirmé, aún un poco atontado por tanta agitación repentina–. ¿Hablas español?

Pareció alegrarse aún más.

–He estado en España, dos veces, hace años –confesó; se le notaba el acento eslavo–. ¿De dónde eres exactamente?

No tenía necesidad de mentir.

–De Valladolid; no sé si… –no terminé la frase, pues por su reacción era obvio que la conocía; durante un instante sus ojos vacilaron, quizá incluso dolidos, pero al cabo se iluminaron de nuevo.

–Conozco bien Valladolid –se jactó–. Halina –me dio dos besos mientras me presentaba–. Soy de Polonia –añadió con cierta desconfianza.

Asentí, y fingí más interés del que sentía, tratando de exacerbar mis emociones sólo por educación.

–Estuve a punto de ir a Cracovia en vez de venir a Burdeos –lo que era una pequeña distorsión de lo que realmente había sucedido; pero de pronto me había dado cuenta de que allí podría estar la solución a algunos de mis aprietos; inopinadamente, aquel aguacero me había traído a alguien que hablaba español y, si jugaba bien mis cartas, tal vez podría utilizarla para que me ayudase al menos con las gestiones del alojamiento.

Pareció sorprenderse con aquella confesión.

–¿Conoces Cracovia? –inquirió, y esta vez su expresión mezclaba a medias la incredulidad y la burla, lo cual hubiera desarmado a alguien que no se hubiera dedicado a vender filtros de agua a domicilio. Me mantuve impasible y mentí esperando no comprometerme demasiado.

–No en realidad; sólo por las fotos y los reportajes gráficos de las guías turísticas y de la Dos de la televisión española. Pero es un nombre que, al menos a un español, le hace evocar lugares mágicos y ancestrales –logré enlazar, sólo confiando en que nadie antes le hubiese soltado tal serie de sandeces. Me miró de nuevo con cierta ironía.

–¿Y por qué te decidiste a venir aquí? No por el idioma, espero –se burló.

Sonreí, sólo para darme tiempo de inventar alguna excusa; no podía atribuirlo a las prisas por escapar de la justicia y de los cooperativistas lombricultores, eso era evidente, y tampoco podía aludir a la cercanía, porque en avión no habría diferencia de tiempo. Utilicé la excusa que me había valido con Michelle. Comentó que le gustaban tanto los vinos franceses como los españoles y terminó su interrogatorio.

Pensé que era el momento de tomar la iniciativa, si quería desviar el tema hacia mis intereses.

–Y tú, ¿llevas mucho tiempo en Burdeos? –pregunté mientras se retorcía su mata de cabellos castaños, inclinándose para evitar que el chorro de agua que fluyó de ellos cayese sobre sus ropas, en todo caso empapadas. Me miró en todo de disculpa mientras se afanaba en sacudirse un poco el agua de la blusa que vestía bajo su chaqueta morada; se tomó su tiempo, pero comenzó a hablar cuando llegó a la falda–. Un par de años –me informó mientras observaba con gesto resignado sus leotardos color crema.

Al observarla con ese detenimiento, me di cuenta de que en realidad no era más joven de lo que parecía, y posiblemente tampoco más mayor; le adjudiqué unos veintiséis años, y tuve que admitir que tenía unas piernas estupendas. Casi olvidé que mi propósito era otro.

–Vivo con mi novio y con una amiga, ahora mismo –completó la información, lo que no pudo por menos que decepcionarme–. ¿Y tú?, ¿cuánto piensas quedarte?

Bien, aquella era mi oportunidad.

–Aún no lo sé –comencé con desinterés–, ahora estoy en un hotel, pero creo que me gustaría pasar este tiempo más cerca de la gente; es la única manera de poder decir luego que has estado en un lugar. Si consigo un alojamiento de este tipo, tal vez me quede uno o dos meses más –mentí.

Me miró con tal suspicacia que pensé que lo sabía todo y alguien la había mandado con el único fin de burlarse de mí antes de detenerme y encarcelarme de por vida. Deseché la paranoia con creciente fastidio.

Me sorprendió preguntándome la hora.

–Las cuatro y cuarto –nos informó el móvil.

Soltó un par de palabras que ni siquiera debían ser francesas, pero que entendí perfectamente.

–Bueno, ya no llego –añadió más tarde, mientras miraba con resignación la plaza y el agua tras la que se escondía. A estas alturas, por cierto, ambos teníamos los pies calados, y el agua fluía alegremente por las junturas de los zapatos–. Si no te importa compartir piso con dos polacas y un búlgaro, acaba de marcharse un chaval y tenemos una habitación libre –me espetó.

Durante unos instantes no dije nada; sencillamente, o bien había tenido mucha suerte, o acababa de estropearse todo. No quería meterme en cualquier sitio y, si bien esta mujer no me inspiraba mucha confianza, sin embargo era indudable que me atraía. Por otro lado, si la casa o sus habitantes no me convencían, veía difícil que Halina estuviera dispuesta a ayudarme a encontrar otro sitio. Pero, llegados a este punto, no tenía nada que perder por echar un vistazo.

–Podemos ir a ver la casa cuando deje de llover, si quieres; si te gusta la habitación, no tendrás problemas con los inquilinos; Netko, mi novio, no habla español, pero no te molestará. Wysława lo habla mejor que yo y es muy fácil convivir con ella –describió con soltura. No podía negarme, y en realidad tampoco quería.

La lluvia aún nos tuvo otro cuarto de hora rememorando Valladolid, con más pena que gloria, hasta que decidimos que al menos no nos dolería recorrer los doscientos metros que nos separaban de su domicilio. Lo hicimos pegados uno al otro bajo el paraguas, pero creo que ella ni siquiera lo notó o no le dio la más mínima importancia. Para mí, aquella materia viva respirando a mi lado me hizo evidente el total abandono en que aquella misma mañana me había dejado el adiós de Michelle.
El paraguas nos protegió tanto como cabía esperar, de modo que llegamos al portal, empapados y fríos. Admito que la calle me gustaba; no era estrecha sin ser amplia, corta, y los pisos bajos permitían una vista incluso de la aguja, que se elevaba sobre los tejados poblados de tragaluces. La impresión del portal no fue tan buena, humedad oscura y sucia, pero Halina lo cruzó rápidamente hacia las escaleras de madera, contorneadas por un pasamanos que el uso había mermado, pulido y abrillantado hasta la coquetería. Subimos los dos pisos en silencio; el tercero sería la buhardilla y los tragaluces. Todo el edificio presentaba su antigüedad de una manera sólida y rotunda, y ni siquiera las grietas de las paredes parecían amenazar la estructura orgullosa de su edad y de lo vivido.

Halina sacó una llave enorme y la insertó en la severidad de una de las cuatro puertas de madera maciza del rellano, que mostraban una serie de motivos geométricos por todo adorno.

Me invitó a pasar.

Mientras cerraba, indicó nuestra presencia por medio de unos saludos en francés y, supuse, en polaco. Una voz de hombre, bastante agradable, surgió del fondo del pasillo a la derecha. Halina añadió algo, de nuevo en ese otro idioma, y se dirigió hacia allí. Atravesamos un recibidor un tanto sombrío que revivía en los detalles florales, y del cual emanaba una fragancia densa a aromas de madera y jardín. El pasillo era largo y varias puertas se cerraban a la izquierda, hasta que desembocaba en la claridad de una habitación amplia rematada por un balcón de bellos ventanales en forma de arcos; de nuevo a la izquierda, esta sala comunicaba con otra igualmente iluminada gracias a otro balcón gemelo pero perpendicular al primero, ya que, sin que yo lo hubiera sospechado, la casa se encontraba en una esquina del edificio y de la calle.

El hombre se hallaba en esta última sala, un dormitorio por lo que alcancé a ver, y salió a recibirnos tras intercambiar algunas palabras con Halina. No era el tipo de hombre que hubiera relacionado con ella, y lo cierto es que fue una grata sorpresa. Netko, así me lo presentó tras algunos preámbulos bilingües, era un hombre algo mayor que yo, con el pelo canoso y una expresión segura y amable en un rostro bien conformado; era más bajo, quizá no tan robusto pero con mejores proporciones, y sus manos, cuando estrechó la mía, se revelaron poderosas sin agresividad. El tono de su voz era afable aunque de ningún modo lánguido, y se expresaba con frases cortas que no llegaban a ser cortantes.

Sentí una punzada de celos cuando se besaron, sencillamente por no pertenecer a aquella intimidad.

Intercambiaron alguna otra palabra y luego Halina se dirigió a mí.

–Wysława vendrá inmediatamente, pero mientras, si quieres, te enseño la habitación –ofreció.

Accedí, claro, para eso estaba allí, y de todas formas me hubiera sentido incómodo a solas con los dos.

Desanduvimos el camino hacia el pasillo, y Halina fue revelando el misterio de cada puerta.

–Ésta primera es la habitación de Wysława; ésta –indicó, abriéndola de par en par– es el servicio –explicó innecesariamente–, y ésta –añadió mientras la empujaba– es la habitación vacía que si quieres puedes ocupar –me invitó a precederla, y me encontré en un cuarto sencillo y limpio, bien iluminado por una galería estrecha que, según pude comprobar, comunicaba buena parte de la fachada.

–Me gusta –confesé. Y era cierto. El armario, la mesilla, la butaca y, sobre todo, la cama de madera, que parecía muy cómoda, constituían un mobiliario necesario y suficiente. La alfombra suponía un artículo imprescindible en aquel suelo de baldosa. Incluso me gustaban las llaves de la luz, tan anticuadas que sólo había utilizado alguna similar en casas rurales.

Halina pareció satisfecha y me guió hasta el pasillo.

–Ése es el recibidor, que ya conoces –efectivamente, quedaba frente a mi habitación–, la puerta junto a la tuya es un trastero, y la del fondo da a un pequeño corredor que utilizamos como alacena y comunica con la cocina. Y eso es todo –concluyó con ironía.

–Es muy grande –admití de momento.

Me gustaba en verdad, pero había un pequeño punto del que no habíamos hablado, y no creía que fuera casualidad. Yo no pensaba quedarme más allá de este mes, tres semanas a lo sumo, y no tenía dinero para más sin recurrir al de la cooperativa. Suponía que los alquileres en Francia serían más caros que en España, pero no sabía cuánto más, y por otro lado dudaba si debía hacer contrato o nos fiaríamos de nuestras palabras. Intuía que lo mejor sería abordar el tema directamente, sin sobrevalorarlo, pero tal vez mejor esperar a que llegase la otra chica.

–Albert pagaba doscientos veinte euros al mes, todo incluido menos la comida y, si te interesa, ese es el precio –se adelantó Halina–. No creo que Wysława tenga ningún problema, a menos que ella también se haya tropezado con alguien bajo la lluvia –bromeó, y sonreí con educación–. ¿Te apetece un café mientras esperamos?

No me apetecía. Acepté de todos modos. Le acompañé a la cocina a petición suya, para que me fuera familiarizando con las cosas, dijo. No creía haber manifestado mi acuerdo con el precio, pero, sin parecerme barato, me saldría mejor que cualquier otro lugar. Tenían cafetera eléctrica, para mi alivio, que siempre he temido las manuales.

–Pásame otra taza, por favor –pidió con una sonrisa de satisfacción justo cuando nos disponíamos a llevar las nuestras a la sala; lo entendí inmediatamente, cuando la cerradura chirrió y un saludo llegó hasta la cocina.

Halina respondió desde allí, elevando un poco la voz; supuse que le hablaba de mí, confirmándolo cuando la otra voz contestó en castellano, se acercó y entró en la cocina.

Doce años de mi vida desaparecieron de repente.

No puedo expresar de otra manera lo que sucedió en aquel instante en que mis ojos se clavaron en los de Wysława. El resentimiento, la decepción, el cinismo, la búsqueda agnóstica y constante, todo ello y mucho más se esfumó y, en aquel momento, volví a ser capaz de rendirme incondicionalmente por primera vez. Digo bien: por primera vez; aquella mujer no era Sonia, no lo era y no lo sería. Nunca había conocido a Sonia; yo aún era inocente y libre, y creía que todo podía ser modelado según mi voluntad, que, en el fondo, todos queríamos lo mismo y luchábamos por lo mismo.

Me sumergí en sus ojos trigueños, un poco melancólicos; tracé la curva de su frente alta; me deslicé entre su cabello castaño y ondulado hasta su cuello frágil, y me detuve en el nacimiento de sus senos, intuidos bajo la blusa lila; en aquel tiempo no me atreví a más, pues precisaba un guía para adentrarme en lo desconocido, o carta blanca para explorar sin temor a la brusquedad de mis descubrimientos.

Me costó regresar. Enfrentado a aquellos sentimientos, de repente me sentí peor, juzgado por la pureza más inclemente, sin posibilidad de pagar por las culpas, simplemente conociéndolas, asumiéndolas como propias, asumiéndome como lo que era. Me costó, sí, me costó regresar y desviar mi mirada clavada en aquella desconocida que sin embargo me era absolutamente familiar. Incluso su expresión desconcertada intentaba rememorar escenas inéditas, y ese vacío me angustiaba.

Halina sonreía con sorna.

–Wysława, te presento a Arturo, nuestro nuevo compañero de piso si todos estamos de acuerdo –anunció, y su mirada pícara quedó sin respuesta.

–Encantada; por mí vale –se limitó a responder, aceptando la decisión de la otra.

–No voy a estar mucho tiempo, en principio –deseaba disculpar mi presencia, diluir la posible incomodidad que ésta pudiera suponerla, pero al mismo tiempo ser aceptado, porque había decidido quedarme y, sin embargo, no podría permanecer allí con su indiferencia.

Su sonrisa, perfectamente intuida, me permitió soñar.

–Bienvenido –añadió.

Y entonces supe que ella tenía que sentir lo mismo.
Para ser de máquina, el café era muy bueno; de comercio justo, me explicó Halina; Wysława trabajaba en un ciber–café donde lo servían por un precio algo más elevado, pero compensaba por el sabor. No mencionó otro tipo de compensaciones, por lo que pensé que el pragmatismo de aquella mujer era envidiable. Wysława tampoco añadió nada más, y ambos permanecimos en silencio mientras Halina traducía a Netko sus comentarios, o Dios sabía qué.

Nos habíamos puesto de acuerdo en el precio tras algunos regateos bienintencionados; puesto que yo iba a estar, en principio, hasta fin de mes, y aunque había admitido pagarlo completo, Netko y una enérgica Wysława se mantuvieron firmes en que sólo debía pagar la parte proporcional, y finalmente la cosa quedó en eso, a condición de que me permitieran prepararles una comida española el día siguiente. Brindamos por el acuerdo con un licor de hierbas, y yo empecé a sentirme en casa.

Fue una media hora estupenda, durante la cual los tres demostraron tener un magnífico sentido del humor, en traducción simultánea.

Tras el primer encuentro, me había relajado bastante y creo que Wysława también, pues pudimos mantener, gracias en parte a que Netko y Halina se enfrascaban cada vez más en su propia historia, una conversación paulatinamente más animada y fluida. Era cierto que dominaba el español; había ido por primera vez a España a la recogida de la fresa y se había quedado. Aprendió el idioma y volvió a su país. Luego, con Halina, se habían venido a la vendimia, donde conocieron a Netko, y se habían quedado los tres, sin papeles durante mucho tiempo. Ahora era Halina la única que carecía de ellos, pero con la entrada de Polonia en la Unión Europea no le preocupaba demasiado, si es que alguna vez le había preocupado; además, de vez en cuando viajaba a ver a su familia y, cuando regresaba, lo hacía con un pasaporte de turista que le daba varios meses de respiro. En cuanto a ella, gracias a su trabajo en el ciber–café, el último año había sido tranquilo y podía disfrutar de un contrato que le permitía residir legalmente en el país. El sueldo no era del todo malo, aunque exigía muchas horas; hoy había salido antes, pero el fin de semana sería agotador; menos mal que tenía turno de mañana.

Por mi parte, excepto el pequeño problema con las cuentas, todo lo que dije fue verdad.

No sé si ella seguía asustada por mi reacción inicial, pero llegó un momento a partir del cual yo empecé a angustiarme. Los años perdidos habían regresado, me habían mirado, habían examinado la situación y, sorprendentemente, habían decidido inmiscuirse sólo lo justo para mostrar su mejor cara, de modo que me exponían ante una oportunidad que prometían última. Pero oportunidad, al fin y al cabo. Había pasado demasiado, aprendiendo paso a paso la renuncia –hasta esa misma mañana–, como para que no me asustara su propuesta. Y, sin embargo, no podía rechazarla. Y no podía porque Wysława estaba frente a mí, riendo conmigo, mirándome cada vez un poco más detenidamente, valorándome, latiendo precipitadamente a mi ritmo acelerado cada vez que nuestras ropas se tocaban. Ni siquiera mis estornudos la echaron para atrás; creo que aún tenía los calcetines húmedos. Se levantó, encendió la estufa de butano y me sentó junto a ella; tímidamente se sentó a mi lado. Halina protestó jocosamente, en francés, señalando sus propios zapatos –que se había cambiado–, pero seguramente diciendo algo que poco tenía que ver, pues Netko la aferró con fuerza y se la sentó encima sin dejar de besarla. Ya no sentí celos de aquellos dos, aunque sí una imperiosa necesidad de abrazar a Wysława, que a duras penas conseguí calmar; ella estaba también algo tensa y miraba el fuego de la estufa.

Halina se desperezó como un felino, incluso ronroneó un poco, y se puso en pie.

–Van a llegar mis estudiantes –anunció, y se me quedó mirando.

–¿Das clase? –concedí.

Ella celebró mi interés con una sonrisa irónica.

–De francés, a tres mujeres marroquíes recién llegadas; los hombres trabajan y no se preocupan de que sus mujeres aprendan o no, mientras les tengan la comida hecha y la casa decente –criticó en tono despectivo–. Les cobro poco y todos salimos ganando –añadió sin llegar a la seriedad.

Asentí y recordé con nostalgia a las personas que fueron mis alumnas.

Me interrumpió con una sugerencia inesperada y sin embargo lógica.

–Apúntate –brindó y por primera vez observé en su mirada una absoluta franqueza. Sólo cuando accedí, esa mirada brilló con picardía–. Pero a cambio tú tienes que ayudarme con mis clases de español –algo que me desconcertó, porque lo hablaba relativamente bien–. Doy clase por la mañana a un amigo turco que se va a ir a España unos meses, pero seguro que tú podrás explicarle cosas más… actuales –sugirió con impaciencia.

Tampoco me costaba nada acceder a eso.

Los siguientes cinco minutos fueron ajetreados, mientras Netko recogía las tazas –no me permitió ayudarle– y Halina me endosaba la tarea de preparar folios y bolígrafos y colocar las sillas entorno a la mesa grande –habíamos tomado el café en una pequeña de cristal, sentados sobre cojines–. Wysława abandonó el salón. Al poco rato regresó con un paraguas, anunciando que salía.

–A las siete, regreso –prometió, y no hubiera necesitado mirarme, porque lo había dicho en castellano y eso para mí era suficiente.

–Luego nos vemos –aseguré, dispuesto a permanecer esperándola cuanto fuera preciso.
Me dieron la mano rápida y blandamente. Halina me presentó en francés, y luego me hizo presentarme a mí mismo ante las tres mujeres, que repitieron la operación con sus nombres:

–Je m´appèle Aicha, Hanna, Latifa.

Había comenzado mis clases de francés.

Enseguida quedó claro que Halina era impaciente; aún me recordaba a mí mismo, con dos horas por delante, tratando de que ese día mis alumnos aprendieran un par de estructuras y una pocas palabras, repitiendo, repitiendo y haciéndoles repetir. Halina nos miraba a los ojos y avasallaba con su expresión incrédula cuando alguien no pronunciaba correctamente. No era algo agradable. Aicha y Latifa intercambiaban miradas impotentes desde debajo de sus velos, mientras Hanna, menos sumisa, se empeñaba en pronunciar bien, las animaba y se atrevía a interpelar a Halina con las pocas palabras que conocía, insistiendo una y otra vez en su «repítalo, por favor», y sus «no he comprendido». Sentí una inmediata simpatía por aquella mujer de ojos oscuros y pelo negrísimo que no ocultaba ningún velo; también me conmovían Aicha y Latifa, con sus rostros de expresión infantil y su recato aldeano intimidado por mi presencia. Pero Hanna me recordaba a Chami, aquel argelino que había aparecido un buen día con su expresión hosca tras sus gafas enormes y en menos de una hora se había hecho cargo de la clase allí donde mi inexperiencia no sabía llegar, sacándome de atolladeros léxicos al traducir al resto de sus compañeros árabes alguna expresión que yo no alcanzaba a transmitir, con una intuición extraordinaria hacia mis intenciones, o bien transcribiendo sus nombres a los caracteres latinos gracias a su dominio del francés. Durante el tiempo que permaneció en Valladolid, habíamos pasado más de una noche tomando cervezas, él sin alcohol, hasta que nos cerraban los bares, especialmente el de Álvaro y Carlos.

Cuando terminó la clase, creo que Hanna había aprendido algo, más que nada porque Aicha y Latifa sólo conocían los caracteres árabes y fue ella la que les explicó cómo debían escribirlos en ambos idiomas; por mi parte, tenía mis folios atestados con frases y estructuras que me permitirían mantener una entrevista de trabajo en caso de haberme quedado siquiera con una cuarta parte.

Se marcharon de la misma manera en que habían llegado, con total corrección y miradas bajas, excepto Hanna, que emitió un claro «Hasta mañana» al traspasar el umbral.

Halina regresó al salón, donde yo había estado recogiendo y ordenando los folios sobrantes. Su expresión mezclaba cansancio y una buena dosis de desesperación prepotente que en ella resultaba más natural que censurable.

–Después de toda su vida en el campo trabajando como esclavas, llegan aquí y apenas las permiten salir de casa –fue lo primero que dijo, segura de que yo apreciaría el comentario.

No sonreí. Había tenido alumnas parecidas, y peores, pues ni siquiera estaban alfabetizadas en su lengua. Pero había respetado su determinación. Estuve tentado de recriminarle, cuanto menos su método o su ausencia, pero no me cabía duda de que debía escoger mis palabras.

–¿Llevan muchos días viniendo? –comencé por la pregunta más neutral que se me ocurrió.

–Una semana –respondió rápidamente, sin sospechar.

Asentí un par de veces para darme valor.

–Cuando yo daba clases, todo era muy diferente –me clavó una expresión interrogante e irónica que me sirvió de aviso para seguir con los rodeos–. Para empezar, eran muchos más alumnos, a veces hasta veinte, aunque lo normal era que no asistieran más de seis u ocho por día, pero había árabes, subsaharianos, canadienses, polacos, ucranianos, rusos, búlgaros, vamos, una mezcla que no compartía más lengua que lo poco que aprendían de español, de modo que puedes imaginarte –hice una pausa para sonreír y ella me acompañó, aunque en el fondo mantenía una ironía precavida que, según quise intuir, había dejado sitio a la curiosidad–. El caso es que tenía que armarme de paciencia y método para mantener la atención de tanta gente –aclaré, y entonces se me ocurrió una manera de enfocar el sermón que me permitiese la crítica de una manera no agresiva–. Lo digo porque, si tengo que ayudarte a dar clase mañana, sólo sé hacerlo de una manera y tal vez fuese mejor que lo preparásemos un poco antes.

Captó mis intenciones y me sonrió ampliamente.

–No te preocupes por eso; mañana hablarás con Miro durante un buen rato para comprobar su nivel y luego aplicarás tu método, a ver si así yo también aprendo algo –me apretó el brazo con familiaridad y se dirigió al cuarto que compartía con Netko, dejándome inesperadamente solo en el salón.

Y allí me quedé, como un tonto, parado sin saber qué hacer en una casa que aún no era la mía, esperando para ver una última vez a Wysława por aquella tarde, antes de marcharme al hotel a dormir y a recoger la maleta, y sobre todo a sacar el resto del dinero de mi cuenta para poder pagarles al día siguiente y así volver con la conciencia tranquila y la seguridad de verla cuanto quisiese.

Después de diez minutos, la situación era aún más ridícula si cabe. Valoré la sutileza de Halina para las venganzas; si descarté que me estuviera observando por el ojo de la cerradura sólo fue porque estaría demasiado segura de su éxito como para perder el tiempo comprobándolo. Yo sólo tenía dos opciones: o permanecía allí quieto, repasando los folios que acababa de rellenar, esperando sin más a que llegase Wysława o, más prudentemente, me rebajaría a llamar a la puerta del dormitorio para anunciar que me marchaba hasta mañana, cuando ya tendría sentido que perdiese mi tiempo en aquel salón.

Afortunadamente para mí, Wysława se adelantó un cuarto de hora y me encontró sonriente con los folios en la mano y unas palabras francesas en la boca –palabras que había aprendido para otra mujer sólo un par de días antes.

Volver a verla hizo que incluso disculpase la travesura de Halina, que salió a recibir a su amiga solamente por fastidiarme y, prueba de ello, fue la mirada divertida que opuso a mi frustración. Se retiró enseguida, sin embargo.

–Esta tarde llamaré a Albert para pedirle sus llaves y así mañana ya podrás entrar y salir a tu antojo –nos informó con una sonrisa de complicidad que me ruborizó más que sus burlas–. A las diez aquí, para las clases –dispuso–. No te pierdas.

Le di las gracias. Pero en realidad ya no tenía nada que hacer allí.

–¿En qué hotel te hospedas? –se interesó Wysława, lanzando un cabo.

Me pilló desprevenido; sabía llegar allí desde la estación, pero había ignorado u olvidado por completo el nombre. Así se lo dije, riéndome de mi despiste.

–Creo que desde la Aguja sabré llegar –añadí medio en broma.

–¿A la estación? No necesitas ir hasta la Aguja; está mucho más cerca por el otro lado, hacia Pierre Renaudel –me informó, aunque no me sirvió de mucho, porque no conocía el barrio. Y desde luego no los nombres de las calles.

No quería contradecirla, pero lo cierto era que me apetecía ver la plaza una vez más.

–Aún es pronto, así que daré una vuelta antes de la cena –me excusé. Podría haberla invitado, haber forzado un poco más la situación, acelerado el acercamiento, pero tuve miedo; demasiadas cosas, demasiado deprisa, demasiado importantes. Necesitaba la soledad, aunque no la quería en absoluto–. Hasta mañana, entonces; duerme bien y no trabajes mucho.

Nos despedimos con dos besos. Al hacerlo, sentí sus manos apoyarse apenas en mis brazos, sus manos largas y finas, un poco estropeadas por el trabajo y por eso mismo más reales. Mi propia mano ascendió hasta estrechar suavemente la suya en un gesto de aliento y confianza.

–Hasta mañana –añadimos aún.

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